“El 75% de mi vida lo ocupa el tema de los placeres, y si no tuviera que preocuparme por tratar de satisfacer eso, no sabría que hacer con tanto espacio y tiempo para dedicarle a otras cosas… porque sería demasiado”, me confesó en la CDMX un amigo artista cercano, hace casi nueve años, cuando yo le anuncié que me iba de monja y dejaba todo para mudarme a Alemania. De todas las reacciones de mis amistades seculares a mi decisión por la vida monástica, sin duda fue la más chistosa; no solo por la honestidad espontánea y por haber puesto en evidencia innecesariamente temas que generalmente no se discuten, sino porque es un artista muy famoso internacionalmente, ambicioso y conocido por su dedicación al arte… todo esto con solo el 25% de su atención. La pregunta obvia para ambos fue: ¿Cuánto más famoso sería si se dedicara 100% al arte?

Aunque de todos los comentarios fue el más gracioso e inesperado, tal vez hasta inapropiado, lo agradecí porque también fue el más profundo. Su reflexión desde su perspectiva, abordaba la verdadera decisión, la elección esencial de lo que significa dejar a un lado tu vida entera, tus propios intereses y entregarte por completo a Dios… El comentario de mi amigo artista evidenciaba que entendió como esa acción, esa decisión vocacional por la vida monástica, no solo quita, sino que también abre un espacio real en tu alma, tu corazón y tu cabeza a algo más.

La mayoría de las preguntas en ese momento de mi vida ante el anuncio de mi vocación giraban para mi sorpresa en torno a cuestiones legislativas: ¿te van a dejar usar un celular? ¿Podremos visitarte? ¿Puedes usar tenis y hacer ejercicio? ¿Está permitido fumar? ¿Puedes tomar vino? ¿A qué hora te tienes que despertar? ¿Te dejan usar ropa de civil? Me costaba mucho entonces entender lo que en el fondo me estaban preguntando realmente. Con el tiempo me di cuenta que la mayoría solo trataba de entender qué era exactamente a lo que yo me había comprometido y procuraban con curiosidad imaginar mi vida. Otros más superficiales, lo que intentaban era medir, por comparación, la virtuosidad de sus propias vidas. Como si alguien pudiera ser menos o más santo por tener permiso (o no) de usar tenis, o un celular, o por la hora en la que te despiertas, o la respuesta a cualquiera de esas preguntas. Yo me despierto todos los días entre 4 y 5 de la mañana para rezar, dependiendo del día, no tengo otra ropa más que mi hábito, y estoy absolutamente segura que estas prácticas no son algo que me llevará a la santidad; es simplemente parte de la rutina monástica, es una estructura base, y tuvo mucho muy poco que ver con mi decisión vocacional. Estas prácticas del monacato en cuestión simplemente las disfruto mucho.

Me siguen preguntando muy seguido, ¿por qué, para qué ser monja? Me preguntan: ¿por qué te ataste tu sola una cuerda al cuello? Pero la respuesta que doy “por fin soy libre y plena”, nadie la entiende. Pero cuando tu vida está dedicada a la oración, la estructura monástica no aprisiona, la rigidez de la vida religiosa en realidad libera. Voy a poner solo un ejemplo concreto, que considero se requiere, para tratar de dar sentido a lo que siempre trato de explicar.

Quisiera discutir específicamente, y a modo de ejemplo, el uso del hábito. Cuando me fui de monja regalé toda mi ropa, usé por años solo uniforme, y desde que me consagré, solo tengo mi hábito; no tengo ninguna otra vestimenta desde hace más de diez años. Me parece personalmente delicioso despertar y no tener que pensar qué ropa ponerte cada mañana. No me interesa en lo absoluto y el cerebro dedicado a eso en el pasado representaba para mí una verdadera pérdida de tiempo y esfuerzo. Pero, aunque no te interese la ropa, ¿se vale no usar ropa del todo?, ¿se vale no bañarse? No me resulta tan fácil acatar las normas de las convenciones sociales sin cuestionarlas; por básicas que parezcan, algunas me cuestan. No me extrañó descubrir en la historia de los ermitaños que hubo muchos que vivían sin ropa en una cueva.

