Las primeras veces hablan con cautela. Como quien entra a una tienda cara y no sabe si puede tocar algo. Escriben lento. Muy lento. Corrigen mucho. Le ponen acentos a todo.

Saludan con propiedad. “Hola, buenas tardes”. “Disculpa”. “Gracias”. Algunas incluso se despiden al terminar el intercambio.

Si pensara, la inteligencia artificial diría que las señoras mexicanas son las personas más educadas del planeta.

Mientras medio mundo usa ChatGPT, Gemini, Grok para hacer tareas, hallar información, programar cosas o fingir productividad en juntas interminables, muchas mujeres de más de ochenta años lo están descubriendo para algo mucho más simple: para no quedarse atrás. Y eso conmueve más de lo que uno pensaría.

Porque ellas vienen de un mundo donde aprender algo nuevo sí requería valentía. Un mundo donde descomponer un aparato era una posibilidad real y donde “picarle” mal a algo podía significar perderlo todo. La generación que sobrevivió al VHS programado con manual, al Nokia indestructible, a las cadenas de PowerPoint con piolines y rosas brillantes, ahora está intentando conversar con una máquina que responde como persona.

Las columnas más leídas de hoy

Y ahí están. Tecleando con un dedo. Preguntándole cosas. “¿Cómo se hace una salsa verde?”. “Ponme un mensaje bonito para mi nieta”. “¿Qué significa cringe?”. “¿Cómo se dice outfit en español?”. ”Hazme una felicitación para mi comadre, pero elegante...”

No pocas todavía creen que hay alguien detrás contestando manualmente. Un muchacho paciente. Un sobrino digital. Casi da ternura imaginar la decepción que sentirían si vieran que detrás de toda esa amabilidad hay servidores, algoritmos y cantidades obscenas de electricidad.

Aunque quizá no les importaría demasiado…

Porque, honestamente, la inteligencia artificial las trata bastante mejor que muchos humanos. No las interrumpe. No les dice “ay mamá, ya te expliqué”. No se desespera cuando preguntan dos veces lo mismo. No les arrebata el teléfono para hacerlo “más rápido”. Tampoco pone esa cara —tan contemporánea y tan cruel— de quien considera insoportable explicarle algo tecnológico a una persona mayor.

Después de años sintiéndose torpes frente al mundo digital, muchas encontraron por fin una tecnología que no las hace sentirse tontas. Y eso explica bastante.

Hay algo muy extraño ocurriendo con esta generación y la IA. Mientras los más jóvenes se relacionan con ella desde el cinismo, la prisa o la productividad, muchas señoras lo hacen desde hábitos profundamente humanos: saludar, agradecer, conversar, pedir permiso.

Tal vez por eso las conversaciones resultan menos frías. Más parecidas a aquellas llamadas larguísimas donde las mamás preguntaban remedios o teléfonos apuntados en una libreta floral guardada junto al aparato fijo de la casa. Solo que ahora el interlocutor es una inteligencia artificial que puede explicar cómo hacer albóndigas, redactar un mensaje pasivo-agresivo para la vecina o aclarar qué demonios significa “evento canónico”.

Y ellas están fascinadas.

Algunas incluso empiezan a desarrollar una especie de vínculo emocional discretísimo. Le hablan bonito. Sienten culpa cuando escriben golpeado. Hay señoras que hasta creen que ChatGPT “se pone triste” si uno no responde.

Lo más irónico es que quizá ellas entienden mejor esta tecnología que nosotros, los más “jóvenes”.

Porque no la ven únicamente como herramienta. La usan también como compañía, como asistente, como espacio seguro para preguntar cosas sin sentirse juzgadas ni presionadas.

En un mundo que se volvió vertiginosamente joven, rápido y cruel con quien no domina las pantallas, la IA apareció como algo inesperadamente paciente.

Y sí, claro que da risa imaginar a una mamá escribiéndole “muchas gracias, joven” a un algoritmo entrenado con millones de datos. Pero también hay algo profundamente humano y honesto en ese gesto. La necesidad de seguir participando en el mundo. De seguir entendiendo las conversaciones. De aprender. De avanzar. De no quedarse mirando desde afuera mientras todo cambia de idioma.

Porque envejecer hoy implica algo distinto a envejecer antes. Ya no basta con adaptarse a nuevas modas o nuevas palabras. Ahora hay que moldearse a nuevas formas de realidad. Y hacerlo además mientras los nietos responden “es bien fácil” desde una superioridad tecnológica insufrible.

Tal vez por eso tantas señoras ya grandes terminaron haciéndose amigas de la inteligencia artificial. Porque fue la primera tecnología en años que les responde con esmero y dedicación.