Resulta absurdo dudar de Guadalajara como sede para el Mundial de futbol a partir de un operativo de seguridad que, además de exitoso, contribuirá sustancialmente a disminuir la violencia en lugar de incrementarla.
Es tan absurdo como pedir a turistas de Europa, América y Asia que eviten vacacionar en el país de Gianni Infantino, Suiza, con el argumento de que “la nieve helvética se incendia y calcina jóvenes”, burlándose así del brutal incendio de Año Nuevo en la estación de esquí de Crans-Montana que dejó 41 personas muertas y 115 gravemente heridas.
Ese es el nivel de despropósito que enfrenta México cuando se cuestiona a Guadalajara como sede mundialista. Resulta profundamente insultante que un operativo triunfante y necesario de las fuerzas armadas en Jalisco —en el que cayó Nemesio el Mencho Oseguera— sea utilizado como pretexto para poner en duda la capacidad de la capital jalisciense para organizar partidos de la Copa del Mundo de la FIFA 2026.
Es insultante, y muy poco ético, siquiera plantear la posibilidad de castigar la eficacia institucional de un gobierno decidido a combatir la violencia, como el de Claudia Sheinbaum, con estigmas que no se aplican a naciones europeas, asiáticas o al país más grande de Norteamérica, donde, por supuesto, también ocurren —como en todas partes— hechos lamentables y terribles, pero nunca se utilizan para descalificar su soberanía ni su capacidad de organización de eventos globales. ¿Le queda claro, señor Infantino?
Los verdes y los del PT desleales a Julio César
Los libros de aeropuerto no son necesariamente malos. Más allá de su calidad, su ligereza y agilidad los convierten en compañeros perfectos para vuelos de larga distancia. ¿Entran en esta categoría las novelas de Santiago Posteguillo sobre Roma?
Aunque su documentación histórica es impecable, priorizan la sangre derramada en las batallas y las intrigas del Senado para cautivar al lector. Ese equilibrio entre rigor y espectáculo las vuelve ideales para soportar el demasiado tiempo que se pasa con el coxis aplastado contra el asiento; ya sea en la cabina turista, en la sección ejecutiva o incluso en la carísima primera clase, que pese a la amplitud de sus butacas también termina lastimando la rabadilla.
Hace un mes, más o menos, compré en un aeropuerto la obra de Posteguillo, Los tres mundos. La conquista de las Galias por Julio César.
El pasado domingo, mientras leía la nota principal del diario Reforma, “Apuestan en Morena a ir solos en reforma”, recordé a un personaje secundario de la novela de Posteguillo: un aliado desleal —prácticamente un traidor— que Julio César supo utilizar en sus grandes batallas hasta que se deshizo de él.
No soy experto en Roma. De Julio César apenas conozco lo más básico de su biografía. En la novela de Posteguillo leí por primera vez el nombre de Dúmnorix. Como hoy miércoles 25 de febrero ni siquiera lo recordaba, recurrí a la inteligencia artificial para identificar al intrigante. Pedí a ChatGPT y a Gemini contar lo que César hizo con Dúmnorix: cómo lo usó y cómo lo desechó.
“Dúmnorix fue un aristócrata de los eduos en la Galia del siglo I a. C. Pertenecía a una de las tribus que Roma consideraba aliadas. Su hermano, Diviciaco, era abiertamente prorromano; Dúmnorix, en cambio, jugaba a dos bandas”.
“Aliado desleal y oportunista, formalmente estaba del lado de Roma, pero fomentaba resistencias contra la dominación romana. César lo presenta en sus Comentarios sobre la guerra de las Galias como un hombre ambicioso, manipulador y peligroso”.
“César lo describe como alguien que intrigaba contra Roma y mantenía contactos con enemigos galos. El procónsul lo veía como un foco de inestabilidad en sus legiones. Sin embargo, entendía su influencia entre los galos y sabía que actuar precipitadamente podía provocar una rebelión mayor”.
