Anoche en Opus 94.5 FM escuchaba a alguien analizar el poema filosófico de Lucrecio, De la naturaleza de las cosas (De rerum natura). Me interesó el programa porque, en otros tiempos, leí bastante sobre tal obra, basada en la filosofía de Epicuro. Pensé que algunas de sus tesis me podrían servir para explicar la filosofía económica de la 4T.

El comentarista de la radiodifusora pública mencionó una frase de Epicuro: “nada surge de la nada”. En realidad, él hizo referencia a dos frases epicúreas que se complementan: “nada surge de la nada” y “nada vuelve a la nada”. De inmediato pensé que esto aplicaba al cobro de impuestos, en la 4T, a la gente inmensamente rica que, en los sexenios del PRI y del PAN, pagaba muy poquito y, para colmo, le devolvían sus contribuciones.

En el PRIAN, la riqueza de las familias potentadas era tratada por el gobierno como un don divino, sagrado e intocable. Al no cobrarles impuestos —o al devolverles lo poco que pagaban mediante la evasión legalizada—, se sostenía la premisa de que esa riqueza había surgido de la nada por puro mérito empresarial, sin intervención social.

La 4T, al aplicar tal principio de Lucrecio y Epicuro, reconoce que la riqueza acumulada no surge de la nada: proviene de la infraestructura pública, de la fuerza de trabajo de los mexicanos, de los recursos naturales propiedad del Estado y del consumo de la población, sobre todo la de menores ingresos. El cobro efectivo de impuestos a grandes contribuyentes no es un despojo, sino la devolución a México de una pequeña parte del patrimonio social que hizo posible esa riqueza.

Y, en efecto, nada vuelve a la nada. Cuando el Estado neoliberal devolvía impuestos a los grandes grupos empresariales o permitía la evasión, ese dinero no desaparecía mágicamente: simplemente se acumulaba en pocas manos en paraísos fiscales o se convertía en lujos improductivos —yates, mansiones, jets—.

Las columnas más leídas de hoy

Al eliminar las condonaciones y exigir el cobro a los sumos sacerdotes del neoliberalismo, la 4T asegura que el capital acumulado no se evapore en las listas de las personas más ricas del mundo. Es de risa loca que haya multimillonarios mexicanos que hoy pidan concursos mercantiles alegando insolvencia porque el Estado cometió el terrible pecado de obligarles a cumplir con sus impuestos; sí, pienso en Ricardo Salinas Pliego.

En resumidas cuentas, el dinero cobrado en impuestos se reincorpora al flujo de la sociedad que lo hizo posible, desde luego sin ignorar el mérito, significativo y digno de aplauso, del talento empresarial de quienes honestamente lo generaron con sus inversiones. La tributaria es riqueza que vuelve al Estado para convertirse en escuelas, carreteras, hospitales, becas y pensiones. Los recursos que antes se perdían en las cuentas de poca gente, ahora retornan a la base de la sociedad.

Hay otra tesis de Lucrecio y Epicuro que puede usarse para explicar la filosofía económica de la 4T: la abolición de los dioses como creadores, benefactores o jueces que condenan a la humanidad a severos castigos.

En alguna parte de su poema, Lucrecio celebraba la que me parece es la mayor hazaña intelectual de Epicuro: desafiar a la religio, entendida no como creencia en los dioses, sino como superstición.

Epicuro y Lucrecio no eran ateos. No negaban la existencia de ningún dios; negaban algo que puede lastimar mucho más a las personas creyentes: la intervención divina en los asuntos humanos.

Los dioses, para Epicuro y Lucrecio, no crean el mundo ni lo administran; no premian ni castigan; no mandan plagas ni otorgan prosperidad. Si acaso existen, viven en perfecta imperturbabilidad, ajenos a nosotros. Nos ignoran y deberíamos, si no ignorarlos, ya renunciar a la inútil tarea de convocarlos.

El universo, sostenía Epicuro, está compuesto de átomos en el vacío. No obedecen designios morales, sino causas naturales. Los rayos no son rabietas de Júpiter; los terremotos no son manotazos de Neptuno.

Los átomos se desvían y chocan. Y el choque, causado por el azar, rompe el determinismo y aparece la libertad. En un cosmos donde nada es creado ni dirigido por una voluntad suprema, la responsabilidad recae enteramente en las personas. Cada quien hará lo que le corresponda, lo que decida y lo que piense que sea su compromiso con la sociedad, y nadie nos salvará ni nos condenará.

Claro está, eliminar la superstición no destruye el mundo; lo devuelve a la razón, al conocimiento.

