Durante semanas —meses, incluso— abundaron las voces que aseguraban que el presidente Donald Trump no actuaría contra el régimen de Nicolás Maduro. Se repetía, con una seguridad casi dogmática, que Washington no estaba dispuesto a cruzar ese umbral, que se trataba de una amenaza retórica, destinada al consumo interno. Sin embargo, esa lectura ignoró lo más evidente: el despliegue, los objetivos declarados y la lógica estratégica del propio Trump hacían inevitable la acción.
Cuando un presidente estadounidense despliega capacidades, define enemigos y fija objetivos de manera pública, la inacción no es una opción. Trump no opera desde la ambigüedad diplomática tradicional; su estilo es frontal, transaccional y, sobre todo, coherente con lo que anuncia. La caída de Maduro no es una sorpresa para quien entendió esa lógica, sino la consecuencia natural de una secuencia anunciada.
Este episodio no puede analizarse de manera aislada ni mucho menos como un fenómeno exclusivamente venezolano. Forma parte de una reconfiguración hemisférica más amplia, en la que Estados Unidos ha decidido elevar el costo de sostener regímenes que considera funcionales al crimen organizado transnacional y hostiles a su seguridad estratégica.
En ese contexto deben leerse también las declaraciones del propio presidente Trump respecto a México: cuando afirma que los verdaderos gobernantes del país son los cárteles y no la presidenta Claudia Sheinbaum, no está haciendo una provocación retórica, sino emitiendo un diagnóstico político desde la óptica de Washington. Puede gustar o no, puede discutirse su forma, pero sería un error monumental ignorar el fondo del mensaje.
A ello se suma la postura del expresidente Andrés Manuel López Obrador y la condena del gobierno de Sheinbaum a la acción contra el régimen venezolano. Esa condena, más allá de su justificación ideológica o discursiva, coloca a México en una posición incómoda justo cuando se aproxima una negociación comercial clave, en un clima bilateral ya de por sí enrarecido por temas de seguridad, migración y combate al narcotráfico.
México parece insistir en una política exterior anclada en reflejos del pasado, apelando a doctrinas que hoy tienen cada vez menos peso real en la toma de decisiones hemisféricas. El problema no es la defensa de principios, sino la incapacidad de leer el momento histórico: el margen para la ambigüedad se ha reducido drásticamente.
La caída de Maduro debería servir como una advertencia clara. El alineamiento hemisférico no es un capricho ideológico, sino una herramienta de supervivencia económica y política para países profundamente integrados a la economía norteamericana, como México. Persistir en una narrativa de equidistancia moral mientras se depende del comercio, la inversión y la estabilidad regional que provee Estados Unidos es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, profundamente irresponsable.
México necesita con urgencia un gobierno con mayor claridad estratégica, capaz de entender que un mejor alineamiento hemisférico no implica sumisión, sino inteligencia política. Un país que aspire a crecer, atraer inversión, fortalecer su Estado de derecho y recuperar su soberanía efectiva frente al crimen organizado no puede darse el lujo de jugar a contracorriente del orden regional que se está consolidando.
La historia reciente es clara: quienes no leen el tablero completo terminan siendo piezas, no jugadores. Y hoy, más que nunca, México necesita volver a jugar para ganar.


