A principios de 2026, Irán sigue gobernado por un sistema teocrático, la república islámica. El poder real se concentra en la figura del líder supremo que desde 1989 recae en el ayatolá Alí Jamenei, quien ejerce una autoridad prácticamente absoluta sobre el Estado: controla al ejército, los cuerpos de seguridad, el poder judicial y los medios públicos. Ninguna decisión relevante en política exterior, defensa o economía se toma sin su aval.
Teocracia bajo asedio
Los últimos meses Irán ha enfrentado una oleada de protestas sin precedentes, detonadas por la crisis económica, la inflación desbordada y el hartazgo social frente al régimen teocrático. En respuesta el Estado ha ejercido la represión sistemática. El uso de fuerza letal contra manifestantes ha dejado cientos de muertos, miles de detenidos y el despliegue de la Guardia Revolucionaria Islámica y la milicia Basij para sofocar cualquier disidencia.
El régimen endureció la persecución contra opositores, activistas de derechos humanos y periodistas mediante encarcelamientos arbitrarios, intimidación y censura. Las libertades civiles continúan severamente restringidas, desde la imposición obligatoria del hiyab hasta el bloqueo de internet en los momentos de mayor conflicto social. En resumen: la mayor crisis interna desde la Revolución islámica de 1979.
En el plano internacional, Irán se ha alineado con el eje China‑Rusia y mantiene relaciones estrechas con regímenes populistas de América Latina como Venezuela, Cuba y Nicaragua. Su programa nuclear opera como instrumento de presión interna y externa.
En respuesta, Estados Unidos ha reactivado la política de “máxima presión”: sanciones, aislamiento diplomático y presencia militar para frenar el desarrollo nuclear y aprovechar el descontento interno del régimen.
El mesianismo tropical
Aunque México se encuentra geográficamente lejos de Irán, ciertos paralelismos políticos resultan inquietantes. En 2006, Enrique Krauze describió a Andrés Manuel López Obrador como el “Mesías Tropical”: un líder con rasgos redentores, convencido de poseer una misión histórica y moral. La advertencia apuntaba a un estilo providencial, personalista y ajeno a los contrapesos propios de una democracia liberal.
Ese liderazgo derivó en una concentración inédita de poder. Al igual que en una teocracia, el líder se asume como máxima autoridad moral y política, subordinando al ejecutivo, al legislativo y al judicial. El resultado ha sido el debilitamiento institucional, la erosión del Estado de derecho y la cancelación de los equilibrios democráticos.
México enfrenta hoy una crisis económica, social y política profunda. Las manifestaciones contra el régimen se multiplican, mientras afloran denuncias de corrupción, vínculos con el crimen organizado, nepotismo y financiamiento irregular de campañas. Investigaciones periodísticas, testimonios de exfuncionarios y revelaciones sobre el control de medios por operadores cercanos al poder refuerzan la percepción de un sistema cada vez más autoritario.
Autoritarismo y doble discurso
El humor social es claramente adverso. Las deficiencias en los servicios públicos, la inseguridad y el abandono gubernamental, empujan a sectores de la sociedad a las calles. Sin embargo, las expresiones de protesta son contenidas por el Estado y por organizaciones clientelares, sindicatos, grupos de choque y estructuras vinculadas al crimen organizado que operan como brazos represores informales, sembrando miedo y desmovilización.
El paralelismo con Irán se acentúa al observar la política exterior mexicana. La presidenta Claudia Sheinbaum ha sido consistente en justificar a regímenes autoritarios como Cuba, Venezuela, Nicaragua e Irán, bajo el principio de no intervención y el “derecho de los pueblos a elegir su régimen”. Curiosamente, ese principio adquiere otro matiz cuando países como Perú, Chile, Argentina o Costa Rica abandonan democráticamente proyectos populistas, entonces sí aparecen las denuncias de supuestas injerencias externas.
Resulta paradójico que incluso Irán ha mostrado disposición a negociar. El vicepresidente y jefe de la Organización de Energía Atómica iraní, Mohamed Eslami, ha abierto la puerta a reducir el enriquecimiento de uranio a cambio del levantamiento de sanciones. En contraste, el obradorismo parece negarse a ceder, incluso a costa de la estabilidad interna.
La confrontación con Estados Unidos, el acercamiento estratégico a China y Rusia, el respaldo a regímenes autoritarios y la disposición a sacrificar gobernabilidad con tal de conservar el poder, recuerdan peligrosamente al comportamiento del régimen iraní.
Sin embargo, la diferencia es crucial, México comparte con Estados Unidos una de las fronteras más dinámicas del mundo y cualquier intento de “incendiar el país” tendría enormes consecuencias regionales.
El paralelismo deja de ser retórico y comienza a adquirir rasgos estructurales. Y queda una pregunta incómoda: ¿dónde quedó el feminismo gubernamental y la solidaridad de género frente a las atrocidades que el régimen iraní comete sistemáticamente contra las mujeres?
X: @diaz_manuel





