La primavera de 2026 se llevó a una de las personalidades más importantes en el mundo de la abogacía, a don Fausto Rico Álvarez, quien fue notario público y catedrático. Sus libros inmortalizaron el entendimiento crítico del derecho que solía expresar en sus clases. Tuve el honor de ser su alumna en clases de derecho civil y familia.

Cuando el maestro Fausto Rico hablaba del Código Civil de 1928, vigente en la Ciudad de México o Distrito Federal hasta antes del 2012, en aquel entonces solía criticar con sarcasmo y bromas el testamento marítimo. Lejos del contexto necesario acerca de que ese Código se trataba de una copia exacta del Código Civil Federal, en el apartado de testamento marítimo siempre contaba una anécdota para probar lo absurdo de aquellas disposiciones aplicadas a la capital, que, además de no contar con costa ni con mar, no ha tenido situaciones extremas de altamar que obliguen a alguien a dictar un testamento en esos términos.

Su anécdota al absurdo, siempre observando la ligereza con la que el legislador dictaba normas sin entender el derecho, consistía en sugerir a los alumnos imaginarse a una persona en las trajineras de Xochimilco, dispuesto a dictar un testamento marítimo por ser el único cuerpo de agua en la Ciudad, que ni siquiera es mar, pero que sería lo más cercano para que aquellas disposiciones tuvieran algo de sentido, y que, al llegar el momento de disponer de sus bienes, se hiciera acompañar de mariachis. Llegadas las autoridades del “navío”, ante ausencia de capitán, al decirle que ahí era lago y no mar el que quería hacer su testamento entonces pediría decepcionado a los mariachis: “bueno pues entonces tócame la cucaracha”. Todos los alumnos moríamos de risa, no solo por la anécdota, sino porque jamás imaginarías a un jurista mayor, respetado, sabio, elegante, vistiendo traje impecable, corbata y lentes; siempre recatado y en un estilo ecuánime y solemne, dictando cátedra, haciendo ese chiste. Nuestras risas eran ahogadas, las aulas repletas de abogados suelen caracterizarse por rostros que no se inmutan.

Fausto Rico, además de ser un gran jurista y un gran profesor, fue una gran persona. Profundamente consciente de la educación como el único poder que mejora a las sociedades y transforma vidas, otorgó becas a través de su fundación para que quienes no pudieran costearse la carrera, tuvieran apoyo y lograran concluir sus estudios.

Quizá por eso, cuando pienso en su legado, no lo veo únicamente en los anaqueles donde reposan sus libros en las bibliotecas más importantes de México, algunos cuidadosamente subrayados por generaciones de estudiantes, sino en esa rara alquimia que lograba en el aula: convertir la aridez de la norma en una materia viva, palpitante, capaz de interpelarnos y conectada a otro tanto de disposiciones que nos hicieron desarrollar el pensamiento sistémico del derecho, ese que lejos de ser legalista nos hace pensar a los sistemas jurídicos como bordes interconectados que van delimitando las relaciones humanas dentro de nuestro territorio.

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El maestro Fausto Rico Álvarez no fue solamente un notario que ejerció con rigor entre 1964 y 2015 como titular de la Notaría Núm. 6 de la Ciudad de México; fue, en un sentido más hondo, un artesano del derecho pues bien, ante los legisladores que solían aprobar disposiciones contradictorias a veces, desde la doctrina y su ejercicio notarial iba formando generaciones de abogadas y abogados que no tengo la menor duda, hoy hacen de este país un lugar mejor y resisten los embates contra el Estado de derecho. De esos que entienden que la ley no es un monumento inmóvil, sino una conversación antigua que cada generación debe aprender a escuchar y, con cuidado, a continuar. Una que vale la pena cuidar.

Su paso por las aulas dejó huellas que no se borran con el tiempo. Rector de la Escuela Libre de Derecho entre 1990 y 1993, profesor emérito de la misma, y también catedrático en la Universidad Panamericana y en La Salle, su vocación docente no conoció fronteras institucionales. Enseñaba como quien comparte un mapa, pero también como quien advierte que ningún mapa sustituye el viaje. Su principal legado, sin duda, creo que serán los viajeros a los que formó y que lo traemos a la vida al mirar reformas y nuevos Códigos como él lo haría.

En sus libros, Relaciones jurídicas familiares, Familia al amparo del Código Civil para la Ciudad de México, Introducción al estudio del Derecho Civil y personas, Tratado teórico-práctico de derecho de obligaciones, dejó más que doctrina…, dejó claves para comprender la norma y la forma en que ellas delinean sociedades y generaciones enteras con preguntas que que obligan a pensar, que rompen la tentación de repetir sin comprender y que hoy sirven de tamiz para valorar nuevas disposiciones contenidas en el Código Nacional de Procedimientos Civiles y Familiares. Creo que eso es lo que hace a un jurista trascender, el hecho de que aun con los cambios de la ley, las estructuras mentales y los antecedentes de las instituciones del derecho mantengan vigencia a la luz de aquello que se ha modificado.

Y, sin embargo, su enseñanza más luminosa no estaba únicamente en lo que decía, sino en lo que hacía. Su fundación, silenciosa y constante, abrió caminos para quienes creían no tenerlos. Porque entendía, con esa claridad que solo tienen los espíritus generosos, que la educación no es un privilegio, sino una forma de justicia. A través de su fundación otorgó becas para que personas de escasos recursos pudieran concluir sus estudios y formó generaciones de notarios públicos destacados, incorruptibles y sabios del derecho.

Hoy, mientras su ausencia se vuelve una certeza difícil de nombrar, queda su presencia dispersa en cientos de aulas, en miles de páginas, en incontables memorias. Queda en ese gesto suyo, mitad ironía, mitad ternura, de recordarnos que incluso el derecho, tan solemne, tan rígido, puede, de pronto, subirse a una trajinera y pedirle a los mariachis que toquen La cucaracha. Dicen abogados mayores que a mi generación le tocó una etapa de Fausto Rico bastante más tranquila que a ellos, cuando su severidad era garantía de excelencia. No lo sé. Pero tal vez ahí, en ese instante improbable, está la clave de su legado: enseñarnos que el conocimiento sin humanidad se vuelve estéril y que la inteligencia, para ser verdaderamente fecunda, necesita también saber reír.

Nos entristece su partida, sí. Pero hay ausencias que no son un vacío, sino una forma distinta de permanecer. Don Fausto Rico Álvarez no se ha ido del todo. Habita, con discreción y firmeza, en cada jurista que se atreve a pensar, en cada alumno que descubre que el derecho puede ser también una forma de imaginación, de traducir al legislador y en cada acto de generosidad que decide abrirle camino a otro. Así hay vidas que no terminan, que se convierten en enseñanza y se mantienen por su legado en la memoria de todos los que pasamos por su aula o alguna vez, escuchamos de él. Descanse en paz.