La banca mexicana permanece sólida, pero la morosidad revela que tecnología, precio y algoritmos no sustituyen conocimiento del mercado, cobranza y Estado de derecho.

La banca mexicana llega al último tramo de 2026 con buenos niveles de solvencia. A julio, su índice de capitalización alcanzó 20.77%, muy por encima de los mínimos regulatorios, y todas las instituciones se encontraban en categoría I de alertas tempranas de la CNBV.

Pero una banca capitalizada no necesariamente significa que todos sus productos estén evolucionando de la misma manera.

Los datos de morosidad a julio muestran diferencias importantes: adquisición de bienes inmuebles, 5.25%; créditos personales, 4.96%; tarjetas, 3.59%; nómina, 2.94%; empresas, 1.83%; entidades financieras, 1.70%; automotriz, 1.48%. En créditos a estados y municipios el indicador prácticamente desaparece.

¿Por qué?

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Porque el riesgo no es igual aunque todo se llame crédito.

Banco de México ya advertía en su Reporte de Estabilidad Financiera de junio que había aumentado la morosidad del crédito al consumo y que los préstamos personales mostraban el incremento más significativo. Particularmente preocupante era el deterioro observado desde finales de 2025 entre acreditados de menores ingresos.

Ahí comienza la historia que los promedios esconden.

No todo cliente digital es el mismo cliente

La transformación tecnológica de la banca es inevitable y positiva.

Reduce costos, permite operar 24 horas, automatiza procesos, amplía cobertura y facilita que millones de personas realicen operaciones sin acudir a una sucursal.

Pero digitalizar un banco no significa entender mejor un mercado.

En el primer trimestre de 2026 había 11,312 sucursales bancarias, 505 menos que un año antes. Es la cifra más baja desde agosto de 2020. Cerrar oficinas puede ser una decisión racional cuando las operaciones migraron al teléfono. El error sería convertir esa tendencia en dogma.

México no es un mercado homogéneo

Monterrey no es Tuxtla. Tijuana no es Villahermosa. Mérida no es Tepic. Una zona industrial del Bajío no se comporta igual que una economía regional dependiente de gobierno, turismo, agricultura o comercio.

Tampoco un empresario de 60 años de edad utiliza necesariamente el banco igual que un profesionista de 28.

La estrategia debería ser multicanal y regional, no simplemente digital.

Una sucursal ya no tiene por qué ser la enorme oficina bancaria de hace treinta años.

Puede ser más pequeña, especializada y rentable. Pero continúa siendo un sensor de mercado: conoce clientes, empresas, actividad económica, problemas regionales y señales tempranas de deterioro.

Cuando desaparece ese conocimiento y todo se transforma en información centralizada, el riesgo es dirigir desde una pantalla mercados que nunca se han pisado.

La morosidad explica el producto

El crédito personal tiene mayor morosidad porque normalmente carece de una garantía real suficiente y depende fundamentalmente del flujo futuro del acreditado. Si pierde ingreso, aumenta su costo de vida o acumula otras deudas, el deterioro puede ser rápido.

Las tarjetas tienen otra dinámica: son revolventes, diversificadas y extraordinariamente rentables, pero precisamente por ello permiten acumular deuda mientras exista línea disponible.

El crédito de nómina reduce parcialmente ese riesgo porque el pago está vinculado al ingreso recurrente. Pero si desaparece el empleo o cambia la relación laboral, desaparece parte de esa ventaja.

El automotriz registra menor morosidad 1.48% porque existe un bien identificable, enganche, plazo determinado y mecanismos de recuperación relativamente claros.

El empresarial aparece en 1.83%. Pero tampoco debería generar complacencia. Una cartera comercial puede permanecer vigente durante meses mediante reestructuras, garantías y negociación antes de manifestar plenamente su deterioro.

Y el crédito inmobiliario merece atención particular. Una garantía de ladrillos no significa recuperación inmediata. Entre tener una hipoteca y convertirla nuevamente en dinero existen juicio, sentencia, ejecución, posesión y venta.

Ahí México tiene todavía un enorme problema.

¿Quién paga las reservas?

Cuando aumenta el riesgo crediticio, el banco constituye reservas.

