Finalmente se concertó el ataque armado contra Venezuela. Su dictador, Nicolás Maduro, y su esposa fueron sustraídos por fuerzas militares de élite y ahora se encuentran en detención. Lo que resulta evidente es el fracaso de la política y de la democracia. El chavismo fue derrotado en las urnas, se negó a reconocer la derrota y se mantuvo en el poder ante la condena y la impotencia de la comunidad internacional. A pesar del repudio ciudadano, Maduro logró sostenerse con el respaldo del ejército.
La historia de Venezuela en su tránsito por el populismo chavista es trágica. Una de las democracias más consolidadas del continente sucumbió ante un autoritarismo que condujo a la ruina de la nación y al colapso de su democracia. Como sucedió en México, el arribo del populismo ocurrió a partir de la crisis del régimen democrático, desacreditado por la corrupción y la incapacidad para responder a las expectativas de mayor equidad. El balance es desastroso en todos los sentidos. Es una lección que México deberá atender: el camino de la polarización no conduce a nada bueno, para nadie, salvo para un minúsculo grupo que usufructúa los bienes públicos.
El gobierno de Trump está herido de muerte, lo que lo vuelve propenso a acciones extremas para intentar recuperar terreno. La intervención en Venezuela está lejos de representarle un alivio sustantivo; sus problemas se asocian a la economía y al creciente rechazo popular derivado del desencanto con su gestión. Trump ha dejado de ser un factor de fortaleza en su coalición para convertirse en un elemento de debilidad, cuestionado en múltiples frentes, especialmente en el económico. Todo indica que perderá estrepitosamente en la elección intermedia, a diez meses de distancia, en la que se renueva la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Los analistas anticipan una sólida mayoría demócrata en la primera y la posible recuperación del Senado, aunque esto último es más difícil debido al perfil de los estados en disputa, mayoritariamente de fortaleza republicana. Trump podría ser objeto de un juicio de remoción presidencial.
En este contexto de deterioro del gobierno de Trump, cabe destacar que en los próximos meses la Corte podría emitir resoluciones que reviertan varios decretos ejecutivos, incluidos los aranceles, obligándolo a devolver lo recaudado por ese concepto. La declaración de emergencia, fundamento de tales acciones y razón para eludir la aprobación del Congreso, podría ser invalidada por el máximo tribunal.
México está obligado a condenar la acción militar contra Venezuela. El problema es que dicha condena difícilmente será entendida como una postura de respeto al derecho internacional y, en cambio, puede interpretarse como una reiteración de afinidad ideológica con el régimen chavista. Mucho valdría que la condena se acompañara de la exigencia de que asuma el poder el gobierno democráticamente electo en la pasada elección, con lo que se podría transitar hacia la normalidad democrática. El gobierno de México se encuentra entrampado y posiblemente se refugie en la retórica, sin mayor trascendencia, más allá de exigir la intervención de la ONU. México no debe perder de vista que en el gobierno de Estados Unidos se ha instalado la intolerancia y que los propios pecados del país —corrupción, criminalidad desbordada y tráfico de drogas— nos vuelven extremadamente vulnerables. Sin embargo, el miedo es la peor postura frente al abusivo y al agresor. Habrá que tejer fino; hoy adquiere especial relevancia la unidad nacional, un tema que no ha sido prioridad del gobierno.
Difícilmente la iniciativa militar de Estados Unidos concluirá con la sola detención de Maduro. Colombia aparece como un objetivo potencial, aunque las condiciones son radicalmente distintas, particularmente por la proximidad de comicios en los que el gobierno de Petro podría ser severamente castigado. El problema es que la democracia bajo la amenaza de la intervención militar o de sanciones económicas está lejos de resolver los problemas políticos de la región o de otorgar la legitimidad que suponen los procesos democráticos. La idea de “bukelizar” América Latina puede conducir al peor de los destinos. Las obsesiones del imperio pueden desestabilizar a la región. Son horas inciertas para Venezuela y para América también.
