Parece normal, pero no lo es.
Hoy narro aquí lo que en algún momento viví; lo narro con seguridad y sin miedo. Sobre todo sin culpa, aunque a veces no termina de sanar esa herida.
Era varios años mayor que yo. No sé cuántos, quizá diez. Cuando tienes más de treinta y tu “pretendiente” te lleva diez, parece normal. Dos personas adultas que se conocen, que salen, que duermen en ocasiones juntas. Esto puede ser normal, si es que la “normalidad” es aquello que muchos y muchas aceptan, porque sí, porque está bien, porque es apropiado, lindo…
También se acepta que él te llame todos los días al amanecer. Parece romántico que quiera saber cómo pasaste la noche, si descansaste, si no tuviste pesadillas, si te sientes bien.
Qué emoción, –me decían mis amigas–, que sea tan galán, que te llame aunque estés trabajando, ocupada cuidando los hijos, que quiera saber si vas a comer en casa o llevarás a los niños al parque.
Aunque yo trataba de poner límites porque me sentía inestable a raíz de mi divorcio, él llamaba cada vez más seguido, cinco veces al día, a veces más, veinte parecen pocas. Si por algún motivo no contestaba de inmediato se iba a los mensajes de WhatsApp o a buscarme en redes sociales. “¿Dónde estás?” “Te llamé”... “¿Ya no me quieres contestar?”
Comenzaba a sentirme vigilada, tanto dentro como fuera de la casa o el trabajo. Hablé con él, le dije con firmeza que me gustaba su compañía, pero que respetara mi individualidad. Que tenía hijos, madre, padre, amigas, primas, vecinas, compañeros y compañeras. Dijo entender, pero lanzó su primera estocada. “Sé que eres joven y bonita, que tienes más pretendientes y te aburres con un viejo como yo”.
¿Cuántas frases como esa deben decirte para que te des cuenta de que te chantajean, que te acosan, que te quieren manipular, que estás enfrente de un agresor?
Me empezó a caer el veinte cuando una noche, casi de madrugada, me llamó para decirme que había revisado el perfil de Facebook de uno de mis jefes y me dio datos que yo desconocía; para ser sincera, ni me importaban.
Esa misma noche me dijo que fulano de tal, con quien interactuaba con frecuencia en Twitter, tenía un perfil en una aplicación de citas, que lo veía coquetear e incluso insinuarse a varias mujeres, asegurando que hacía lo mismo conmigo. “Te juntas con puro depravado”, gritó.
Muy molesta le dije que me valía madres la vida ajena, y en el acto, lo bloqueé.
No me prolongo en el relato, pero al terminar la relación, lo descubrí en perfiles falsos respondiendo a mis comentarios en redes a altas horas de la noche. La pesadilla se intensificó cuando las vecinas me decían que lo veían merodear de noche y de día. Mi madre también un día me preguntó quién era ese señor que le había preguntado al salir de su casa si me había visto o sabía de mí.
Pensé que con cambiar de número de teléfono la cosa se iba a calmar, y en efecto, en algún momento no supe nada de él. Pero después el acecho volvió. Mensajes horrendos en redes sociales, “nadie te va a amar como yo”, “debiste valorarme”, “te quedarás sola con tus hijos, sin poder darles de tragar”, “no vales nada”, “¿con cuántos te has acostado después de mí?”, son algunas de las porquerías que tenía que borrar, pero me sentía acosada, frágil, vigilada y hasta culpable, aunque a la fecha no sé ni de qué.
El daño mental que provoca el acecho es irreparable y durante mucho tiempo el patriarcado lo normalizó. Ser hombre es buscar, perseguir, dominar, darle a la mujer una vida “digna” y protegerla, aunque ella no lo pida, es más, no lo desee.
Hay hombres, machos en realidad, que creen que deben andar por el mundo persiguiendo a su “presa” porque nadie, absolutamente nadie, las puede querer como ellos. Necesitan ser “educadas”, corregir “conductas inmorales” como hablar con cualquier tipejo que solo busca llevárselas a la cama. En su demencia, piensan que deben controlar los instintos salvajes, primitivos, que tenemos todas.
La mujer, y esto me lo dijo él en alguno de sus mensajes, siempre llevará a cuestas el pecado original, ese que cometió Eva, la que se dejó seducir por la serpiente y comió el fruto prohibido. De ese tamaño su estupidez.
Sobreviví a un divorcio que me dejó en la ruina mental y casi económica.
Y después aparece este cabrón.
Pocos lo saben, pero este fue uno de los motivos por los que me largué de aquella ciudad donde conocí a este sujeto que me jodió la vida y tuve que reinventarme como madre autónoma, batallando para salir adelante, con dignidad.
Sí, tuve que tomar terapia, controlar mis ataques de pánico, mi ansiedad, mis terrores nocturnos, sanar.
Hoy, por fortuna, el acecho puede llevar a la cárcel a agresores como él.
La Ley Valeria, leo en Google y cito: “es una reforma al Código Penal Federal de México (aprobada en comisiones a inicios de 2026) que tipifica el acecho o stalking como delito, imponiendo penas de 1 a 4 años de prisión (o hasta 6 según versiones) y multas a quienes vigilen, persigan o contacten insistentemente a alguien sin su consentimiento, buscando proteger la tranquilidad e intimidad de las víctimas”.
Esta iniciativa surge en Monterrey, Nuevo León, a raíz de la historia de Valeria Macías, una maestra que sufrió acecho por parte de un exalumno durante años.
La docente quiso denunciar, pero se encontró con la indiferencia de las autoridades, quienes argumentaron que solo atendían casos con violencia física evidente (un ojo morado, una costilla rota, por ejemplo), dejándola desprotegida y vulnerable durante años.
Valeria no se quedó inmóvil y siguió luchando para que el acecho fuera castigado conforme a la ley. Esto casi es una realidad y, de aprobarse, se adicionará el artículo 281 bis al Código Penal federal para proteger a quienes, como yo, tuvieron que sufrir lo indecible por culpa de un demente. Sabemos que, por desgracia, quien insulta o amenaza, puede llegar a hacer daño físico, incluso a quitar la vida.
Ante la creciente ola de feminicidios que hay en el país es urgente que iniciativas como esta se aprueben. Sobrevivir al acecho es muy difícil, nadie lo merece, por eso hay que prevenir y castigar oportunamente al agresor.



