Violencia sexual como arma de Estado, exterminio del disenso y la complicidad cínica del sistema internacional.
No es represión. Es barbarie planificada.
En Irán, el poder captura, tortura, viola y mata para gobernar el miedo. Hay ejecuciones, desapariciones, masacres selectivas y denuncias reiteradas y documentadas de violencia sexual contra personas detenidas, usadas como castigo, humillación y terror. No ocurre en la oscuridad: ocurre a la vista del mundo.
El mundo lo sabe. El mundo lo ve. Y el mundo decide no escuchar ni mirar. Esto no es un fenómeno abstracto ni un “desborde”. Alí Jameneí, Líder Supremo, concentra la autoridad política y religiosa final; nada ocurre sin su aval.
Los Guardianes de la Revolución Islámica (IRGC) operan como un Estado armado dentro del Estado. La milicia Basij ejecuta la represión cotidiana. El sistema judicial religioso legitima la violencia con tribunales sin garantías.
Masoud Pezeshkian, presidente en funciones, es la fachada “moderada” de una maquinaria intacta. Los nombres importan porque la impunidad se alimenta del anonimato. Antes de la teocracia estuvo el Sha Mohammad Reza Pahlavi. Occidente lo sostuvo por petróleo, geopolítica y contención soviética. A cambio, toleró represión, desigualdad y abusos. La revolución de 1979 fue percibida —dentro y fuera— como comprensible, incluso justificada.
El error histórico fue creer que la caída del Sha traería libertad. Trajo autoritarismo sacralizado. Donde antes hubo policía política, surgió policía religiosa. Donde antes hubo censura, dogma. Y el mundo, una vez más, se adaptó. Desde Mahsa Amini (2022), la protesta dejó de ser episódica. Se volvió existencial para el régimen. La respuesta fue escalar sin límite.
Organizaciones de derechos humanos y testimonios coinciden en patrones: uso letal de la fuerza contra manifestantes, detenciones masivas, tortura sistemática, violencia sexual denunciada como instrumento de castigo y anulación, ejecuciones para “dar ejemplo”. No es exceso. No es descontrol. Es doctrina.
Dentro de Irán, el régimen impone el silencio: quien habla desaparece. Fuera de Irán, el sistema internacional elige el silencio: hablar obliga a actuar. Estados Unidos calcula costos estratégicos y energéticos. Europa administra condenas mientras protege estabilidad. China asegura influencia. Rusia capitaliza la distracción global. La ONU produce comunicados… y archivo. Todos saben. Todos miran. Y aun así, callan.
La rebelión iraní es moralmente legítima y geopolíticamente inconveniente. Y cuando esas dos cosas chocan, la historia es implacable: la moral pierde. Por eso se tolera lo intolerable. Por eso se relativiza lo monstruoso. Por eso se deja sangrar a un pueblo sin padrinos.
Hay dos crímenes. El primero lo comete el régimen iraní: reprimir, torturar, ejecutar, humillar, aterrorizar. El segundo lo comete el mundo: saberlo y callar. Uno aprieta el gatillo. El otro retira la mirada. Cuando el horror se normaliza y el silencio se institucionaliza, el precedente se expande. Hoy es Irán. Mañana será otro país. Otro pueblo. Otra excusa. Cada vez que la dignidad humana se vuelve negociable, baja el umbral de lo permitido. Que nadie finja sorpresa mañana. Que nadie hable de “excesos imprevistos” o “derivas inesperadas”. Todo esto se permitió. Se permitió cuando se cambió crimen por preocupación. Se permitió cuando se decidió que el petróleo, la estabilidad y el cálculo estratégico valían más que la vida. Se permitió cuando se oyó el grito y se eligió no escuchar. En Irán, el régimen mata para que el pueblo calle.
Fuera de Irán, el mundo calla para no tener que actuar. Ese es el pacto obsceno. Ese es el verdadero orden internacional. Porque cuando un Estado viola para gobernar y el mundo mira a otro lado, el silencio deja de ser neutralidad y pasa a llamarse complicidad. Y la historia —que siempre llega tarde pero nunca olvida— no preguntará quién tuvo razón estratégica, sino quién supo… y decidió no hacer nada.


