Un amigo me recordó la famosa frase atribuida a Leonard Bernstein: Odio a Wagner, pero lo odio de rodillas.

El director de orquesta estadounidense rechazaba a Richard Wagner por su ideología, pero ¿tenía el genio creador de Tristán e Isolda una postura ideológica única? En realidad, tuvo muchas. Fue un hombre extraordinariamente complejo, como el poeta Walt Whitman, otro icono de la cultura de EEUU: ¿Me estoy contradiciendo? / Muy bien, entonces me contradigo. / (Soy grande, contengo multitudes).

Wagner fue anarquista —apoyó una fracasada revolución junto a Mijaíl Bakunin—; monárquico: se entregó a Luis II de Baviera, el Rey Loco, para poder construir su maravilloso teatro en Bayreuth; socialista romántico, no en la lógica de Karl Marx; antisemita, lo más oscuro de su personalidad; nacionalista germánico, algo que, tristemente, fue usado por Hitler para darle forma teórica a su locura; pesimista, como Schopenhauer, y apasionado por Nietzsche para después ser su enemigo: dos genios tan contradictorios no podían amarse para siempre.

Wagner fue todo eso, pero, sobre todo, fue un genio de la música que, al igual que Whitman, contenía multitudes dentro de su amplísimo espíritu.

Bernstein se rendía ante el artista que transformó la música. Comenté la frase hoy muy temprano con un colega desmañanado como yo, y su conclusión fue certera: aunque sin grandeza artística, así reacciona la derecha conservadora de México —la de los medios, los partidos de oposición y las clases altas que en sus grupos de WhatsApp tanto critican a la 4T—. Son sectores que incluso anhelan una intervención de Estados Unidos en México, pero que caen de rodillas cuando elogia a la presidenta Claudia Sheinbaum alguien tan relevante como Meryl Streep —quien disputa con Greta Garbo el título de la actriz más importante en la historia de Hollywood; es lo que creo—.

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Streep afirmó que, con Sheinbaum en la presidencia, México ha superado a EEUU. No es la primera personalidad de talla global que se expresa así, ni será la última; antes lo hicieron, por mencionar solo dos ejemplos, Cristina Mittermeier y Jane Goodall, personalidades líderes en la defensa del medio ambiente.

Frente al peso cultural de la gran actriz, poco significa un reportaje de The Economist cargado de dogmatismo neoliberal; una visión tan elemental del mundo, la de esa revista británica, tan alejada de la extraordinaria complejidad intelectual de un Wagner o un Whitman.

Creo que, en el fondo, cuando el presidente Donald Trump se refiere a Sheinbaum —al mismo tiempo con aprecio genuino y bromas no del mejor gusto—, recurre a malos chistes para disimular su respeto. Trump, así, repite en relación a Claudia, a su manera, el gesto de Bernstein hacia Wagner: rechaza abiertamente que ella frene sus intenciones de influir en la política mexicana, pero es un rechazo imbuido de una profunda admiración. Porque, al final, la mandataria mexicana es la evidencia más clara de que, en el terreno político, México ha tomado la delantera frente a Estados Unidos. Tal como lo señaló Meryl Streep.