El miedo religioso ha llevado a atrocidades —Agamenón sacrificó a su hija Ifigenia para conseguir vientos favorables y llegar a Troya—, un pánico que hoy persiste bajo nuevas formas, incluso en sociedades modernas donde los dogmas luchan por convertirse en leyes. Es el caso de las clases conservadoras de distintos países, incluido México: utilizan dogmas religiosos para influir en las legislaciones civiles, restringir los derechos de las minorías sexuales, impedir el aborto o fomentar el odio hacia otros colectivos.

Hay idolatrías seculares. En México, el dios del mercado se instaló como verdad revelada desde hace 42 años con Miguel de la Madrid, se consolidó con Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, y continuó sin alteraciones con Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Sus sacerdotes fueron tecnócratas del ITAM: Gil Díaz, Aspe, Carstens, Videgaray, Meade. Predicaron que las leyes del mercado eran inmutables, y que desafiarlas iba a traer castigos infernales: inflación, fuga de capitales, desempleo, recesión.

Desde 2018, con Andrés Manuel López Obrador, y a partir del año pasado con Claudia Sheinbaum Pardo, comenzó una desacralización. No se abolió el mercado —Epicuro no abolía a los dioses—, pero se le negó su carácter divino.

La 4T ha destruido la economía dogmática del dios del mercado porque era una forma de superstición que mantenía al pueblo paralizado por el miedo a lo que podía pasar si se alteraban leyes sagradas, como aquella de la oferta y la demanda.

Durante décadas se nos enseñó que las leyes del mercado eran inmutables. Y, así, el miedo a romperlas generó muchísima riqueza para unas cuantas familias y demasiada pobreza para millones.

El pueblo, al votar en 2018, decidió que iba a dejar de espantarse por las anunciadas, pero nunca racionalmente justificadas, consecuencias apocalípticas que los tecnócratas vaticinaban si se desviaban de los dogmas.

Durante más de cuatro décadas, la política económica mexicana no se basó en la ciencia, sino en la teología: en una serie de premisas presentadas como verdades metafísicas. Pero, así como Epicuro enseñó que los rayos no son las flechas de Júpiter sino choques de la materia, los gobiernos de AMLO y Sheinbaum han probado que los desastres económicos verdaderos no eran castigos divinos, sino herramientas de control social y mecanismos para la concentración de la riqueza.

Decían: “Subir el salario mínimo atraerá la peste de la inflación y el desempleo”. Se nos pedía aceptar la miseria como condición de estabilidad macroeconómica. La 4T rompió el dogma: el salario mínimo ha registrado incrementos reales históricos, recuperando el poder adquisitivo perdido desde hace 40 años. El empleo formal ha alcanzado niveles récord y, si han aumentado los precios, en forma controlable, no se ha debido a la justicia laboral, sino a crisis globales (pandemia, guerras, política arancelaria de EEUU). La hiperinflación y las crisis del periodo neoliberal no existen más.

Decían: “La disciplina fiscal exige el sacrificio del pueblo”. Se predicaba que el bienestar social conducía al colapso. La 4T expandió pensiones y becas universales sin que las finanzas públicas se derrumbaran. Al contrario, son más sólidas gracias a que ahora sí se cobran impuestos a los más ricos. La estabilidad cambiaria evidencia que la inversión en las personas es el fundamento de la verdadera prosperidad.

Decían: “El Estado es ineficaz; solo lo privado es eficiente”. Se vendieron sectores estratégicos como un acto de fe. La 4T rescató a Pemex y a la CFE, y las cosas han mejorado.

Decían: “El mercado asigna los recursos mejor que cualquier mente humana”. La pandemia reveló, en todo el mundo, la inoperancia de la mano invisible de Adam Smith. Sin un Estado que coordinara la protección sanitaria y la reactivación económica, el dios del mercado habría agravado la tragedia.

Decían: “Cualquier palabra contra el credo neoliberal provocará fuga de capitales”. Con Sheinbaum la inversión extranjera ha alcanzado niveles récord. Los capitales no buscan ideología, sino rentabilidad y estabilidad, y en México abundan.

Decían: “La izquierda es caos económico”. La 4T ha respetado la autonomía del Banco de México y los tratados internacionales, lo que ha preservado la estabilidad.

La superstición del dios del mercado

Lucrecio y Epicuro sabían que la eliminación de la superstición no nos hace omnipotentes. La 4T no es infalible, pero observa la naturaleza de la sociedad tal cual es y actúa con racionalidad. Hay retos pendientes, como el crecimiento, que se ha complicado por el exceso de fanatismo de la clase empresarial enana que domina en muchos sectores. Habrá recuperación pronto, cuando se entienda —y se entenderá— que, por el bien de todos, primero los pobres.

Al haber desechado al dios del mercado, la economía con la 4T ha dejado de ser un altar de sacrificios humanos para convertirse en herramienta racional del bienestar social.