Ayer domingo, poco antes de las seis de la tarde, me llamó la atención lo que decía una comentarista de la radio pública. Ella, experta en música clásica y con una dicción al parecer eslava, mencionó una ópera de la que yo jamás había escuchado hablar: La tumba de Áscoldo.
La mujer narró brevemente el argumento de la obra de Aleksey Verstovsky, con libreto de Mikhail Zagoskin, deteniéndose unos minutos —lamentablemente solo dos o tres— en un punto alejado de la calidad artística de la que ignoro si deba ser considerada, o no, una obra maestra. Comentó, de pasada, un detalle atractivo solo para alguien como yo, con el morbo político desarrollado hasta el extremo de la obsesión: el complot de un personaje que, en aquella Rus antigua, jamás da la cara. En efecto, la especialista en música culta hizo brevísima referencia a una conspiración contra el poder en la medieval Rus de Kiev, aunque, para mi desgracia, no profundizó en el tema.
Al llegar a casa, busqué en YouTube las arias clave de La tumba de Áscoldo. Qué difícil tarea: el algoritmo de la gran plataforma de videos parecía ignorar la existencia de esta ópera. Tuve que recurrir a la inteligencia artificial de Google, Gemini, que, después de mucho insistirle, me proporcionó los términos, en cirílico, para poder encontrar lo que permanecía tan oculto en la web.
Finalmente, logré dar con el Aria del Desconocido, interpretada por el bajo del Teatro Mariinsky, Pavel Shmulevich. Al final incluyo el video.
El hecho relevante no es musical, sino político. La trama histórica que inspiró a Verstovsky y Zagoskin la convertí, de inmediato, en un marco analítico sólido para comprender no la política del Kiev del siglo IX, sino la del México de hoy.
La historia de ese conspirador invisible en La tumba de Áscoldo —quien, solo esgrimiendo un pasado ya muerto, exige que se le devuelva el poder— impacta con impresionante fuerza en la realidad política mexicana actual.
En la ópera, el personaje de Oleg intriga desde las sombras, invocando el nombre de Áscoldo para desestabilizar el presente; en el México de 2026, vemos a figuras de la derecha y la ultraderecha, nacional y global, sobre todo de EEUU que, sin aparecer en las boletas electorales ni dar la cara en el debate democrático, dirigen, en nombre de unas instituciones que consideran sagradas, la partitura del coro de la comentocracia en lo que pretenden sea una labor de desgaste contra el gobierno de Claudia Sheinbaum.
Al analizar La tumba de Áscoldo como un espejo de la política contemporánea en México, la figura del Desconocido es por mucho la más relevante. Este personaje no es un agente del presente, sino un espectro del pasado que reclama una legitimidad perdida, presentándose ante los jóvenes cortesanos de la Rus de Kiev para convencerlos de que el orden vigente es una usurpación.
Trasladado al México de 2026, ese Desconocido es el director de orquesta del coro de columnistas, empresarios irritados por el fin de los privilegios fiscales y políticos de oposición que juran que la 4T destruyó el Estado de derecho. Eso juran, pero tal Estado democrático y justo, digamos las cosas como son, jamás existió en los sexenios del PRI y del PAN. Fue, en el mejor de los casos, una ficción de bienestar para unos cuantos, precisamente quienes hoy tanto se quejan en los medios y los grupos empresariales.
En el discurso contra Claudia Sheinbaum existe una figura colectiva que actúa como el Desconocido: el sector que apela a las instituciones y formas del pasado —el periodo previo a la 4T— como la única fuente de legalidad verdadera. Ante la uniformidad de ataques, la pregunta es: ¿quién coordina el nado sincronizado contra la izquierda y la presidenta de México?
Ese Desconocido, en la ópera, se mueve en las sombras, cerca de las tumbas, alimentando el resentimiento. En la política actual, esto se traduce en la capitalización de problemas, que desde luego no llegan a ser crisis —en seguridad, salud o economía—, pero no con el fin de proponer alternativas técnicas, sino para invocar el retorno al PRI y al PAN que Morena, aseguran, profanó.
Los ataques no siempre son frontales; suelen ser narrativas mediáticas ordenadas por estrategas ocultos que pretenden sembrar la duda sobre la viabilidad del proyecto de nación, utilizando el exceso periodístico para pintar un panorama de ruina nacional; sí, similar a las profecías de desastre que en la ópera rusa el Desconocido utiliza para reclutar aliados.
Se trata de embates desde la oposición abierta, con presencia en México y EEUU, pero también de ataques desde instituciones que supuestamente apoyan a la presidenta. Sus orquestadores son tan cínicos que se desdoblan: mientras el hijo, Claudio X. Jr., agrede con furia desde los medios y cónclaves de partidos contrarios a Morena, el padre, Claudio X. Senior, si puede se cuela a las reuniones del Consejo Mexicano de Negocios con Claudia Sheinbaum. Pura hipocresía.
La conspiración desde las sombras es un clásico: la lucha entre quien ostenta el mando, legítimo en una democracia como la mexicana, y quien, sintiéndose desplazado por la historia, intenta recuperar el trono por cualquier vía.
¿Por qué los Claudios X.?
Mientras los expresidentes se oxidan en el olvido —las reapariciones más o menos frecuentes de Ernesto Zedillo y Felipe Calderón evidencian que ya nada valen—, y juzgando en su verdadero nivel a Ricardo Salinas Pliego —más ruido que nueces—, Claudio X. González es el único que actúa con la lógica del Desconocido de la ópera: está en todas partes sin cargo alguno. Puede hacerlo porque cuenta con una fortuna familiar para financiar su activismo y con contactos en el poder económico más conservador de México y EEUU.
Claudio X., es el único con omnipresencia operativa. No es el rey moribundo, como los expresidentes, ni el señor feudal que defiende su castillo, como Salinas Pliego. Ha sido el arquitecto de una coalición —fracasada, sin duda— que quiere fortalecerse. El señor X es el único capaz de sentar a la mesa a los restos del PRI, del PAN y de las organizaciones de derecha para convencerles de ir contra el gobierno de Sheinbaum.
En la ópera La tumba de Áscoldo, el conspirador tiene los recursos para armar la rebelión. En México, Claudio X., es el vínculo entre el gran capital y la oposición.
Sin embargo, la presidenta Sheinbaum no se inquieta, pues los conspiradores ocultos son propios de un pasado que ya no existe. El Desconocido de la ópera rusa ya no es viable; un complot tan secreto como el que le quitó la vida a Julio César es impensable hoy en día, dados los recursos técnicos de los que disponen los Estados modernos para defenderse.
Para la presidenta, la conspiración de Claudio X., y de quienes le hacen coro —Alito, Lorenzo Córdova, la dirigencia del PAN, Zedillo, Fox, Calderón, etcétera— no es motivo de cuidado. Y no lo es porque lo escenificado por ellos no llega a ópera trágica; es, simplemente, una pésima opereta de puro vacilón.
Aquí el Aria del Desconocido:



