“Aristóteles me enseñó a vivir”.
Alejandro Magno
Cada vez nos sorprende más a todos los seres humanos la Inteligencia Artificial (IA) y sus alcances, que día a día son más significativos.
Yo personalmente, que tengo formación de médico, podría con IA construir una casa, preguntándole inicialmente por los cimientos, los materiales, la adecuada colocación de sistemas de agua, luz y drenaje, y hasta la manera de contratar trabajadores de la construcción que yo mismo podría orientar con lo que me vaya contestando la IA.
En matemáticas, astronomía y física ya no surgirán teorías nuevas ni ecuaciones indescifrables, todas ellas ya las resuelve la IA.
Los casos legales ya se pueden resolver con IA, desde la presunción de inocencia de alguien, la presentación de pruebas si son confiables o no, los antecedentes de los implicados, los sucesos y las coartadas, la veracidad de las declaraciones, y todo lo relacionado con audiencias, juicios, sentencias y veredictos, inclusive cuando podría ejercerse la jurisprudencia en algún caso.
En medicina también ya se pueden resolver infinidad de problemáticas con IA, desde diagnósticos basándose en los signos y síntomas de un paciente determinado que puede analizar la IA, hasta establecer los tratamientos más modernos y adecuados para cada enfermedad que la misma IA diagnostique, incluso apoyándose con resultados de imágenes como radiografías, ultrasonidos, tomografías, resonancias, etcétera, y resultados de laboratorio que la misma IA puede interpretar.
Con IA se pueden crear marcas, diseñar modelos de ropa y de cualquier artículo, y hasta se pueden fundar partidos políticos y elegir a los candidatos que cuenten con los mejores perfiles curriculares.
Pero lo que no va a poder hacer jamás la IA, y de eso estoy seguro, es enseñar; la enseñanza debe ser humana, personal y directa. Así ha sido siempre, de maestros a alumnos... y así será eternamente.
Yo personalmente recuerdo bastante bien cuando todavía cursaba el tercer año del bachillerato. Ya había decidido estudiar medicina. En ese entonces, mi tío paterno, el doctor José Halabe Cherem, me enseñó, en su consultorio, a tomar la presión arterial con sus pacientes. Varias veces lo practiqué hasta que aprendí a reconocer los sonidos de Korotkoff con su estetoscopio y a visualizar el manómetro del baumanómetro para determinar muy precisamente la presión arterial de cada paciente, aprendiendo a utilizar mis sentidos. Eso jamás lo hubiera logrado la IA, por mencionar solo un ejemplo de lo que es la enseñanza.


