Cada día 25 nos vestimos o portamos un listón naranja. Es un recordatorio visual de la lucha contra la violencia hacia las mujeres, una campaña que busca movilizar a la sociedad. Detrás del símbolo, la realidad cotidiana nos devuelve un reflejo crudo: las calles, el transporte, las plazas los lugares públicos siguen siendo territorios de alerta constante para nosotras.
La más reciente Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del INEGI no hace más que ponerle números a una sensación que cargamos en el cuerpo. Mientras el país debate sobre estrategias de pacificación, los datos revelan una brecha de género dolorosa: el 67.2% de las mujeres en México reporta sentirse insegura en su propia ciudad, una cifra que supera por más de doce puntos porcentuales a la de los hombres.
Esta diferencia no es casualidad ni “percepción” aislada, es el resultado de una violencia estructural que nos obliga a cambiar rutas, a vigilar quién camina detrás, a avisar que llegamos a salvo y a evitar ciertos horarios. Para una mujer, un cajero automático o un paradero de autobús no son solo infraestructura urbana, son puntos de vulnerabilidad máxima.
El Día Naranja debe dejar de ser una efeméride de aparador para convertirse en una exigencia de política pública con perspectiva de género. No basta con iluminar edificios de color naranja si las luminarias de nuestras colonias siguen fundidas. No basta con pronunciamientos si el transporte público sigue siendo un espacio de acoso impune.
Sentirse insegura es, en sí mismo, una forma de violencia que restringe nuestra libertad de tránsito y nuestro derecho al goce de la ciudad. Mientras la brecha de seguridad entre hombres y mujeres persista, el naranja seguirá siendo un recordatorio urgente de que solo juntas y juntos impulsaremos un entorno donde caminar libres y sin miedo deje de ser un privilegio para convertirse en nuestra realidad cotidiana.
¡Ni una más!
Jennifer Islas. Política y conferencista.



