Los mercenarios y los auxiliares son inútiles y peligrosos; si un príncipe apoya su Estado en tropas mercenarias, no estará nunca seguro ni firme.

Nicolás Maquiavelo

José Murat Casab es uno de los personajes formados en el viejo PRI que lograron sobrevivir a prácticamente todas las transformaciones del sistema político mexicano.

Experto en la confrontación y el choque, pasó del porrismo universitario a las estructuras del partido, de ahí a la gubernatura de Oaxaca y, finalmente, a convertirse en activo político del proyecto de Andrés Manuel López Obrador.

Del porrismo al poder

La carrera política de Murat comenzó en Oaxaca, como estudiante de derecho vinculado al ambiente de los grupos porriles, donde se ganó el sobrenombre de “El Talibán”, una referencia a sus métodos políticos, caracterizados por la confrontación, la imposición y la radicalidad.

Sin ser un personaje reconocido por su talento intelectual, en el PRI, Murat se convirtió en un operador eficiente para las tareas más difíciles. Uno de los episodios más controvertidos de su trayectoria ocurrió durante la campaña presidencial de Luis Donaldo Colosio.

Murat participaba en la coordinación de la gira del candidato como enviado del partido y tuvo un papel protagónico en el cambio de última hora que llevó a Colosio a Lomas Taurinas, donde fue asesinado.

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El episodio dejó una sombra que acompañaría durante años al político oaxaqueño: el reclamo por haber llevado al candidato a un escenario considerado de alta vulnerabilidad, pese a las advertencias y la negativa del general Domiro, encargado de la seguridad del candidato.

Pero Murat continuaría ascendiendo.

En la XVII Asamblea Nacional del PRI, en 1996, se convirtió en uno de los operadores de línea dura en el proceso de reestructuración del partido. Su intervención definió el rumbo de los estatutos internos y coincidió con personajes como Roberto Madrazo, Manuel Bartlett, Manlio Fabio Beltrones, Ricardo Monreal y Dante Delgado.

Murat fue el porro que reventó la asamblea para imponer los famosos candados contra los llamados despectivamente “tecnócratas”.

Ahí coincidió con otros políticos que representaban distintas corrientes del viejo sistema.

Cinco años después, en la XVIII Asamblea Nacional del PRI, nuevamente apareció para imponer a Roberto Madrazo en la dirigencia nacional. Acompañado por un grupo de golpeadores de Oaxaca y Tabasco, arribó a la sede con consignas: “¡Esto ya se chingó, venimos a tomar la mesa!” y “¡A chingar a su madre... aquí se hace lo que nosotros decimos!”.

La política era entonces una batalla de grupos. El apoyo con el que contó Murat lo integraba lo más detestable del PRI: Tomás Yarrington, actualmente preso por vínculos con el crimen organizado; Roberto Madrazo, Manuel Bartlett, Manlio Fabio Beltrones, Arturo Montiel, Elba Esther Gordillo y Fidel Herrera, entre otros impresentables.

Llegó a la gubernatura de Oaxaca en 1998.

Chocó con organizaciones civiles y tuvo una compleja relación con la CNTE, una fuerza que durante décadas ha sido determinante en la política oaxaqueña y que formó parte del apoyo al movimiento obradorista.

Pero si algo demuestra la historia política de Murat es que no ha tenido obstáculos para conservar el poder.

En marzo de 2004 el entonces gobernador denunció haber sido víctima de un atentado cuando salía de un hotel en Oaxaca. La investigación y los testimonios posteriores determinaron que salía de una fiesta con las edecanes de La Hora Pico.

La fuerza política de Murat

La verdadera transformación vino cuando Murat y otros políticos cercanos, entendieron que el PRI estaba cambiando.

Que el gobierno de Peña Nieto y las reformas que impulsaba desplazarían a su grupo político y se incrustaron como “Caballo de Troya” en las discusiones del Pacto por México.

José impuso a su hijo, en la dirección del Infonavit y luego como candidato del PRI a gobernador de Oaxaca, contando con el necesario apoyo del entonces senador y presidente del PRI, Manlio Fabio Beltrones.

Murat y su grupo entendieron que el futuro ya no era en el PRI y menos con un candidato como José Antonio Meade.

Entonces reactivo su relación con AMLO.

Aunque AMLO desdeñó la candidatura de Alejandro Murat a la gubernatura, acusando incluso que existía una “monarquía hereditaria y corrupta” en Oaxaca. Las cosas cambiaron cuando Alejandro operó en favor de AMLO en 2018.

Una vez que asumió la presidencia, la relación con el nuevo gobierno se modificó radicalmente. Alejandro era todo elogios hacia el presidente y José se convirtió en uno de los pocos políticos de oposición con acceso directo a Palacio Nacional.

Los Murat son la muestra de cómo un apellido comienza a funcionar como franquicia política: José construyó la estructura y Alejandro la hereda.

Y de que una de las principales fortalezas del viejo PRI no eran las instituciones, sino las familias. El antiguo adversario se convirtió en interlocutor y compinche.

El viejo PRI no murió, solo cambió de siglas, discurso y aliados. Muchos de sus operadores encontraron una nueva vida política dentro de Morena cuando el sistema parecía estar siendo sustituido.

X: @diaz_manuel