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Creo que desde el punto de vista práctico, me parece un verdadero privilegio poder usar hábito. Es el mismo siempre, no cambia, así vaya a una boda o al rancho. No me quita tiempo ni ocupa espacio en mi cabeza (que prefiero honestamente dedicar a otros asuntos más interesantes que mi apariencia). Agradezco que las convenciones sociales de hoy permitan el uso del hábito para gente como yo, porque no necesito ir en contra de mi cultura ni ofendo a nadie (que si decidiera no bañarme, por ejemplo, tal vez sí habría reproches sociales).

Hay que considerar el otro aspecto, el más importante; no el práctico sino el simbólico. El hábito es un signo vivo de mi fe y mi entrega a Dios. Es visible, obvio y reconocible por todos. Cuando estoy en un lugar público, aunque no es tan seguido, la gente siempre me aborda con confianza. Me gusta que sea evidente que hay una monja ahí disponible para escucharlos siempre, contestar sus dudas y acercarlos a Dios. Es además impresionante que la gente se siente con el derecho de hablarme, demandan mi atención y es una dinámica de “tengo derecho a hablar con la monja” que en verdad se ejerce con autoridad por la gente. Lo que más disfruto es cuando me piden la bendición, supongo, porque me recuerda lo que más disfruto de mi vida de religiosa: tratar de dar a los demás lo mucho que recibo de Dios. Todos las oraciones, sacrificios, ayunos, etc., que un ermitaño hace en lo secreto de su ermita en intercesión por la humanidad, de pronto, al hacer el signo de la cruz en la frente de alguien y pedir a Dios que lo bendiga, ese momento lo sintetiza todo, y el símbolo que pone en evidencia, con frecuencia, me conmueve hasta las lágrimas. Es precioso y resume en un gesto humilde y sencillo algo muy profundo de mi vida como religiosa: pedir a Dios que nos bendiga.

La otra cosa que me gusta del hábito es que regula cuáles actividades son o no apropiadas para mí. Mi superior (el Obispo de mi Diósesis en Alemania) es muy estricto, y en principio, mi vida social es bastante reglamentada por lo que es muy fácil ser obediente así. No se requiere evaluar mucho, que es lo que disfruto: No eventos sociales (solo familiares), no salir de noche, no salir seguido, limitadas actividades parroquiales, no multitudes, etc. Pero a veces, en los detalles de las actividades en cuestión, si tengo alguna duda, el hábito lo resuelve sin necesidad de sufrir con dudas. Por ejemplo, si voy a ir a una conferencia. ¿Se ve raro que vaya en hábito? Y sin necesidad de ser escrupuloso o ridículo, el simple uso del hábito determina si es un lugar apropiado para que un religioso asista o no. De esa forma, al nunca ir vestida de civil, mi hábito por sí solo regula mi contacto con el mundo, sin necesidad de dedicarle mucha cabeza al asunto, ni molestar a nadie con preguntas vanas o nimiedades.

Son muchos los elementos en la estructura monástica, así como el uso del hábito, que son aliados en el crecimiento de nuestra vida espiritual. Pero está claro que solo son recursos; aunque muchos de estos son parte de la regla de cada ermitaño, y se deben obedecer por los ya discutidos aspectos benéficos, prácticos, simbólicos, estructurales, etc., no son la esencia de la promesa espiritual a Dios. Los tres votos monásticos que prometemos los ermitaños al consagrarnos son: castidad, obediencia y pobreza, y mucho más allá de sus límites prácticos y la rutina, yo los entiendo como promesas espirituales que tienen que ver con abrir un espacio para que mi vida entera esté dedicada a Dios.