César trató a Dúmnorix con pragmatismo: “Aunque descubrió sus intrigas, mantener a Dúmnorix bajo vigilancia era más útil que convertirlo en mártir. Mientras le convenía, César toleró su ambigüedad: necesitaba el equilibrio político dentro de la élite gala”.
¿Cómo se deshizo Julio César de Dúmnorix? “En el 54 a. C., cuando César preparaba una expedición a Britania, Dúmnorix intentó desertar y escapar del campamento romano. Para César, eso ya no era simple ambigüedad: era insubordinación. Ordenó perseguirlo y fue ejecutado por la caballería romana”.
En síntesis, “para César, Dúmnorix fue un aliado incómodo, útil mientras estuvo controlado y prescindible cuando dejó de serlo. Fue lo típico del método cesariano: paciencia estratégica, cálculo político y eliminación rápida cuando ya no sirve”.
¿Sería útil para Claudia Sheinbaum la historia de Julio César y su falso aliado Dúmnorix? Sí, para diseñar estrategias que la lleven a salir triunfante en la negociación por la reforma electoral con los evidentemente desleales aliados de Morena: el Verde y el PT.
La presidenta debería, en primer lugar, identificar quiénes son los Diviciacos en el Verde y en el PT; es decir, los diputados y senadores de tales partidos más comprometidos con la 4T. Porque, es la verdad, no todos son como Manuel Velasco o como Alberto Anaya, estos dos los Dúmnorix de tales institutos políticos, quienes en cuanto se presente la oportunidad darán la espalda al morenismo.
Hay en los partidos aliados a Morena gente que sinceramente cree en los principios de la izquierda mexicana. Sin romper con los desleales —o no en este momento—, Sheinbaum debe cooptar uno a uno a sus cuadros más valiosos. Así, cuando las dirigencias del Verde y el PT amenacen en el futuro con no apoyar a Morena —como lo están haciendo en el caso de la reforma electoral—, descubrirán que hay militantes que ya responden directamente a Palacio Nacional.
Adicionalmente, la presidenta Sheinbaum debe buscar nuevos aliados. Julio César siempre tenía un plan B —en esto la 4T desde el pasado sexenio lo imita: ante cada dificultad ha diseñado opciones para lograr lo mismo de distinta manera—.
Si el Verde y el PT se volvieran inmanejables, Sheinbaum podría fomentar la creación de agrupaciones políticas locales o incluso atraer a políticos progresistas de Movimiento Ciudadano y hasta del PRI, donde gente valiosa habrá entre sus bases. El objetivo es que sea cero el costo de perder al Verde y al PT, o de que no se apruebe —o pase descafeinada— la reforma electoral.
Un aliado falso es útil mientras se mantenga disciplinado. Pero en algún momento traicionará, y la 4T debe estar preparada para ello. Claudia debe mover sus piezas en el ajedrez político para que la traición ocurra en el momento en que ya no dañe al proyecto de izquierda; momento que quizá ya ha llegado.
Hasta podría la presidenta Sheinbaum, para que la reforma electoral saliera tal como ella la ha diseñado, engañar a las dirigencias del Verde y el PT. “El arte de la guerra se basa en el engaño”, dijo Sun Tzu. Eso era verdad en la China antigua y lo es en el México actual. Así, podría la presidenta entregar cargos en el gabinete —apantallantes, pero sin poder real— a quienes mandan en los partidos parásitos. No se portarán mal en el poder ejecutivo porque sabrán que ahora sí existe una Secretaría Anticorrupción que funciona —la encabezada por Raquel Buenrostro—. El miedo a las auditorías futuras los disuadirá de caer en lo que es su especialidad: los trinquetes. Como bien sabía Julio César, un aliado traidor solo es útil mientras actúa correctamente por el temor a las consecuencias de hacer lo indebido.
