Ayer se publicó en la página oficial de la Casa Blanca un comunicado del presidente Donald Trump en relación con el aniversario número 178 de la victoria del ejército estadounidense sobre México en aquella lejana guerra de 1848. Como ha sido bien documentado y narrado, el presidente James Polk, imbuido de ese pensamiento conocido como el Destino Manifiesto, y sabedor de la debilidad de la naciente República mexicana tras la inestabilidad política y la pérdida de Texas, ordenó el despliegue de tropas sobre suelo mexicano.
Los resultados son bien conocidos. Mediante el Tratado de Guadalupe-Hidalgo el Estado mexicano fue obligado a ceder más de la mitad del otrora territorio nacional, mismo que comprendía los presentes estados de California, Nuevo México, Nevada, Utah, Arizona y Colorado.
El golpe asestado contra México no tuvo precedente en la historia republicana. Significó, por un lado, la traición de los ideales estadounidenses, pues ellos mismos combatieron en su momento contra el imperialismo británico y las pretensiones francesas y, por el otro, supuso una confrontación directa entre dos repúblicas liberadas de potencias europeas.
Ethan Hitchcock, oficial del ejército comandado por el general Zachary Taylor expresó: “Veo que los Estados Unidos de América, como un pueblo, están pasando por cambios de carácter y en los valores reales por los que pelearon nuestros antepasados”. Ulysses Grant, por su parte, declaró: “No creo que haya habido una guerra más perversa que aquella impulsada por los Estados Unidos contra México”.
Esta guerra, que supuso una afrenta a los valores de libertad promovidos por los padres fundadores estadounidenses, ha sido comparada por los historiadores con la invasión francesa de España durante las guerras napoleónicas. Napoleón, que en un comienzo había conquistado Europa con el propósito de expandir los ideales de la Revolución francesa, dio la espalda a los motivos que dieron origen a su ascenso y se convirtió en el repudiado dictador francés cuya derrota definitiva no tendría lugar hasta 1815.
En suma, el comunicado de Donald Trump en torno a la guerra de 1848 como justificación para que Estados Unidos continúe con su misión mesiánica de proteger su frontera sur representa una aberración discursiva propia de personajes sin escrúpulos como el mandatario estadounidense. Desde su arribo a Washington, no solo se ha sumado como motor del desorden internacional, sino que se ha convertido en el principal responsable de la profundización de la polarización en un país aún indignado por la muerte de dos personas y por los abusos cometidos por las fuerzas federales.
