La historia de los enemas de humo de tabaco es tan fascinante como de risa loca. En el siglo XVIII, lo que hoy suena a broma escatológica era considerado tecnología médica de punta.
Se trató de una genial invención del doctor británico Richard Mead (1673-1754), pionero de la salud pública, quien recomendó el humo de tabaco vía rectal para tratar el ahogamiento.
Su idea fue respaldada con entusiasmo por la Royal Humane Society —fundada en 1774 para la recuperación de personas aparentemente ahogadas—, institución que sentó las bases de los primeros auxilios modernos. Si hoy vemos desfibriladores y botiquines de epinefrina en lugares públicos, como los aeropuertos, se lo debemos a los herederos de esa sociedad.
Hoy parece una vulgaridad decir que a las personas ahogadas se les insuflaba humo de tabaco por el culo para intentar rescatarlas de la muerte. Sin embargo, en el Londres del siglo XVIII, este procedimiento representaba la vanguardia en materia de reanimación.
Se llegó a creer firmemente que el humo del tabaco, introducido por vía rectal, era la cura milagrosa para el ahogamiento. Con esa convicción la Royal Humane Society instaló a lo largo del río Támesis kits de reanimación equipados con lo que entonces se consideraba una tecnología médica de vanguardia.
El equipo consistía en una estrafalaria combinación de un fuelle de cuero, una pipa de fumar y un tubo rectal. La teoría era que el calor del humo, introducido por esa vía, lograría reanimar los intestinos, el corazón y los pulmones de quien hubiera tenido la desgracia de ahogarse en el famoso río londinense.
En circunstancias extremas, ante la falta de un fuelle mecánico, los médicos recurrían a una pipa común y corriente..., lo que provocaba accidentes sencillamente repugnantes: si el rescatista inhalaba accidentalmente en lugar de soplar, terminaba con materia fecal en la boca.
Fue en 1811 cuando otro científico inglés, Benjamin Brodie, demostró que la nicotina era, en realidad, un veneno fulminante para el sistema circulatorio. Con ese hallazgo, afortunadamente la práctica de los enemas de humo fue finalmente erradicada.
Eso sí, aquella tecnología heredó un refrán: ‘blowing smoke up someone’s arse’. Aunque su traducción literal es ‘soplar humo por el trasero de alguien’, su sentido figurado en español equivale a ‘vender humo’, ‘dorar la píldora’ o ‘engañar con falsas expectativas’.
El remedio maravilloso utilizado para intentar reanimar ahogados —que en realidad estaban bien muertos— sirve perfectamente para diseccionar al Partido Verde y al Partido del Trabajo. Para supuestamente fortalecerse, ambos se aplican, en forma recíproca, enemas de humo político bajo el discurso de que son demócratas y guardianes del sufragio efectivo.
Pero al Verde y al PT ya nadie les cree. Su insuflación mutua los ha terminado por intoxicar; en su cinismo, lo que realmente ha ocurrido es que ambos partidos han aspirado las heces del otro. El resultado es una infección de desprestigio mucho más profunda de la que ya padecían antes de atreverse a regatear la reforma electoral.
En su intento por sobrevivir a un cambio legislativo tan importante —que tristemente tienen el poder de obstaculizar— han recurrido al viejo truco de soplarse el humo de la demagogia: el Verde al culo del PT y viceversa. No parecen darse cuenta de que el mismo método con el que intentan mantenerse vivos es, en realidad, el que los está matando.
Si apoyaran la reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum, el nuevo sistema los ubicaría en su verdadera realidad: una pobre votación y escasas posiciones de poder, lo que a mediano plazo los conduciría a la extinción. Con un modelo de elecciones más económico y justo, el PT y el Verde se quedarían sin el respirador artificial que los ha mantenido inflados.
Si, por el contrario, rechazan la reforma de Sheinbaum, al Verde y al PT les iría todavía peor: entrarían en una hoguera que reduciría a cenizas el poco capital moral que han logrado retener bajo la sombra de Morena. Quedarían exhibidos como lo que verdaderamente son: organismos parásitos que alquilan su lealtad al mejor postor y que cambian de amo según convenga a las finanzas de sus dirigencias. Su único activo electoral es la cercanía con la 4T; si traicionan la reforma, se quedarán al margen del relato ético de la presidenta de México y del movimiento.
Lo cierto es que no pueden coexistir el humo tóxico de las viejas mañas —representado por el PVEM y el PT— y el oxígeno de una democracia real, sin favoritismos para los dueños de los partidos.
La reforma electoral de la presidenta Sheinbaum es oxígeno prístino para nuestro sistema político, y no admite impurezas. En el momento en que entra el aire limpio, el humo de la corrupción no tiene más remedio que ser expulsado. Y así está ocurriendo con los partidos parásitos en los que ya nadie en la 4T debe confiar.


