A principios de este año, cuando muchas estructuras partidistas afinan su estrategia de trabajo, el PAN salió a escena para improvisar una narrativa que, por poco, terminamos creyendo. El propio Jorge Romero, que se presentó ante una multitud de militantes, anunciaba una nueva reestructuración luego de evaluar el desastre que arrojó la elección de Xóchitl Gálvez.
Muchos incrédulos se tragaron el cuento del líder nacional del PAN. En realidad, no había justificación ni razón alguna para creerle una sola palabra. El panismo, por ejemplo, mantiene una sociedad muy arraigada con el Revolucionario Institucional. Eso significa que jamás ha dejado atrás el pasado que los une en la esfera político‑social. Su estrecha cercanía —sin decoro alguno— está destinada a permanecer hasta que uno u otro desaparezca como partido, tal y como le sucedió al PRD.
Al paso que vamos, y sobre todo al ritmo, las circunstancias muestran un mapa similar al que enfrentó el Sol Azteca. Ellos, que en algún momento estuvieron a punto de llegar al poder de la mano de AMLO, son ahora cenizas. Ya nadie se acuerda de ellos después de haberse convertido en una expresión desabrida que traicionó los principios de la lucha democrática en México. Lo mismo le ocurrirá al PRI. Aunque el PRI diga que es inmortal, en los últimos años —sin pena ni gloria— ha transitado y, como tal, ha disminuido su fuerza. Los propios padrones depurados, dado el corte institucional de los árbitros del INE, dan cuenta de lo menguada que está su estructura territorial. Eso significa que, desde hace muchos años, está fuera del radar de la competitividad. A la par, sin identidad alguna, no se encuentra en el ánimo de la población. De hecho, Alejandro Moreno se peleó con todos los liderazgos que alcanzamos a ver; fueron cruciales para sostener la plataforma del Revolucionario Institucional.
¿Qué puede ofrecerle el PRI al PAN? En un principio, eso suena muy bien porque hablamos de dos estructuras partidistas. La cuestión es que no nos referimos a una estrategia política que sume, sino a una muestra de pragmatismo que, dicho sea de paso, luce desesperada. Ellos no querrán recordarlo, pero esa coalición, en los últimos años, ha dejado un sabor amargo en la ciudadanía. Al hablar de ese binomio —determinando que pactarán de nuevo—, podemos deducir la hecatombe que se les avecina. Podemos decir, por lo tanto, que las sugerencias y opiniones de la militancia del PAN simplemente quedaron sucumbidas. Todas se ignoraron y, para colmo, Romero ha dejado claro que su prioridad es ir en coalición con el Revolucionario Institucional, a pesar del sentir legítimo de las bases blanquiazules.
¿Fue falta de congruencia o simplemente se rompió el pacto con la sociedad? Diría que fue lo segundo. Antes de cualquier alianza, sin echar abajo los acuerdos, un partido debe privilegiar la voz de sus bases. El PAN, por ejemplo, faltó a su palabra y, peor aún, no consideró someter el tema a consideración de las mayorías. Son, ni más ni menos, decisiones que salen de la cúpula del panismo. El CEN y sus huestes actúan por instinto y no por raciocinio. Incluso, no es sencillo sostener una narrativa de unidad cuando, en retrospectiva, ese binomio ha causado un malestar generalizado. La verdad es que no encontramos una justificación comprensible. Es cierto: en apariencia, cualquier suma suena muy bien; sin embargo, PRI y PAN, lo hemos razonado, son dos polos distintos, más allá de que compartan la misma afinidad neoliberal. Todo eso, de pronto, se repite en la antesala de un ejercicio democrático que pinta muy mal para la derecha.
Aceptamos que eso puede causar algo de ruido, pero no genera el impacto suficiente como para ganar elecciones. Es, en efecto, un tramo al que no quisieron enfrentarse solos. Basta ver el ejemplo claro de Movimiento Ciudadano y su expansión a nivel nacional. Ellos, luego de la elección de Anaya, entendieron a la perfección la lección que dejó esa jornada. Es más, rápidamente hicieron un pacto con la sociedad para caminar solos. No necesitaron del PAN ni mucho menos del PRI para ganar Jalisco y Nuevo León. Podemos decir que se sometieron a los designios de su militancia, que habló fuerte y contundente sobre lo corrosiva que fue la alianza con el tricolor.
En pocas palabras, el panorama del PRIAN —que está a semanas de formalizar su alianza— se percibe complicado. El panismo, de hecho, ha dejado escapar la oportunidad de reencontrarse con sus simpatizantes. Todo eso les traerá un costo político muy elevado porque han traicionado nuevamente a las bases del blanquiazul. Podemos adelantar que será una ruptura profunda con la gente que, congruente con lo que sucede, votará a conciencia por quienes sí atienden y escuchan a las estructuras territoriales.
Y como la sociedad es quien decide, sobra decir que los aires de cambio se asoman en Querétaro y Chihuahua. Aunque eso implica redoblar esfuerzos, valdrá la pena intentar arrebatar dos bastiones de suma relevancia para el PAN. El panismo, en efecto, tiene perdidos esos enclaves desde hace mucho tiempo, sobre todo ahora que Morena eligió a dos perfiles potencialmente competitivos en la coordinación de la defensa del voto que no se rendirán hasta doblegar al blanquiazul


