(Era un viaje familiar para celebrar el cumpleaños de su hija. La guerra lo transformó en una carrera contra la incertidumbre. Kiu Ji Park Kim, mujer mexicana de ascendencia coreana y corazón regio, relata en primera persona cómo es vivir, en Israel, entre refugios antiaéreos, el apoyo vital del servicio diplomático mexicano y la difícil travesía para poner a salvo a su familia en medio del conflicto en Medio Oriente. Esta es su crónica).
Bajo las sirenas. Crónica de una madre mexicana atrapada en Israel.
Por Kiu Ji Park
La primera vez que escuché las sirenas pensé que estaba en una película. Era de madrugada. La casa estaba en silencio y mis hijas dormían.
—Al sótano —dijo mi esposo.
Él tomó a nuestra hija menor en brazos, yo a la mayor, y bajamos las escaleras. El sótano no era un lugar cualquiera; tenía habitaciones, baño, cocina y una pequeña sala con televisión. Estaba preparado como refugio. Allí nos sentamos todos mientras las alertas comenzaban a llegar a nuestros teléfonos.
Para ellos, las sirenas eran parte de una realidad conocida. Para mí, era la primera vez. Mi nombre es Kiu Ji Park Kim; soy orgullosamente mexicana de nacimiento y tengo ascendencia coreana. Mis amigos dicen que soy más mexicana que el mole, pese a que crecí en un hogar coreano tradicional. Mi formación ha sido en México, mis amigos son mexicanos y mis clientes son coreanos por mi dominio del idioma. Tengo dos hermosas hijas regiomontanas y, la verdad, yo también me siento regia.
Habíamos llegado a Israel apenas unos días antes. El motivo del viaje era sencillo y feliz: celebrar el primer cumpleaños de nuestra hija Hana junto a la familia de mi esposo. Él, israelí, estaba entusiasmado por presentarnos con los suyos, especialmente a su primogénita.
El 20 de febrero aterrizamos con esa ilusión. Nos recibieron con una gran reunión familiar: abrazos, comida casera, conversaciones en hebreo y mi cuñada traduciendo al inglés. Había una calidez que hacía sentir que el tiempo se detenía. Durante esos días conocí a tíos, primos y sobrinos. Mis hijas corrían entre ellos como si siempre hubieran pertenecido ahí. Hasta que, en la madrugada del 28 de febrero, las sirenas rompieron la paz.
La primera noche casi no dormí. No podía. Cada cierto tiempo mi teléfono vibraba con mensajes que advertían sobre posibles ataques. El texto siempre era el mismo: debíamos permanecer cerca de un refugio y entrar en él inmediatamente al escuchar la alarma. Mis suegros seguían las noticias para avisarnos exactamente a qué área se dirigía el peligro.
Intentaba entender lo que pasaba leyendo prensa en inglés, porque no hablo hebreo. La televisión estaba encendida constantemente, pero el idioma me dejaba fuera de la conversación. La palabra que más se repetía en mi mente era incertidumbre.
Una noche, un estruendo sacudió la casa. Mi hija mayor despertó asustada.
—¿Qué fue eso? —preguntó.
La abracé con fuerza.
—Nada, mi amor. Estamos seguras en el sótano.
Intenté que mi voz sonara tranquila, aunque por dentro yo también estaba temblando. En los días que siguieron, la vida adoptó un ritmo diferente. Afuera había tensión y alertas; adentro, la familia intentaba mantener una apariencia de normalidad. Mi suegra cocinaba todos los días: grandes banquetes, platos tradicionales, pan recién hecho. La mesa parecía lista para una celebración constante, como si cada comida fuera una pequeña fiesta de Shabat.
Con el tiempo entendí que esa era su manera de protegernos: cuidar a la familia a través de la comida. Mientras tanto, yo buscaba qué hacer. Decidí llamar a la Embajada de México en Israel; esperé a que fuera día hábil, pues no imaginé que, por la emergencia, atendieran en fin de semana.
Del otro lado de la línea respondió un mexicano. Escuchar mi idioma en ese momento fue un alivio inesperado. Me pidieron mis datos, me recomendaron aplicaciones oficiales y prometieron estar pendientes. Cuatro horas después me llamaron de la sección consular para saber cómo seguía. Ya no quise colgar; empecé a desahogarme con el encargado. En los días siguientes volvieron a buscarme para preguntarnos cómo estábamos. Esa conversación fue más que un trámite; fue sentir que, a miles de kilómetros, no estaba sola.
Intentábamos que las niñas siguieran siendo niñas. La casa de mis suegros estaba rodeada de naturaleza: caballos, conejos, gallinas y dos chivitos recién nacidos. Ellas pasaban horas observándolos y riendo. Incluso coincidimos con la festividad de Purim, cuando el moshav se llenó de disfraces y música. Era una escena extraña: celebración en medio de la guerra.
