El poder, en la etapa de su entropía, tiene la fragilidad del cristal. ¿Entropía? Si alguien conoce este concepto es una experta en física como la presidenta Claudia Sheinbaum: la tendencia natural de todo sistema cerrado hacia el desgaste, el desorden y aun el caos.
El ejercicio de gobernar, por su propia naturaleza, tiende a degradarse con el tiempo si no se le inyecta energía nueva o se realizan correcciones profundas.
La 4T se ha sostenido por su muy sólida unidad ideológica. Pero la lealtad se ha fragmentado porque han aparecido las ambiciones personales que dividen y, por supuesto, los grupos de interés que se enfrentan y generan crisis.
Empiezan a notarse heridas en el corazón del movimiento. Lo que dice Julio Scherer Ibarra en su libro Ni venganza ni perdón no es un simple ataque motivado por conflictos personales en el gabinete de AMLO: es la grieta en el jarrón de la más fina cerámica que todavía guarda el agua de la unidad, pero que amenaza con romperse.
El gran problema para leer el libro de Scherer desapasionadamente es el coautor, Jorge Fernández Menéndez, colaborador de TV Azteca, empresa de Ricardo Salinas Pliego; Jorge recientemente estuvo en un foro de la peor ultraderecha antimexicana en Estados Unidos. No puede haber peor compañero intelectual en el caso de alguien, como Julio, que tanto hizo por el movimiento de izquierda.
Pero esa mancha, enorme —las posiciones ultraconservadoras ensucian excesivamente—, no debe llevar a nadie a negar la grieta, ya que hacerlo es invitar al derrumbe catastrófico, que no ha llegado y hay que tratar de que jamás se presente. La ingenuidad de esconder los fragmentos bajo la alfombra de la retórica equivale a recorrer senderos que conducen al precipicio.
La presidenta Claudia Sheinbaum se encuentra en una encrucijada: dejar que se impongan en la 4T quienes insisten en la negación de la herida o aceptar, con humildad de estadista, que las cosas simple y sencillamente pueden romperse, y no pocas veces se rompen.
Como bien decía Pablo Neruda en su Oda a las cosas rotas: la vida es un “alarmante quebradero” de tantas cosas “que nadie rompe /pero se rompieron”.
En política, la entropía es inevitable, pero no necesariamente fatal. La única forma de combatirla es mediante un sistema abierto, esto es, que no solo acepte la crítica, sino que se nutra de la misma.
Claudia Sheinbaum, además de estadista y científica, ha demostrado —así se le ve globalmente— que puede ser artista de la política. Para reparar las heridas en el corazón de la 4T ella tal vez deberá recurrir a la técnica del Kintsugi.
La presidenta de México, en vez de abiertamente negar, o con actitudes minimizar, las grietas bastante visibles en la estructura del sistema político de izquierda, debe aceptar que algo se rompió —así hubiese sido en una mínima medida— para, de inmediato, emprender la tarea de la restauración.
Mujer inteligente, Claudia sabe que la fortaleza de un proyecto político no reside en la negación de sus crisis, sino en la honestidad y el entusiasmo con el que se reconstruye.
Para Sheinbaum, aceptar que algo se está rompiendo no es signo de debilidad, sino de realismo. La 4T, al ser un movimiento compuesto por personas a quienes derrotan sus propias pasiones, no es ni podría ser un bloque monolítico eterno.
Reconocer las grietas —división interna, vendettas, pérdida de lealtad— permite dejar de gastar energía en la inútil tarea de maquillarlas para mejor enfocarse en la restauración genuina.
El Kintsugi es el arte japonés de reparar cerámica rota con resina mezclada con oro. En lugar de ocultar las fracturas, las resalta.
En la 4T, la resina de oro para repararla es la transparencia, desde luego institucionalizada; la autocrítica, tan necesaria siempre; la voluntad de abrirse a nuevas voces, que las hay en México; la decisión de atraer sectores moderados, que merecen ser escuchados; la consolidación de un verdadero Estado de derecho; el oficio de trabajar profesionalmente, aunque se incomode a los duros del movimiento; el poner el acento en las metas climáticas, algo en lo que hemos fallado, y la aceptación de que la legitimidad moral de la izquierda solo se reforzará si se acepta que el movimiento no depende más de la voluntad de un líder infalible.
Una pieza reparada con Kintsugi es, con mucha frecuencia, más fuerte y más bella que la original. Si la presidenta se aplica en la restauración de las grietas con la resina de oro de la ética pública, dejará como legado un sistema de gobierno ejemplar.
En cerámica, la paradoja del Kintsugi es que la cicatriz embellece. Si Sheinbaum logra aplicar esta técnica para cerrar heridas en la 4T, ganará legitimidad e institucionalidad.
La historia no juzga a los sistemas políticos por si son perfectos o no, sino por cómo superaron sus propias contradicciones. Si Claudia dedica tiempo a analizar las grietas en la 4T, podrá repararlas con la resina de oro de la moral política, y de esa manera el gobierno de izquierda se convertirá en una obra de arte.
La presidenta de México no necesita el pegamento de la simulación que caracteriza a todos los proyectos políticos, sino la resina de la verdad que solo esgrimen los liderazgos históricos. Claudia Sheinbaum está ante el momento del Kintsugi: debe recoger cada astilla de las lealtades rotas para volver a unirlas sin pretender borrar la cicatriz, sino resaltándola. Porque la cicatriz, cuando es de oro, se transforma en arte.
Que brillen, pues, las grietas en la estructura de la 4T y que se note el remiendo artístico, para que el mundo vea que el proyecto es más fuerte de lo que nadie imaginó. Solo así el humanismo mexicano vivirá en el largo plazo, no a pesar de sus heridas —deslealtades, traiciones, ambiciones vulgares—, sino precisamente gracias a ellas: a que cicatrizaron y, como pedagogía, se dejaron bien visibles.



