El oficialismo en México se sostiene en una popularidad que se nutre del ruido. Del ruido de la retórica lopezobradorista interminable, que atiza la llama del encono y de las falsas esperanzas; del griterío en la plaza y la batahola de las calles, que se espolean con las falacias y las mentiras presidenciales; de la cantinela oficial, que la repiten los simpatizantes del gobierno y los políticos oficialistas; del murmullo de la hipocresía, que sonríe y asiente al presidente, pero a sus espaldas comenta y tilda de ocurrencias la perorata perenne; del eco del insulto clasista, machista y racista, que se utiliza como errónea herramienta argumentativa contra el rival, no para convencer, sino para afianzar simpatías.

La fuerza del lopezobradorismo radica en la narrativa, que se embargó cuando se monopolizó la agenda pública mediante la transmisión diaria del discurso matutino del presidente. Así se logró moldear la realidad nacional. Usurparon las conciencias a través de la manipulación de las emociones. Polarizaron nuestra sociedad mintiendo y promoviendo el resentimiento social y el ánimo revanchista, haciendo del pueblo una ilusoria entelequia heroica. Mas no existe dicotomía conformada por pueblo; pues pueblo somos todos. Hoy la inquina no es consecuencia de estar jodido, sino por el hecho de que haya quienes no lo estén.

Es por esto que la oposición debe ser cuidadosa con la designación de candidatos rumbo a los comicios federales de 2024. Porque si se postulan políticos de antaño que se puedan vincular con los tiempos neoliberales o con acontecimientos históricos que el oficialismo ha tatuado en el imaginario colectivo como afrentas a la mexicanidad y como angustias del pasado incurables, como 1988, el TLC, Fobaproa, 2006, Pacto por México, entre otros, el debate lo ganarán los oficialistas a base de descalificaciones y calumnias.

Candidatas y candidatos que abonen a la ficción del obradorato estarán condenados al fracaso electoral. De por sí los partidos de oposición insisten en seguirse vistiendo de marcas total y absolutamente estigmatizadas y disminuidas. Y aunque resulte inevitable el uso de un partido político como vehículo a cualquier cargo político de alta investidura; no obstante, hoy en día se pueden cautivar mayor cantidad de predilecciones logrando la escisión de la partidocracia, que bajo su manto protector. Por consiguiente, otro perfil que debe buscar la oposición es uno que se le vincule con la ciudadanía y no con los partidos de oposición; que pueda encuadrar en cualquier ideología opositora, pero que se contraste del oficialismo por ostentarse como demócrata.

Si el lopezobradorismo es fuerte por el ruido, se le tiene que silenciar. Si las debilidades de los oficialistas anidan en su falta de capacidad para argumentar con inteligencia, o proponer con ideas propias, o convencer con razonamientos lógicos, se le debe combatir con inteligencia, por sobre todas las cosas. Y postular candidatos que le convienen al oficialismo es todo menos inteligente. Ya se verá.

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