La CNBV lo explica con claridad: reservas, calificación de cartera, políticas de originación, vigilancia de cartera vencida y recuperación forman parte de los mecanismos mediante los cuales los bancos protegen su estabilidad.

Pero económicamente las reservas no aparecen por generación espontánea.

Reducen resultados y rendimiento del capital. Ese costo termina incorporándose al precio y a la estrategia futura del crédito: mayores tasas, menores líneas, mejores acreditados, garantías adicionales o menor apetito por determinados segmentos.

En última instancia, la buena cartera termina subsidiando parcialmente el costo de la mala cartera.

Por eso “captar barato y prestar caro” es una descripción demasiado elemental del negocio bancario. Entre ambos extremos están:

riesgo + reservas + capital + operación + fraude + cobranza + recuperación + regulación + tecnología

La tasa alta puede compensar estadísticamente una mayor probabilidad de incumplimiento.

No convierte al mal crédito en buen crédito.

¿Y la cartera deteriorada que desaparece?

Hay otro indicador que el público debería conocer: IMORA.

El índice tradicional de morosidad observa la cartera vencida que permanece registrada. El IMORA incorpora además quebrantos o castigos realizados durante los doce meses anteriores.

Banco de México señaló precisamente que en 2026 el IMORA del consumo también aumentó, explicado tanto por mayor cartera vencida como por mayores quebrantos, especialmente en préstamos personales.

Cuando un banco castiga una cartera contablemente, la deuda no necesariamente desaparece. Puede continuar en recuperación, venderse o administrarse mediante terceros.

Lo que cambia es su tratamiento dentro del balance.

Por eso evaluar calidad crediticia únicamente mirando el IMOR puede producir una fotografía incompleta.

Un consejo de administración debería preguntar también:

¿cuánto originamos?, ¿cuánto cayó en mora?, ¿cuánto reservamos?, ¿cuánto reestructuramos?, ¿cuánto castigamos?, ¿cuánto vendimos y cuánto recuperamos finalmente?

Ahí aparece la verdadera rentabilidad de una cosecha crediticia.

Y finalmente está el Poder Judicial. La tecnología financiera puede aprobar un crédito en minutos.

La cobranza judicial puede tardar años

Esa es una asimetría peligrosa. México está modernizando originación, pagos, identificación, análisis de datos y contratación digital mucho más rápido de lo que moderniza la recuperación jurídica del crédito.

Y un sistema financiero no termina cuando deposita el dinero.

Termina cuando cobra.

El Poder Judicial debería entender que ejecutar contratos y sentencias no constituye una preocupación privada de bancos y acreedores. Es infraestructura económica.

Cuando recuperar una garantía tarda años, el costo no queda únicamente en el expediente.

Se convierte en reservas, mayor tasa, menor aforo, menos crédito y exclusión de plazas consideradas riesgosas.

Podemos elegir jueces, producir estadísticas, digitalizar expedientes y multiplicar acuerdos.

Pero si las sentencias no se ejecutan oportunamente, tendremos modernización administrativa, no necesariamente mejor justicia.

La banca del futuro necesita territorio

La banca mexicana es sólida. Eso es una fortaleza que debemos preservar. Pero su siguiente desafío no consiste solamente en tener la mejor aplicación.

Los nuevos participantes digitales presionarán precios y márgenes. La inteligencia artificial mejorará originación y cobranza. Las sucursales continuarán transformándose.

Pero el crédito seguirá dependiendo de algo mucho más antiguo: conocer a quién se presta, para qué se presta, dónde opera y cómo se recuperará el dinero si las cosas salen mal.

México necesita tecnología financiera, pero también banqueros que conozcan mercados.

Sucursales diferentes para mercados diferentes. Productos diferentes para economías diferentes. Tasas y plazos coherentes con cada riesgo.

Porque un algoritmo puede identificar patrones. Pero no todo México cabe en el mismo patrón.

Y captar barato para prestar caro nunca ha sido suficiente para hacer buena banca.

Fuentes: CNBV y Banco de México.

Mario Sandoval. CEO FISAN SOFOM ENR. Banquero y abogado especializado en recuperación de activos financieros, con más de 30 años de experiencia profesional a nivel directivo.