En los últimos días, distintas decisiones públicas han vuelto a poner sobre la mesa un tema de fondo: el papel del Estado en la conducción del desarrollo nacional.
Desde los incentivos fiscales anunciados para fortalecer la industria cinematográfica y atraer producciones al país, hasta los mecanismos planteados para facilitar el retorno de capitales y estimular la inversión productiva, la señal es clara: México busca dejar atrás la lógica de la inercia económica para recuperar capacidad de dirección estratégica.
No se trata de sustituir al mercado ni de cerrar la economía, sino de equilibrar la ecuación. Durante décadas, el crecimiento se dejó, en buena medida, al impulso externo y a la dinámica privada. El resultado fue desigual: sectores altamente competitivos conviviendo con regiones rezagadas y cadenas productivas debilitadas.
Hoy el enfoque comienza a cambiar. La política pública apunta a generar condiciones para que el talento nacional, la inversión y la producción encuentren respaldo institucional. Incentivos, planeación económica y fortalecimiento de industrias estratégicas forman parte de una misma lógica: construir desarrollo desde adentro.
La apuesta por el cine nacional, por ejemplo, no es solo cultural. Es económica, tecnológica y de identidad. Implica empleos, proveeduría local y posicionamiento internacional del país. Del mismo modo, las estrategias para atraer inversión y repatriar capital buscan fortalecer la economía interna y reducir vulnerabilidades frente a escenarios globales cada vez más inciertos.
Este fenómeno no es exclusivo de México. En distintas regiones del mundo, los Estados están recuperando protagonismo como articuladores del desarrollo ante tensiones geopolíticas, cambios tecnológicos y reconfiguración de cadenas productivas. La soberanía económica ya no se entiende como aislamiento, sino como capacidad de decisión.
En ese contexto, el papel del gobierno no es competir con el sector privado, sino ordenar, coordinar y facilitar. Crear condiciones para que la inversión ocurra, para que el talento se quede y para que las oportunidades se distribuyan con mayor equilibrio territorial.
El desafío es enorme. Implica instituciones eficaces, estabilidad económica y continuidad en las políticas públicas. Pero también exige algo fundamental: reconstruir la confianza en que el Estado puede ser un aliado del crecimiento y no un obstáculo.
Las noticias recientes no hablan de medidas aisladas, sino de una tendencia: el país busca recuperar herramientas para orientar su propio desarrollo. No desde la improvisación, sino desde una lógica de planeación y fortalecimiento interno.
Después de décadas en que se dejó todo al mercado, México está retomando la capacidad de decidir su rumbo. No es una apuesta ideológica ni una ruptura con la economía global. Es una decisión estratégica para que el desarrollo vuelva a tener rostro mexicano y para que el crecimiento deje de depender únicamente de factores externos.


