Más allá de la especulación sobre el destino de Benjamín Netanyahu y uno de sus ministros, la realidad es que la guerra perdida de Trump e Israel contra Irán tendrá reverberaciones que no harán otra cosa más que agravarse al paso de los días, semanas, meses o hasta años que se extienda el conflicto iniciado unilateralmente por ambos países en medio de negociaciones de “paz” con sus contrapartes iraníes.

Por ejemplo, un barril de petróleo a 150 dólares llevaría a un efecto cascada que se resentiría en las cadenas de suministros, incluyendo, por supuesto, precios de combustible y alimentos, que son transportados mayoritariamente en tractocamiones.

Aún peor, gran parte de los fertilizantes que se distribuyen a nivel mundial, otro producto derivado de hidrocarburos, transita por el estrecho de Ormuz. Un 30 por ciento, de acuerdo con cálculos recientes.

La interrupción de estos suministros, más aún con los remanentes del fallido sistema “just in time” que tantos problemas nos trajo durante el primer año y medio de la pandemia, tendrá consecuencias que se seguirán padeciendo aun si mágicamente el conflicto terminara en estos mismos momentos. Aumento de precios de los alimentos y en países con mayor índice de pobreza, el brutal prospecto de hambrunas generalizadas.

Es hasta reiterativo señalar que Trump, Rubio, Hegseth y el resto del circo en que ha degenerado el Salón Oval de la Casa Blanca están jugando con fuego, pero así es. Y las consecuencias de sus actos no afectarán únicamente al ensimismado electorado estadounidense, sino al resto del mundo.