Escribo este sábado 28 de febrero en la noche, después de escuchar en Opus 94.5 FM a alguien hablar del célebre poema filosófico de Lucrecio De la naturaleza de las cosas (De rerum natura). Me interesó su comentario porque, en otros tiempos, leí bastante sobre tal obra, basada en la filosofía de Epicuro.
El analista de la radiodifusora de música clásica del gobierno hizo referencia a dos frases de Epicuro que se complementan: “nada surge de la nada” y “nada vuelve a la nada”. De inmediato pensé que esto podía servir para explicar la filosofía económica de la 4T, en particular el cobro justo de impuestos a la gente inmensamente rica que, en los sexenios del PRI y del PAN, pagaba muy poco y, para colmo, le devolvían sus contribuciones.
En el PRIAN, la riqueza de las familias potentadas era tratada por el gobierno como un don divino, sagrado e intocable. No cobrarles impuestos —o darles permiso para la evasión legalizada—, era algo que se sostenía en la premisa de que esa riqueza había surgido de la nada, por puro mérito empresarial, sin intervención social.
La 4T, al aplicar tal principio de Lucrecio y Epicuro, reconoce que la riqueza acumulada no surge de la nada: proviene de la infraestructura pública, de la fuerza de trabajo de los mexicanos, de los recursos naturales propiedad del Estado y del consumo de la población, sobre todo la de menores ingresos. Por lo tanto, el cobro efectivo de impuestos a los grandes contribuyentes no es un despojo, sino la devolución a México de una pequeña parte del patrimonio social que hizo posible esa riqueza.
Y, en efecto, nada vuelve a la nada. Cuando el Estado neoliberal devolvía impuestos a los grandes grupos empresariales o autorizaba la evasión, ese dinero no desaparecía por artes mágicas: simplemente se acumulaba en pocas manos, casi siempre en paraísos fiscales, o se convertía en lujos improductivos —yates, mansiones, jets—.
Al eliminar las condonaciones y exigir el cobro a los sumos sacerdotes del neoliberalismo, la 4T asegura que el capital acumulado no se evapore en las listas de las personas más ricas del mundo. Es de risa loca que existan multimillonarios mexicanos que hoy pidan concursos mercantiles alegando insolvencia porque el Estado cometió el terrible pecado de obligarles a cumplir con sus impuestos; sí, pienso en Ricardo Salinas Pliego.
En resumidas cuentas, con la 4T el dinero cobrado en impuestos se reincorpora al flujo de la sociedad que lo hizo posible, desde luego sin ignorar el mérito, significativo y digno de aplauso, del talento empresarial de quienes honestamente lo generaron con sus inversiones. Los ingresos tributarios son riqueza que vuelve al Estado para convertirse en escuelas, carreteras, hospitales, becas y pensiones. Son recursos que antes se perdían en las cuentas bancarias de poca gente y que, ahora mismo, retornan a la base de la sociedad.
Hay otra tesis de Lucrecio y Epicuro que puede usarse para entender la filosofía económica de la 4T: la abolición de los dioses como creadores, benefactores o jueces que condenan a la humanidad a severos castigos.
En alguna parte de su poema, Lucrecio celebra la que me parece es la mayor hazaña intelectual de Epicuro: desafiar a la religio, entendida no como creencia personal en dioses, sino como superstición.
Epicuro y Lucrecio no eran ateos. No negaban la existencia de ningún dios; negaban algo que puede lastimar mucho más a las personas creyentes: ellos consideraban de plano irreal la intervención divina en los asuntos humanos.
Los dioses, para Epicuro y Lucrecio, no crean el mundo ni lo administran; no premian ni castigan; no mandan plagas ni otorgan prosperidad. Si acaso existen, viven en perfecta imperturbabilidad, ajenos a nosotros. Nos ignoran y deberíamos, si no ignorarlos, renunciar a la inútil tarea de convocarlos para que solucionen nuestros problemas.
El universo, sostenía Epicuro, está compuesto de átomos en el vacío. No obedecen designios morales, sino causas naturales. Los rayos no son rabietas de Júpiter; los terremotos no son manotazos de Neptuno.
Los átomos se desvían y chocan. Y el choque, causado por el azar, rompe el determinismo y aparece la libertad. En un cosmos donde nada es creado ni dirigido por una voluntad suprema, la responsabilidad recae enteramente en las personas. Cada quien hace lo que le corresponde, lo que decide y lo que piensa es su compromiso con la sociedad, y nadie nos salvará ni nos condenará.
Claro está, eliminar la superstición no destruye el mundo, sino que lo hace comprensible a los ojos de la razón, del conocimiento objetivo.
El miedo religioso ha llevado a atrocidades —Agamenón sacrificó a su hija Ifigenia para conseguir vientos favorables y llegar a Troya—, un pánico que hoy persiste bajo nuevas formas, incluso en sociedades avanzadas donde los dogmas luchan por convertirse en leyes absurdas. Es el caso de las clases conservadoras de distintos países, incluido México: utilizan dogmas religiosos, cristianos, musulmanes o judíos, para influir en las legislaciones civiles, restringir los derechos de las minorías sexuales, impedir el aborto o fomentar el odio hacia otros colectivos.
