En este Día Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz, la reflexión es clara: el bienestar de una nación no solo se mide en sus hospitales, sino en la vitalidad de sus canchas, de sus espacios deportivos. Como bien dice mi amigo Roberto Flavio, un aliado del deporte que impulsa a las nuevas generaciones, “el deporte salva vidas y a familias enteras”. Esta frase es el motor de inspiración que debe llegar a cada rincón del país.

No basta con el entusiasmo, necesitamos infraestructura que dignifique. Crear y rehabilitar espacios deportivos gratuitos y seguros no es un gasto, es la inversión social más rentable. Un parque iluminado y una cancha recuperada son el punto de encuentro donde la familia se reúne, las personas adultas mayores caminan, la niña y el niño juega, las y los adolescentes crean recuerdos, las y los jóvenes conviven, las mujeres de todas las edades pueden sentirse libres y seguras.

Estos espacios son nuestra primera línea de defensa: el deporte es la herramienta de prevención más poderosa contra las enfermedades crónicas y, fundamentalmente, el escudo más fuerte contra las adicciones.

El talento no tiene límites. Es vital apoyar a las y los deportistas de cada rincón, desde la ciudad hasta el municipio más alejado. Cada joven que recibe apoyo para representar a su comunidad es una historia de éxito que inspira a cientos más a elegir el camino de la disciplina sobre el del conflicto. El deporte nos enseña a sentar las bases de una paz duradera.

La salud física, la salud mental y la seguridad pública caminan de la mano en cada entrenamiento. Por eso, el llamado es que juntas y juntos impulsemos el deporte como el puente más sólido hacia un futuro sin violencia, donde el mayor triunfo sea una sociedad sana, integrada y en paz.

Jennifer Islas. Política y conferencista.