Los líderes afines al populismo, lejos de buscar sanar las heridas del pasado y gobernar para todos, recurren a menudo a un discurso polarizador que no hace más que profundizar las divisiones en una sociedad. La presidenta Claudia Sheinbaum lo ha hecho de nuevo. Quizá no derive de una voluntad personalísima de promover el encono social, sino como medio discursivo contenido en los manuales.

Tras su viaje a Barcelona, donde se reunió con líderes “progresistas”, la presidenta declaró en su mañanera que la derecha era “odio, discriminación, clasismo, racismo y represión”. Sin el ánimo de discutir sobre qué significa ser de derecha o de izquierda, pues la complejidad de las ciencias políticas ha hecho irrelevante estos dos conceptos, la declaración de la jefa del Estado mexicano se inserta como parte de las estratagemas de los populistas.

¿Por qué lo hacen? En primer lugar, porque es fácil. En vez de dirigir sus energías hacia la solución de los problemas reales, recurren a culpar al pasado y a los que no piensan como ellos. En segundo y más importante, porque pretenden nutrir la narrativa de que ellos, los representantes del “pueblo” encarnan la bondad, la sabiduría, la honestidad y la probidad; mientras que ellos, los otros, representan lo opuesto: la maldad, la corrupción, la deshonestidad, la traición y la mentira.

La oposición, como resultado de este discurso, ha quedado fuera del debate, pues han perdido la “batalla moral”. Como AMLO repetía, están “moralmente derrotados”. Patrañas.

Mediante esta clase de discursos, los personajes destruyen cualquier posibilidad de diálogo. Lo que tal vez la presidenta Sheinbaum, sus voceros y propagandistas no quisieran entender es que si bien la autoproclamada 4T cuenta con el apoyo de la mayoría de los mexicanos, una buena parte (alrededor del 46% si se consideran los resultados de la última elección a la cámara de diputados) les dijo que no, y de acuerdo a algunos sondeos, incluso aquellos que AMLO solía presumir, se ha registrado un descenso en los índices de la popularidad del movimiento.

Lo que la jefa del Estado mexicano debería igualmente comprender es que no existe un México único y monolítico, sino uno diverso y complejo. Atrás han quedado las hombres y mujeres de derechas o de izquierdas, pues existe una nación variopinta que tiene el derecho de ser representada en su totalidad con sus coincidencias y divergencias de opinión.