Cualquiera sabe, al menos en México, que huevonería viene de huevón, palabra que a su vez tiene que ver con testículos tan grandes que vuelven perezoso, por el natural cansancio de cargarlos, a quien así los tiene.

Pasé hace rato por Plaza Fiesta San Agustín, en San Pedro, Nuevo León. Exactamente por la avenida Diego Rivera, donde estaba el magnífico Camino Real. Hoy es un hotel, a mi juicio, degradado desde que lo compró la cadena española Barceló.

Al menos diez coches entorpecían el tráfico —generaban contaminación y molestaban a otras personas— porque hacían fila afuera de un Starbucks.

La fila de automóviles no cabía en el espacio del establecimiento destinado al autoservicio —en San Pedro, mis paisanos tan excesivamente agringados de seguro utilizan la expresión drive-thru—.

Lo correcto, inclusive lo civilizatorio, habría sido que los y las automovilistas que no cabían dentro de los límites del Starbucks se retiraran a buscar otra cafetería o bien se estacionaran —el centro comercial Plaza Fiesta San Agustín tiene cientos y aun miles de cajones de estacionamiento—.

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Pero civilización no parece ser un concepto apreciado entre la clase alta nuevoleonesa. Así que la cola de coches invadía la calle y se comía completo un carril.

Sufrían, por el embotellamiento que eso provocaba, bastantes personas que no querían café, sino llegar a tiempo a sus trabajos o a sus casas.

Lo menos civilizatorio de todo el show eran los motores encendidos de los huevones que no son capaces de bajarse del coche ni para comprar un pinche café —por cierto, muy caro el de Starbucks—.

Todos los coches de la fila esperaban con los motores encendidos y, además, con el aire acondicionado a tope. ¿Vale tanto la pena un mamilón frappuccino —así, con nombre extranjero, mitad francés (frappé) y mitad italiano (cappuccino), inventado como marca registrada para vender a la pretenciosa sociedad de San Pedro un mísero café frío con azúcar— como para entorpecer el tráfico y contaminar al municipio todavía más de lo que ya está?

Ninguno de los huevones tuvo la decencia de estacionarse, bajarse y caminar veinte metros. Gente con poder económico —quedaba claro a juzgar por sus coches ostentosos— y, se supone, gente educada, no entiende que el espacio público no es la sala de espera de nadie.

No tengo nada contra Starbucks ni contra el café —excepto su precio elevado, excesivo de plano—. Sí tengo algo contra la idea, muy arraigada en San Pedro y en otros lugares fifís de México, de que la calle es una extensión gratuita de los predios o edificios privados.

Si un establecimiento no tiene espacio para una fila de coches, ese no es problema de la ciudad: es problema de su modelo de negocio.

San Pedro presume ser uno de los municipios más ricos de América Latina. También es uno de los más congestionados y más sucios.

Según cifras que he visto por ahí y que habría que precisar, en el municipio se realizan unos 620 mil viajes diarios, de los cuales alrededor de 400 mil corresponderían a personas que llegan de fuera a trabajar, estudiar o comprar.

Es un municipio pequeño, saturado. Así que cada carril bloqueado por la huevonería de no bajarse del coche para comprar un café es un exceso que San Pedro no debería tolerar.

Otras ciudades ya entendieron

Minneapolis, en Estados Unidos, el país que inventó la cultura del autoservicio, prohibió en 2019 la construcción de nuevos establecimientos con drive-thru, aunque permitió que siguieran operando los existentes. Lo hizo por el tráfico, por la contaminación de los motores encendidos y porque el autoservicio desalienta caminar, es decir, genera más huevonería. Otras ciudades de Estados Unidos y Canadá han adoptado o discutido restricciones similares.

No propongo prohibir el autoservicio a personas con discapacidad, adultos mayores y madres con niños pequeños; a ellas, excepcionalmente, podría tolerárseles inclusive que la fila invadiera la vía pública. Pero la gente perfectamente capaz de caminar debe bajarse del coche o pagar multas si obstruye la calle. Multas que comercios como Starbucks también deben pagar cada vez que eso suceda.

Supongo que ni San Pedro ni Starbucks serán capaces de un gesto civilizatorio tan elemental.