El mesianismo político y la antesala del desastre

Hace años, en México, se intentó convertir la terquedad en virtud política con una canción: El necio. El subtexto era amable y peligroso a la vez: no es cerrazón, es constancia; no es soberbia, es carácter; no es incapacidad de escuchar, es fidelidad a un destino. La narrativa funciona porque acaricia el ego del empecinado y tranquiliza a quienes prefieren creer que el problema no es el líder, sino quienes no lo “entienden”. Funciona… hasta que deja de hacerlo.

Porque el necio no suele ser tonto. Muchas veces es inteligente, intuitivo, incluso brillante. El problema aparece cuando confunde perseverancia con infalibilidad y empieza a creer que toda crítica es traición y todo límite una conspiración. Ahí, como decían los antiguos, le falla el oremus.

Donald Trump encarna ese perfil con precisión clínica. No es un improvisado ni un simple bufón. Es un político con instinto de poder, olfato mediático y una comprensión profunda del resentimiento social. Pero también es el ejemplo clásico del líder que, convencido de su excepcionalidad, deja de reconocer límites. El mesianismo no nace cuando alguien se sabe fuerte, sino cuando se cree elegido. Cuando la ley estorba, las instituciones sobran y el país se reduce al tamaño de su ego.

El necio en el poder no gobierna: impone. No persuade: castiga. No corrige: redobla la apuesta. Cada error confirma su razón; cada freno prueba que el sistema está “en su contra”. Cuanto más se equivoca, más se encierra. Su lógica es circular y peligrosa: el fracaso no lo detiene, lo radicaliza.

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A su alrededor ocurre otra tragedia, menos visible pero igual de corrosiva: la depuración del entorno. Las voces sensatas se van —por dignidad, cansancio o miedo— y se quedan los satélites. Aduladores profesionales, intermediarios del aplauso, burócratas del “sí señor”. Personajes que viven de decirle que es el más fuerte, el más listo, el indispensable. Como esos pájaros que limpian los dientes del cocodrilo, sobreviven de la cercanía al poder aunque el animal camine directo al precipicio. Si el país cae con él, es un daño colateral asumible.

Pero sería un error cómodo cargar toda la culpa en el empecinado. El necio no gobierna solo. Gobierna porque otros lo permiten, lo justifican o lo utilizan. Ahí aparecen los cómplices del necio: legisladores que saben y callan; funcionarios que dudan y firman; jueces que miran el reloj; empresarios que calculan; medios que relativizan; intelectuales que se refugian en la equidistancia; ciudadanos que prefieren no ver. No empujan el desastre, pero lo hacen posible. No disparan, pero cargan el arma.

La historia es implacable con ellos. Siempre aparecen después, explicando que “no era tan claro”, que “nadie imaginó que llegaría tan lejos”, que “había que esperar”. La cobardía suele presentarse como prudencia y el oportunismo como realismo político. Pero el resultado es el mismo: cuando el poder se desborda, la pasividad se convierte en colaboración.

No es un vicio ideológico. Por eso Trump se parece más de lo que muchos quisieran admitir a otros líderes que dicen representar lo contrario. El mesianismo no distingue izquierdas ni derechas. Se alimenta del culto personal, del relato providencial y de la fantasía de que sin él todo se derrumba. Cuando esa lógica se instala, la política deja de ser deliberación y se convierte en religión. Y toda religión política exige sacrificios… siempre ajenos.

No sorprende, entonces, que algunas de las advertencias más eficaces provengan de la cultura y no de la política. Robert De Niro, Bruce Springsteen, Sting, Meryl Streep, George Clooney, Jane Fonda, Mark Ruffalo, Susan Sarandon, Leonardo DiCaprio, Sean Penn, Scarlett Johansson y otros han logrado sacudir conciencias con más fuerza que muchos legisladores. No buscan cargos ni presupuestos: activan la alarma moral. Cuando músicos y actores dicen con claridad lo que senadores callan con cálculo, el problema ya no es de comunicación: es de carácter.

Lo mismo ocurre con las silenciosas figuras de The Handmaid’s Tale. Mujeres vestidas de rojo, inmóviles, sin consignas ni estridencia. No gritan, no insultan, no negocian. Simplemente advierten. Y a veces una imagen así incomoda más que cien discursos cuidadosamente vacíos.

La tauromaquia ofrece, además, una metáfora incómoda pero exacta. Está el Tancredo, ese que se queda quieto esperando que el toro no lo vea. Y está el final: cuando el toro ya no embiste, se arrima a las tablas, baja la cabeza y se echa. No hay épica ni bravura. Hay agotamiento, mansedumbre o rendición. Entonces llega el descabello. No por fuerza, sino por inercia.

Eso es lo que se juega hoy en Estados Unidos. O se construye un freno real —político, institucional y social— o se sigue esperando, inmóvil, a que el problema se resuelva solo. Confiar en que el necio se autocorrija es una fantasía cómoda y suicida. Los empecinados no se detienen por reflexión, sino por límite.

El riesgo ya no es solo Trump. Es el precedente. Es la normalización de la idea de que un líder convencido de su misión puede ignorar reglas, despreciar contrapesos y arrastrar a una nación mientras quienes podrían frenarlo optan por el silencio.

Y el cierre no admite adornos: cuando al poder le falla el oremus, el problema ya no es solo el necio.

Es la legión de cómplices que lo rodea, lo aplaude o lo tolera. Y la historia, como siempre, no los absolverá por haber sabido… y no haber hecho nada.

Salvador Cosío: salcosga23@gmail.com

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