Primero, decir que las calumnias terminan fortaleciendo a las figuras que participan en los distintos poderes del Estado porque activan un efecto búmeran: la agresividad desmedida y coordinada —el nado sincronizado— de varios periodistas lanzando, al mismo tiempo, el mismo ataque es percibido por el pueblo, que no se deja engañar, como una injusticia, lo que convierte al funcionario afectado, en este caso a Hugo Aguilar Ortiz, presidente de la SCJN, en un símbolo de resistencia que vale la pena apoyar. La gente pensará que algo muy positivo habrá hecho para que lo agredan, tan vilmente, periodistas sin autoridad moral, que sabemos responden a intereses políticos y empresariales alejados del bienestar de la sociedad.

Segundo, recordar que, cuando ascendían en la estructura de la política mexicana, lo mismo ocurrió con la presidenta Claudia Sheinbaum y con el expresidente Andrés Manuel López Obrador, que llegaron a la presidencia debido a muchos factores, uno de ellos, la guerra sucia que sufrieron de parte de medios como Milenio y periodistas como Carlos Marín, Héctor Aguilar Camín y Joaquín López Dóriga. Tanto Sheinbaum como AMLO supieron utilizar los ataques más ruines como peldaños para demostrar temple y conectar emocionalmente con la mayoría de la sociedad que también se siente agraviada por los mismos grupos de poder.

Tercero, es éticamente condenable y estéticamente deplorable que hoy en Milenio, tres columnistas, los mencionados, digan lo mismo acerca de un incidente casi doméstico en el que se vio involucrado el presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. ¿Qué buscan ellos o el diario en el que escriben al intentar destruir una carrera limpia, ciento por ciento honesta como la de Aguilar Ortiz, solo porque no se dio cuenta de que, por simple educación, una colaboradora que accidentalmente manchó el zapato del ministro tuvo la decencia de agacharse para limpiarlo, una situación de la que el jurista apenas se dio cuenta porque, evidentemente, estaba distraído a la espera del inicio de un evento encabezado por la presidenta Sheinbaum?

La verdad de las cosas es que Hugo Aguilar Ortiz, ministro indígena de la corte suprema debe estar feliz porque la canallada mediática lo hará crecer. Estamos ante una aplicación práctica de la máxima filosófica de Nietzsche: ‘Lo que no nos mata, nos fortalece’.

Las calumnias vulgares de Milenio impulsarán a Aguilar Ortiz, si resiste, a ir, si se lo propone, todavía más arriba de donde ya ha llegado, y su cargo es el más alto en uno de los tres poderes del Estado.

Las columnas más leídas de hoy

La columna de Carlos Marín ha transformado un incidente menor en una crisis institucional, ya que habla de “causa grave para correr al ministro”, lo que es una locura que solo puede afirmar un porro del periodismo.

La columna de Héctor Aguilar Camín hace lo mismo, pero eleva el tono hacia lo moral: el incidente como una metáfora de la degradación de la 4T que él detesta.

La columna de Joaquín López Dóriga es, de las tres, la más agresiva porque ataca al ministro Aguilar en su persona y evidentemente recurre a argumentos clasistas para descalificarlo.

Los tres omiten el contexto para presentar la escena como un acto de servidumbre deliberada (‘estampa despreciable’). Pero los testimonios y el propio video demuestran que no fue así.

¡Fue un accidente! ¿Es tan difícil reconocerlo? Momentos antes, a la directora de Comunicación de la SCJN, Amanda Pérez, se le cayó café con nata y salpicó accidentalmente los zapatos del ministro Hugo Aguilar Ortiz. En el video se ve un intento espontáneo de la colaboradora por enmendar el descuido que ella misma provocó. No fue una orden del ministro, sino una reacción de auxilio ante un imprevisto, más que protocolario, una actitud educada, justo antes de entrar a un evento.

¿Indiferencia del presidente de la SCJN? Falso. En Milenio describen al ministro como un machuchón que observa con las manos en los bolsillos. No era arrogancia, sino sorpresa del ministro Aguilar Ortiz, quien aclaró que la acción, pues eso, lo sorprendió.

El video no miente: el ministro está distraído y, según su declaración —de la que no hay razones para dudar—, en cuanto se percató de lo que hacía su colaboradora, le pidió que se detuviera. Las manos en los bolsillos y la postura rígida suelen ser comunes en momentos de espera en un clima frío.

¿Causa grave? El punto más débil de las columnas de Milenio es la petición de destitución por causa grave. Un incidente de cinco segundos en el que un colaborador limpia una mancha accidental de café no constituye, bajo ningún estándar jurídico, ético, lógico o periodístico, una causa grave.

Las columnas de Milenio están cargadas de adjetivos miserables: ‘hijo de una tómbola’, ‘trepador’, ‘viñeta de una élite’, ‘elección fraudulenta (del poder judicial)’, ‘demagogia’, ‘andrajoso’.

Aguilar Camín admite que el ministro dio una explicación, pero la descarta tajantemente: ‘No es eso lo que vimos’. No es eso lo que vio él, porque sigue dañado por la pérdida de privilegios en los dos gobiernos de izquierda mexicanos.

Lo de Aguilar Camín es un sesgo de confirmación: él ya tenía una opinión negativa del ministro, de Sheinbaum y de toda la 4T, entonces utiliza la imagen para confirmar su prejuicio, ignorando cualquier dato que lo contradiga.

En el nado sincronizado, Aguilar Camín cita a López Dóriga para reforzar su propia conclusión falsa: ‘Lo más indignante en 57 años’.

Al decir que el ministro indígena debe ‘volver de donde vino, de donde nunca debieron sacarlo’, Aguilar Camín utiliza también un lenguaje que raya en el clasismo.

López Dóriga, por su parte, asegura con perversidad que el ministro ‘fiscalizaba’ y revisaba que los zapatos quedaran ‘relucientes’. Totalmente falso, esa es una interpretación muy baja, todavía más despreciable cuando afirma el columnista que a él su mamá sí lo enseñó a bolearse, calificando al ministro de ‘andrajoso y desaseado’.

Es notable cómo los tres columnistas (Marín, Camín y López Dóriga) coordinan una misma narrativa para hacer del calzado del presidente de la suprema corte, el símbolo de que falló la reforma judicial.

Así el nivel ético de nuestra comentocracia. Mañana analizaré otro caso igual de miserable: las críticas a la hija de Rosa Icela Rodríguez, secretaria de Gobernación. Se le calumnia solo por tener un empleo.