En el escenario más visto de Estados Unidos, en este Estados Unidos en particular, en tiempos de persecución y racismo abiertos, de deportaciones, xenofobia y polarización sin pudor, cuando el servicio de inmigración gringo actúa con brutalidad y mata gente como si no pasara nada, un tal Benito fue y se paró ahí y dijo lo que muchos prefieren no escuchar.

Nombró a todo un continente. De Chile a Canadá. Porque eso, esto es América. Y cerró con una frase que no fue consigna ni pose, fue afirmación de existencia: seguimos aquí.

No fue nada más un espectáculo. Fue presencia. Fue decir aquí estamos en el lugar donde nos quieren invisibles, agradecidos o de regreso al sur, al otro lado del río. Fue una cachetada seca.

Cualquier latino, sobre todo cualquier migrante latinoamericano de aquel lado, que no haya sentido ese golpe en el pecho, que tire su pasaporte a la basura.

Que no le haya gustado a Trump, a Logan Paul y a Verástegui no es una casualidad ni un detalle cromático. En los gustos también se define el lado de la historia en el que cada quien decide colocarse. Basta ver quién aplaude y quién se incomoda para entender de qué iba todo esto.

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Por ahí leía que los gringos jóvenes quieren aprender español para entenderle a Bad Bunny. Tampoco mamen. Si los que desde la cuna hablamos la lengua de Cervantes no entendemos nada cuando canta, ellos menos. Pero es justo ahí donde anida lo hermoso del asunto. Porque lo de hoy no fue un tema de idioma. Fue otra cosa. Bad Bunny no cantó en español. Cantó en americano. Que no en estadounidense.

Aunque no se le entendiera ni una palabra, el mensaje sí llegó. Se transmitió. Se recibió. Lo entendimos todos. Millones. Porque no era una lección de gramática ni de dicción, era una cátedra de cultura latinoamericana. Era historia, identidad, memoria y barrio puestos sobre el escenario más grande del imperio. La prueba de que hay mensajes que no necesitan traducción para calarte los huesos.

El show fue también una reivindicación de lo que debería ser el llamado sueño americano. No el del muro ni el del miedo, ni el de la cacería del migrante, sino el de una nación que se construyó con migrantes y que solo puede explicarse desde ellos. Hoy la música no fue en español para provocar. Se cantó para recordar quiénes están ahí y por qué.

Lo que vimos en el Super Bowl LX no se veía desde Playa Girón. Ese Benito Antonio le plantó cara al imperio yanqui como en su momento lo hizo Fidel. Mas esta vez no fue con fusiles ni consignas. Fue con música, con espectáculo y con amor. Se trenzó. Y en ese seguimos aquí hubo algo de Sandino y del Che, empujando otra vez el sueño inconcluso de Bolívar. Emocionó.

Nada más le faltó mandar a chingar a su madre al América y al ya saben quién güero (¿naranja?) para que aquello hubiera sido un alarido lanzado al cosmos, con eco perenne.