¿Lo han notado? Hay una frase que se ha convertido en contraseña social: “ando en chinga”. No importa si estás en un café en la Roma Norte a las once de la mañana, con una bebida que tardas más en pronunciar su nombre que lo que lleva prepararla. No importa si llevas veinte minutos viendo el mismo correo sin responderlo.
Si alguien te pregunta cómo estás, la respuesta es automática, casi un reflejo: Uf, ando en chinga. Y lo decimos con un dejo de orgullo. Como si con ello estuviéramos manifestando una especie de superioridad moral. Como si el cansancio fuera medalla y no síntoma de haber hecho algo relevante.
Antes, estar ocupado era una condición. Hoy es una identidad.
Nadie dice “estoy tranquilo”, “tengo tiempo”, “voy al día”. Eso sería sospechoso. Nada natural. Casi inmoral. Porque en esta nueva economía emocional, el descanso se percibe como fracaso y la prisa como virtud. Así de absurdo y así de perverso.
La cosa es que, si uno rasca tantito, la “chinga” es un concepto bastante elástico. Hay quien está en chinga respondiendo mensajes que no importan, organizando planes que en el fondo no se tiene intención de hacer o sobreviviendo a una agenda que uno mismo se inventó. Hay también quien está genuinamente rebasado, claro —ya llegaré a eso—. Pero ambos usan la misma frase, como si el matiz ya no importara.
“¿Cómo estás?” “En chinga.”
Traducción posible: no tengo tiempo de explicarte… o no tengo claro en qué se me fue.
Pero hay un problema más interesante —y un poco más incómodo— en todo esto: cuando todos estamos “en chinga”, nadie está realmente en chinga. O peor aún: cuando alguien sí lo está, ya no le creemos.
Porque hemos banalizado tanto la prisa, la hemos vuelto tan decorativa, que cuando aparece de verdad —la que sí pesa, la que sí desborda, la que sí te cambia la agenda, el ánimo y hasta la vida— suena igual que la de cualquier otra persona.
Y entonces pasa algo curioso: se interpreta mal. No es que no puedas. Es que no quieres. No es que estés rebasado. Es que no te importa lo suficiente. No es que estés resolviendo la vida. Es que estás evadiendo a alguien.
Y el león cree que todos son de su condición.
En un mundo donde “andar en chinga” muchas veces significa estar ocupado en lo irrelevante, cuesta trabajo entender que para otros sí significa estar ocupados en lo importante.
Y lo importante, casi siempre, no es posteable. No es explicable en una frase. No cabe en un audio de 30 segundos. Es silencioso. Absorbente. Y, sobre todo, poco social.
Porque cuando uno sí está en chinga —pero de verdad—, desaparece un poco. Se cae de planes. Llega tarde a conversaciones. Deja mensajes sin contestar no por desinterés, sino por falta real de espacio mental.
Y eso incomoda. Porque estamos acostumbrados a una disponibilidad inmediata, casi performativa. A estar presentes aunque no estemos. A contestar aunque no tengamos nada que decir.
Por eso, cuando alguien se ausenta, no lo interpretamos como saturación, sino como jerarquía: “no fui prioridad”.
Tal vez el problema no es que todos digamos que andamos en chinga.
Tal vez el problema es que ya no sabemos distinguir entre estar ocupados… y estar atravesando algo.
Y en esa confusión, a veces le exigimos explicaciones a quien apenas está sosteniendo el día.
Quizá el verdadero lujo hoy no es tener más tiempo. Es poder decir —y que te crean—: “No. Sí estoy en chinga.” Y que del otro lado no se ofendan, no duden, no lo tomen personal. Que simplemente entiendan.


