Una vez más, nada nuevo, una gran potencia invade a otra para sustraer sus recursos de valor en nombre de “Cristo, la democracia y su libertad”. Estos conceptos varían según el momento histórico, pero tienen un común denominador: abusar, saquear y lastimar a esas naciones.
Venezuela tiene, “casualmente”, las mayores reservas petroleras del planeta, eso es lo que subyace en el atropello a la legislación internacional (una vez más) violada, con la connivencia de un organismo multilateral tanto inútil como cómplice que es la ONU (El Vaticano y la FIFA, sus hermanos menores). Y para los ingenuos que crean que China o Rusia van a mover un dedo, están muy equivocados; las potencias mantienen una fluida interlocución al margen de cualquier organismo multilateral y (obvio) a espaldas de los pueblos. Y ya mismo se reparten al resto del mundo y sus valiosos recursos; no hay más trasfondo que ese, y a lo largo de la historia, tampoco, por cierto.
Si realmente la preocupación subyacente en cuanto a las motivaciones de invasiones militares extranjeras fuera su “bienestar, su democracia y su libertad”, ya hace años se habría invadido a Haití, Corea del Norte o Cuba. ¿Por qué no ha sido así? Porque a ninguna potencia le interesan las 24 toneladas de azúcar de Cuba, la tierra estéril de Haití, ni las hambrunas de Corea del Norte, país al que, por cierto, China y Rusia sí protegen, pero solo por motivos estratégicos, fundamentalmente su poder nuclear, pero hasta ahí.
Y bien, mientras en el mundo nada cambia y potencias como China se quedarán con Taiwán, EU con Venezuela, Israel con Gaza y Cisjordania, y Rusia con Ucrania, la ONU, al tiempo, se exhibe como un membrete inútil, oneroso y cómplice, en el marco “del agandalle” de un puñado de países para con el resto.
