Hace unos meses, con bombo y platillo, la nueva dirigencia nacional anunciaba una reestructuración después de una evaluación exhaustiva del control de daños que ocasionaron las derrotas dolorosas de 2024. En aquel entonces, recuerdo puntualmente, Jorge Romero gritó a los cuatro vientos que la única alianza que construirían sería con la sociedad. No sé si eso lo decidió él o verdaderamente escuchó a las bases de la militancia blanquiazul. Por la magnitud de la noticia, sin duda, me inclino por lo primero, básicamente por el patrón de determinaciones unilaterales que se muestran ahora que han caído en la ficción. De hecho, eso nos hace suponer que están renunciando muy rápido a la nueva política con la que inició proyectando el CEN del PAN. Gradualmente, en efecto, ese discurso se fue derrumbando poco a poco y, con otras palabras, Romero finalmente deslizó que habrá consenso en aquellos puntos donde sea fundamental unirse.

Por las mentiras que finalmente quedaron al descubierto, sabemos el grado de desfachatez que ahora llega al extremo. El problema es que, en realidad, no han entendido que ese tipo de sociedad es tan dañina, algo así como un virus que va contagiando cada tejido y órgano de un ser vivo.

Por distintas razones, todas ellas justificadas, aseguramos que el PRI es un lastre y un promotor de lo que no debe disputar un partido que dividió, polarizó, endeudó y saqueó al país con un esquema de corrupción que escaló al más alto nivel. Algunos de ellos, por ejemplo, fueron sorprendidos a través de auditorías o del corte de caja que revisa el gasto corriente de cualquier administración. Al ser exhibidos de esa manera, supimos que jamás existió un trabajo institucional que izara los ideales de la Revolución. Inclusive, ese aparato burocrático nunca fue una garantía para transparentar en dónde se aplicaba el techo presupuestal.

Si Jorge Romero piensa que aliándose con el PRI aumentará su capacidad de votos, de manera clara está atrapado en el pasado, en donde sí había identidad porque ambos, de una u otra forma, siempre fueron cómplices; o sea que esto que se está gestando, que terminará decidiéndose, será otro de los errores que engrosarán la larga lista de descalabros que acumulan, especialmente ahora que han desatendido el contacto con los ciudadanos. Y no solo se han extraviado en esas tareas inminentes, sino que también han perdido la brújula de ser una opción real para la gente. Una característica de lo que mencionamos, estando al tanto de su comportamiento, es la falta de liderazgos y de una figura de peso que pueda hacerle sombra al dominante trecho que abarca la presidenta en los temas de la agenda pública.

El PAN, al igual que el PRI, son partidos que no tienen una vocación ni una identidad como fuerza. La propia arrogancia y frivolidad de sus dirigentes, con nulo protagonismo, apresura los periodos en los que podemos presagiar parte de los resultados que habrá en las elecciones estatales y, por ende, en el juego por la mayoría calificada en la Cámara de Diputados. Hoy, precisamente ahora que se han actualizado los datos de septiembre, vemos cómo se hunde el panismo, pero también el priismo. Al no colocarse a la vanguardia de un auténtico contrapeso, el PRIAN, como en los relatos de otros ejercicios democráticos, vivirá en carne propia la animadversión luego de concretarse un pacto de unidad con el Revolucionario Institucional. Me pregunto qué sentirá la militancia del blanquiazul cuando sepan que, de nueva cuenta, les han fallado al imponerles una coalición que ellos mismos, a través de consultas y foros, dijeron no querer.

Jorge Romero, por lo que observamos, no ha asumido la responsabilidad que le correspondía luego de conocer el desastre que constituye aliarse con el PRI. Eso, de ninguna manera, cautiva ni mucho menos apasiona a la población civil. Es, por decirlo de algún modo, una decisión pragmática que se ve como un mecanismo de supervivencia para lograr el cometido de las prerrogativas. De concretarse, que es lo más seguro, no será ni medianamente lo que fueron en las elecciones presidenciales, mayormente porque es imposible borrar la impronta de la corrupción como para evaluar un escenario positivo. Pese a ello, tentados por el poder, se agruparán inspirados en una fantasía que jamás cuajó al estar destinados al fracaso; ahora que intentarán construir una sociedad que, coludidos por segunda vez consecutiva, será frenada por la ciudadanía.