Una tarde salimos a caminar por la playa. Nos sentamos en un restaurante y pedimos una cerveza. Justo cuando levantábamos el vaso, sonó la sirena. En segundos, todos se movieron hacia el refugio del lugar. Bajamos a un sótano subterráneo y esperamos hasta que llegó la notificación al celular: el ataque había terminado. Entonces, todos volvieron a subir como si nada. Esa escena resumía todo: una vida que continuaba, pero siempre interrumpida por el peligro.
Pronto entendimos que debíamos salir; necesitábamos volver a nuestro hogar y a nuestra vida. Los vuelos desde Tel Aviv eran inciertos. Tras varias gestiones, apareció una opción: cruzar a Jordania y volar desde allí. Ya había pedido el reembolso a Iberia un día antes, así que volví a llamar y la ejecutiva me apoyó para gestionar la modificación y salir por Amán.
Organizar la salida fue un proceso complejo. Llamé al embajador de México en Israel. Aunque habíamos evaluado salir vía ferry por Chipre, le solicité apoyo logístico para cruzar hacia Jordania. Era crucial para mí sentir la protección de mi México, especialmente viajando con mi esposo israelí y mis hijas. Quería minimizar cualquier riesgo.
Fueron días de llamadas constantes y coordinación. Incluso mi amigo de la carrera y mi mejor amiga —mi hermana mayor— estuvieron involucrados desde lejos para que el plan funcionara. El día de la partida nos despedimos de la familia muy temprano. Durante el camino a la frontera, recibimos otra alerta. Sentí el corazón acelerarse, pero al mirar a mis hijas durmiendo tranquilas en sus asientos, logré calmarme.
El cruce fue largo. Llegamos a un paso equivocado y tuvimos que conducir una hora más hacia otro punto. El personal de la Embajada de México en Jordania tuvo que desplazarse para encontrarnos. Finalmente, en la frontera correcta, cruzamos caminando con maletas, carriola y dos niñas pequeñas. En migración los trámites se demoraron; no entendía el idioma y solo observaba cómo revisaban los documentos. La presencia de la representación mexicana fue vital: firmaron como responsables y certificaron que solo estábamos de paso hacia México.
Nos dieron las visas y recuperamos los pasaportes. Habíamos entrado a Jordania. Tras dos horas de camino llegamos al hotel. Pasamos la noche como pudimos; la ansiedad por el vuelo no me dejaba descansar. Al día siguiente, a las siete de la mañana, volvieron por nosotros para llevarnos al aeropuerto.
Al llegar a los filtros de seguridad, surgió otro obstáculo: no liberaban nuestras maletas documentadas. La persona de la Embajada y mi esposo se quedaron resolviendo, mientras yo me adelanté con las niñas al check-in. Ahí, el sistema de la aerolínea no permitía procesar nuestro abordaje. No me daban razones, solo me mandaban a oficinas. Cuando mi esposo y el apoyo de la Embajada llegaron con las maletas, pedí que hablaran en árabe para agilizar el proceso. Lo lograron, pero la ejecutiva se negaba a finalizarlo alegando que debía verificar la residencia permanente de mi esposo en México.
Fueron minutos tensos. No era coherente que cuestionaran un documento oficial mexicano por un supuesto dígito faltante. Llamé a la cónsul para solicitar ayuda y finalmente se procesó. Tras varias revisiones, recibimos los pases de abordar. Destino: Madrid.
Cuando el avión despegó, sentí algo que no había tenido en días: silencio. Ya no había sirenas ni alertas. Solo el rugido constante de los motores atravesando el cielo. No podía creer lo que habíamos vivido ni lo que había contenido internamente para mantener la calma frente a mis suegros y cuñados.
De Madrid volamos a Ciudad de México y finalmente a Monterrey. Al aterrizar, pensé en todos los que hicieron posible nuestro regreso: funcionarios, amigos y familiares. Pero también en la familia que nos protegió en Israel. Porque incluso bajo las sirenas, nunca dejaron de cuidarnos.
Hoy entiendo que en los momentos más oscuros, la humanidad siempre encuentra formas de sostenerse. Gracias, Embajada de México en Israel. Gracias, Embajada de México en Jordania. Gracias, canciller Juan Ramón de la Fuente, por estar atento a nosotros desde la Secretaría de Relaciones Exteriores. Gracias a la presidenta Claudia Sheinbaum, de quien depende este servicio diplomático. Gracias, Chops y David. Gracias por ayudarnos a salir del conflicto. Gracias a todos por sus oraciones. Pudimos volver a casa.


