Escuchar a la gente siempre me abre los ojos. Cada recorrido por el Estado de México es una oportunidad de aprender, de mirar la vida desde la perspectiva de quienes luchan todos los días para salir adelante. Y en estas últimas semanas, un tema ha sido constante: la economía no alcanza.
En Chalco, una madre me dijo:“Antes con 500 pesos llenaba la despensa para la semana, ahora apenas me alcanza”. En Ecatepec, un joven repartidor me platicó que trabaja más de diez horas al día y entre gasolina, refacciones de la moto y lo que le queda es para llevar a la casa, “no hay manera de ahorrar; solo trabajo para sobrevivir.” En Sultepec, un campesino duda en sembrar porque gastar en insumos es más caro que lo que obtiene por su cosecha.
En Nezahualcóyotl, madres preocupadas por la escuela y educación de sus hijos me compartieron su sentir: “Uniformes, útiles, transporte… todo sube, menos el ingreso”. Y en Toluca, comerciantes me platicaban que la gente ya no compra como antes, solo lo indispensable. Cuando las familias consumen menos, los pequeños negocios también sufren y el círculo se hace más pesado.
Todas estas historias reflejan las problemáticas que viven día a día las y los mexiquenses. Es la angustia de una mesa con menos comida, la frustración de un joven sin empleo digno, la desesperanza de un campesino que no ve frutos en su esfuerzo, o el cansancio de una madre que hace milagros para estirar el dinero.
Y, aunque el reto es grande, la gente no se rinde. En medio de la crisis muestran resiliencia; se organizan en tianguis comunitarios, hacen tandas para enfrentar los gastos, se apoyan entre vecinos, crean redes de solidaridad.
Por eso estoy convencido de que las soluciones no dependen solo de las instituciones, sino también de la comunidad organizada y de la creatividad de las y los mexiquenses.
Al final, la economía no debería medirse únicamente en estadísticas, sino en la tranquilidad de saber que el ingreso cubre las necesidades básicas, como lo es la sonrisa de una madre que puede mandar a sus hijos a la escuela sin endeudarse, en la certeza de un joven que ve futuro en su trabajo, en la esperanza de un campesino que recibe lo justo por su cosecha.
Porque más allá de los discursos y las estadísticas, la verdadera economía se mide en algo simple: la mesa de cada familia mexiquense.
Lo que he escuchado en las Asambleas Verdes a lo largo del Estado de México es claro: existe una urgencia de que el esfuerzo de la gente valga la pena y rinda frutos. Ahí es donde tenemos mucho por hacer y acompañar.



