Independientemente de gustos musicales, afinidades generacionales o preferencias de género, hay que decirlo con claridad: el espectáculo de medio tiempo encabezado por Bad Bunny durante el Super Bowl 60 no fue un show más. Fue, probablemente, una de las performances con mayor peso político, simbólico y cultural de la historia reciente del evento deportivo más visto del planeta.

Y eso, en un contexto donde los discursos antiinmigrantes, las políticas de persecución y la estigmatización de comunidades latinas y afrodescendientes han vuelto a ocupar el centro del debate público en Estados Unidos, no es un dato menor.

El Super Bowl como campo de batalla cultural

Durante décadas, el medio tiempo del Super Bowl ha sido un escaparate de entretenimiento diseñado para no incomodar: grandes figuras, nostalgia, espectáculo pulido y mensajes cuidadosamente neutralizados. Sin embargo, desde hace algunos años esa lógica empezó a resquebrajarse.

La aparición de artistas que entienden la música como vehículo político ha transformado el escenario en un espacio de disputa simbólica. Ya no se trata solo de cantar éxitos, sino de usar los minutos de mayor audiencia global para colocar narrativas incómodas.

Bad Bunny no llegó a entretener: llegó a decir algo. Y eso cambia todo.

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Lejos de la postal turística o del cliché festivo, el show incorporó referencias estéticas, sonoras y coreográficas que dialogan con la experiencia latinoamericana contemporánea: migración, marginación, orgullo cultural, resistencia.

No fue un “homenaje” edulcorado, sino un reconocimiento crudo: Latinoamérica como territorio de talento, de identidad fuerte, pero también de dolor histórico.

En tiempos donde ser latino en Estados Unidos vuelve a ser, para muchos, sinónimo de sospecha, el mensaje fue claro: existimos, aportamos y no vamos a escondernos.

Un acto político sin pancarta

La genialidad del performance radicó en que no necesitó consignas explícitas. No hubo discursos directos ni llamados evidentes. Todo estuvo en los símbolos: vestuario, iluminación, narrativa visual, selección musical y silencios estratégicos.

Ese tipo de política cultural es, muchas veces, más poderosa que un mitin: entra por los sentidos, no por la razón. Se queda. Incomoda. Provoca conversación.

Y eso explica por qué el show generó aplausos… pero también enojo.

Cada vez que una expresión artística genera rechazo en sectores conservadores, suele ser una señal inequívoca de que tocó una fibra sensible. El espectáculo no fue polémico por casualidad; fue polémico porque se atrevió a romper la ilusión de neutralidad.

Mostró que el Super Bowl, nos guste o no, también es política. Porque es cultura. Y toda cultura refleja relaciones de poder.

Personalmente, no es el tipo de música que consumo. No me representa desde lo estético ni desde lo generacional. Pero sería intelectualmente deshonesto negar la dimensión histórica de lo que ocurrió.

Hay que saber distinguir entre gusto personal y relevancia cultural.

Y este medio tiempo fue relevante.

Vivimos una etapa marcada por muros físicos y simbólicos. Muros en las fronteras, muros en el lenguaje, muros en las narrativas. Frente a eso, el arte que se atreve a nombrar, a mostrar y a confrontar cumple una función esencial.

El show de Bad Bunny fue eso: una respuesta artística a un clima político hostil.

No buscó reconciliar. No buscó agradar. Buscó decir.

Quizá dentro de algunos años, cuando se haga el recuento de los medios tiempos más importantes de la historia, este no será recordado por la pirotecnia, ni por los cambios de vestuario, ni por el despliegue técnico.

Será recordado por haber utilizado el escenario más poderoso del entretenimiento global para lanzar un mensaje incómodo en el momento exacto en que más se necesitaba.

Y eso, en sí mismo, ya lo convierte en un hito.