En estos tres votos, al ejercer esas promesas a Dios en tu vida cotidiana, en la parte práctica que yo he experimentado, se vive una libertad tan sobrecogedora que muchas veces me ha llevado a cuestionar por qué no es atractivo para todo el mundo. La pregunta más común que me hacen (y humanamente comprensible) es: ¿la pobreza, la castidad y la obediencia son antinaturales? Los seculares me tratan de explicar siempre que: 1. querer ser más exitoso y respetado por esos logros económicos en tu comunidad, 2. tener una pareja sexual y, 3. tomar tus propias decisiones sin tener a un superior, son deseos humanos inscritos en lo más hondo de nuestra naturaleza y, por lo tanto, buenos y válidos. Un teólogo mexicano que respeto mucho, el Padre Julián López Amozurrutia, lo explicó a mis amigos alemanes magistralmente en una visita a mi ermita en Alemania: “lo que los votos buscan es algo sobrenatural, del alma, no es antinatural, es sobrenatural". Su comentario, creo yo, ilustró muy bien de lo que yo puedo dar testimonio sin ser tan inteligente: son procesos que en la medida que los vas perfeccionando, lo que se experimenta es una liberación de las necesidades mundanas que, desde esa perspectiva espiritual o incluso mística, son claramente ataduras que lejos de darte autonomía, te limitan, o encarcelan (y a veces hasta esclavizan). La soledad es una promesa adicional que hacen los ermitaños y que se añade a los tres votos monásticos, y es igualmente un ejercicio del alma, sobrenatural y no antinatural, pero es un tema tan complejo que tendré que discutirlo mejor en el futuro en otro texto.

Imaginemos que un amigo llega a tu casa y te dice: “pasado mañana seré tan perfecto como Dios”. Creo que provocaría burlas y risas. Pero no debería ser motivo de bromas. Es lo que Jesús nos ordena: “sed perfectos como mi Padre es perfecto”. Pero pues es demasiado ambicioso como proyecto de vida para ningún ser humano. Yo me pregunto si tal vez lo que deberíamos cuestionar es a qué se refería Jesús cuando dijo “perfecto”. Yo dudo mucho que se refiriera a la hora en la que te despiertas o tonterías de esa naturaleza. Tampoco dijo que fueras más perfecto que tu vecino. Dijo “como Dios”. Lo que más se recuerda de Jesús es su llamado a: amar a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. Pero hay un pasaje en el evangelio en el que dice, “como yo los he amado, también ámense unos a otros”, (Juan 13:34). Es bastante más ambicioso porque, bueno, podría darse el caso de que no tengas tanta autoestima y amar a los demás igual o más que a ti mismo no sea un reto tan grande. Pero, amar como nos amó Jesús, hasta la muerte, pues no parece tan sencillo. Tal vez la solución la intuía San Benito. En su regla, la cual rige la mayoría de los monasterios en Europa occidental desde hace casi 1,500 años, y que comienza por decir: “escucha con el corazón”. Es una lista de normas, pero que propone se deben “oír con el corazón”. En los monasterios benedictinos, además, se refieren a los conventos como “la escuela del amor” (ojo: no del perfeccionismo). Te deja pensando, ¿en qué forma tratamos de ser perfectos?, ¿qué hacemos para alcanzarlo?, ¿vamos con todo o ya ni tratamos tanto? Creo que se vale y deberíamos ser ambiciosos en este renglón.

Sobre la autora:

La madre Stella Maris Fernández, de Monterrey, es una monja ermitaña diocesana y es Familiaris Cisterciense de la abadía de Heiligenkreuz en Austria. Después de trabajar en arte contemporáneo como crítica y curadora casi 30 años, dejó su trabajo en Frieze Art Fair (Londres y N.Y.) y el Museo Tamayo en CDMX en donde dirigía la Fundación (FORT) y se mudó a Alemania del este en 2018 para ser monja. Vivió sola en una granja que convirtió en su ermita por ocho años desde donde ayudó a fundar un nuevo claustro de monjes Cistercienses en Neuzelle. El nuevo monasterio en construcción fue diseñado por la arquitecta mexicana Tatiana Bilbao. Actualmente vive y trabaja entre Monterrey y Galicia. Stella Maris creó y editó la revisa Celeste, asociada con Federico Arreola y después con Jorge Vergara.