Aunque por supuesto, no seríamos nosotros, irse la misión lunar Artemis II nos regala imágenes impactantes de la Luna y la Tierra tomadas por astronautas de la NASA con ángulos nuevos, alta definición y la reflexión sobre la existencia del hogar que tenemos como planeta.

Hay algo bastante simbólico en esta fecha que podría simbolizar la mitad de la misión que termina el 11 de abril y es que en pleno momento de viraje hacia las tensiones bélicas y las disposiciones para retener a los hombres en países como Alemania, donde será necesario tramitar un permiso militar para abandonar por más de tres meses aquel lugar, mirar la Tierra capturada tal como es hoy parece un ejercicio para valorar lo que somos y el lugar donde nos encontramos. Como si hubiera un dramatismo en esos cuatro astronautas dentro de una misión en el punto más lejos de la Tierra de lo que cualquier ser humano ha viajado desde 1972, sugiriendo que a pesar de tener otros planetas, este es nuestro hogar y mantenerlo lejos de cualquier ataque nuclear tendría que ser prioritario ante cualquier guerra.

Para los amantes de la fotografía y la nostalgia tanto como de la ciencia, hay una pregunta que ronda la cabeza y es si ¿existe un valor científico único en estas imágenes o son simplemente el equivalente a fotos de vacaciones que se postean y se vuelven “likeables” o “aesthetic”? La NASA está transmitiendo en vivo el viaje de diez días por aquellos escépticos que aún aseguran que los humanos nunca hemos llegado a la Luna y los cuatro astronautas realizan actualizaciones periódicas en video, describiendo su progreso en tonos triunfales. Parece que la exhibición estética de todo es parte central pero para mí, lo importante es la conciencia de que para las grandes mayorías, viajar a la Luna en esta vida se antojará como algo imposible. En las fotos, nuestro planeta aparece invertido, con el desierto del Sahara y la península ibérica visibles a la izquierda, y la parte oriental de Sudamérica a la derecha. Pero en la vida real, estamos más cercanos a ser afectados o damnificados del imperialismo y de la guerra que de poder mudarnos de planeta o ir a visitar la luna.

De hecho, la NASA ofrece imágenes bellísimas, pero nada nuevo en términos científicos, nada cómo viabilidad para viajes temporales y accesibles en caso de ataques nucleares, por ejemplo.

La NASA cuenta con un satélite en su Deep Space Climate Observatory equipado con una cámara llamada Earth Polychromatic Imaging Camera. Lanzado en 2015, toma con frecuencia fotografías de la Tierra desde casi un millón de millas de distancia, mucho más lejos que Artemis II. Todo lo anterior hace que esta misión a la NASA sea estética y existencial, valorar que nos vemos como nos miramos y recordar cómo es la Tierra ahora mismo para el caso de que estalle la guerra y algún continente pueda cambiar completamente, o que converjan distintos ataques y la toxicidad nuclear pinte la Tierra de un color distinto al azul con nubes blancas.

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Ayer, sábado, la NASA publicó otra imagen con el lema “la historia en proceso”. En la imagen se mira la cuenca Orientale, un enorme cráter en la cara oculta de la Luna, que posee una corteza más gruesa y muchos más cráteres de impacto. Todo es una metáfora sobre lugares donde no podríamos sobrevivir y accesos que nunca tendremos. Sobre la conciencia de que la ciencia sirve también para eso, para visitar la Luna antes de destruir a otros humanos.

La imagen se publicó antes del sobrevuelo lunar del lunes, cuando la tripulación rodeará este misterioso lado oculto, pasando a unos 6,544 kilómetros de la superficie. La NASA afirmó que su imagen marcaba “la primera vez que toda la cuenca ha sido vista por ojos humanos”. Incluso los astronautas del programa Apollo program no pudieron observar completamente la cuenca Orientale debido a sus órbitas y condiciones de iluminación.

La NASA enfatiza la importancia de los ojos humanos frente a los exploradores robóticos diciendo que “los ojos y cerebros humanos son altamente sensibles a cambios sutiles en color, textura y otras características de la superficie”. Su misión reafirma entonces a la humanidad. A la experiencia de mirar, interpretar y reinterpretar. Esa misión parece una apelación a la sensatez de los gobernantes y grandes tomadores de decisiones para dejar de crear crisis innecesarias en un lenguaje lateral, fotográfico, subversivo, sutil.

En 2024, la misión china Chang’e-6 recolectó las primeras muestras de la cara oculta de la Luna, después de que China lograra posar la primera sonda en esa región en 2019. La misión tal vez no logre algo innovador pero sí algo simbólico y es que será la postal exacta del momento previo al riesgo inminente que vivimos de ataques, contaminación bélica, daños irreversibles y pérdida de vidas.

Estados Unidos se encuentra en una carrera espacial con otras naciones, especialmente China y ambas compitiendo por ser las primeras en devolver humanos a la Luna con la expectativa de convertirlo en viajes accesibles para algún tipo de humano no astronauta. La NASA quiere brillar ante el presidente Donald Trump quien ha recortado el financiamiento de instituciones científicas y pareciera que también quiere pedirle que sigamos aquí.

Hace décadas, las primeras imágenes en 1968 de la Luna hicieron que la Tierra pareciera vulnerable y habitada a un nivel de hermandad en el punto de tensiones globales durante la Guerra Fría haciendo recordar que compartimos un mismo planeta.

Demostró que una imagen poderosa puede escribir o cambiar el curso de la historia y la NASA espera que Artemis II logre un momento de resonancia comparable, aunque después del odio de Donald Trump emanado hoy, se antoja complejo. Quizá Artemis II no descubra nada nuevo en términos estrictamente científicos. Quizá no haya destellos de meteoritos ni hallazgos inesperados. Sin embargo, podría ofrecernos otra clase de descubrimiento: una imagen capaz de reorganizar nuestra sensibilidad.