Hay idolatrías seculares. En México, el dios del mercado se instaló como verdad revelada desde hace 42 años, en el sexenio de Miguel de la Madrid, cuando se sembró la semilla de lo que es el PRIAN. Nació una religión económica que se consolidó con Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, y continuó sin alteraciones con Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Sus sacerdotes fueron tecnócratas del ITAM: Gil Díaz, Aspe, Carstens, Videgaray, Meade. Predicaron que las leyes del mercado eran inmutables, y que desafiarlas iba a traer castigos infernales: inflación, fuga de capitales, desempleo, recesión. Fui uno de los muchos fanáticos de ese culto, pero me liberó el trato con tanta gente de la 4T.
Desde 2018, con Andrés Manuel López Obrador, y a partir de octubre de 2024 con Claudia Sheinbaum Pardo, comenzó una desacralización. No se abolió el mercado —Epicuro no abolía a los dioses—, pero se le negó su carácter divino.
La 4T ha destruido la economía dogmática del dios del mercado porque era una forma de superstición que mantenía al pueblo paralizado por el miedo a lo que podía pasar si se alteraban leyes sagradas, como aquella de la oferta y la demanda.
Durante décadas se nos enseñó que las leyes del mercado eran inmutables. Y, así, el miedo a romperlas generó muchísima riqueza para unas cuantas familias y demasiada pobreza para millones.
El pueblo, al votar en dos elecciones presidenciales consecutivas, las de 2018 y 2024, decidió que iba a dejar de espantarse por las anunciadas, pero nunca racionalmente justificadas, consecuencias apocalípticas que los tecnócratas vaticinaban si se desviaban de los dogmas.
Durante más de cuatro décadas, la política económica mexicana no se basó en la ciencia, sino en la teología: en una serie de premisas presentadas como verdades metafísicas. Pero, así como Epicuro enseñó que los rayos no son las flechas de Júpiter sino choques de la materia, los gobiernos de AMLO y Sheinbaum han probado que los desastres económicos verdaderos no eran castigos divinos, sino herramientas de control social y mecanismos para la concentración de la riqueza.
Decían: “Subir el salario mínimo atraerá la peste de la inflación y el desempleo”. Se nos pedía aceptar la miseria como condición de estabilidad macroeconómica. La 4T rompió el dogma: el salario mínimo ha registrado incrementos reales históricos, recuperando el poder adquisitivo perdido desde hace 40 años. El empleo formal ha alcanzado niveles récord y, si han aumentado los precios, por cierto en magnitudes muy controlables, no se ha debido a la justicia laboral, sino a crisis globales (pandemia, guerras, política arancelaria de EEUU). La hiperinflación y las crisis del periodo neoliberal no existen más.
Exigían: “La disciplina fiscal debe darse a pesar del sacrificio del pueblo”. Se predicaba que el bienestar social conducía al colapso. La 4T expandió pensiones y becas universales sin que las finanzas públicas se derrumbaran. Al contrario, son más sólidas gracias a que ahora sí se cobran impuestos a los más ricos. La estabilidad cambiaria evidencia que la inversión en las personas es el fundamento de la verdadera prosperidad.
Proclamaban: “El Estado es ineficaz; solo lo privado es eficiente”. Se vendieron sectores estratégicos como un acto de fe. Pero la 4T rescató a Pemex y a la CFE, y las cosas han mejorado.
Decretaban: “El mercado asigna los recursos mejor que cualquier mente humana”. La pandemia reveló, en todo el mundo, la inoperancia de la mano invisible de Adam Smith. Sin un Estado que coordinara la protección sanitaria y la reactivación económica, el dios del mercado habría agravado la tragedia.
Advertían: “Cualquier palabra contra el credo neoliberal provocará fuga de capitales”. Era falso. Con Sheinbaum la inversión extranjera ha alcanzado niveles récord. Los capitales no buscan ideología, sino rentabilidad y estabilidad, y en México abundan.
Gritaban: “¡La izquierda es caos económico!”. No ha ocurrido porque la 4T ha respetado la autonomía del Banco de México y los tratados internacionales, lo que ha preservado la estabilidad.
La superstición del dios del mercado
Lucrecio y Epicuro sabían que la eliminación de la superstición no nos hace omnipotentes. La 4T no es infalible, pero observa la naturaleza de la sociedad tal cual es y actúa con racionalidad. Hay retos pendientes, como el crecimiento, que se ha complicado por el exceso de fanatismo de esa clase empresarial enana que domina en muchos sectores. Habrá recuperación, pronto, cuando se entienda en definitiva —y así sucederá— que, por el bien de todos, primero los pobres.
Al haber desechado al dios del mercado, la economía con la 4T ha dejado de ser un altar de sacrificios humanos para convertirse en herramienta racional del bienestar social.



