Durante dos décadas —específicamente desde que Felipe Calderón declaró su fallida guerra contra el narco—, la seguridad en México había sido un nudo gordiano: una maraña de corrupción, complicidades y violencia que nadie parecía capaz de desenredar sin que todo el sistema colapsara.

Dos gobiernos anteriores —los de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto— no se propusieron cortar de raíz ese nudo terrible; optaron por administrarlo y convivir con él, muchas veces a cambio de beneficios que, ya se sabe, terminaron en connivencias descaradas.

El caso paradigmático fue el de Genaro García Luna, hoy condenado en Estados Unidos por vínculos con el narcotráfico. Su jefe, Calderón, y el siguiente gobernante, Peña Nieto, no quisieron derribar la red de intereses que apoyaba al narcopolicía.

Ante la bola de nieve de la violencia que crecía sin control, los últimos gobiernos del PRI y del PAN no hicieron lo necesario para frenarla; la dejaron rodar hasta que se convirtió en una avalancha absolutamente mortal. Los prianistas se limitaron a sobrellevar el desastre, a proteger sus márgenes de poder y, en no pocos casos, a obtener réditos a cambio de tolerar a los cárteles; y, mientras, el país entero asumía el costo humano de semejante irresponsabilidad.

Si Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto se rindieron ante el nudo de las mafias, AMLO se dedicó a diagnosticar el problema y a heredar una estructura sólida a través de la Guardia Nacional.

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La diferencia sustancial la dictó este domingo la valentía, admirable en mi opinión, de la presidenta Claudia Sheinbaum. Aprovechando lo que se construyó en materia de seguridad en el primer piso de la 4T, la mandataria pasó del análisis a la acción definitiva: como Alejandro Magno ante el nudo gordiano, desenvainó la espada y asestó un golpe fulminante a la estructura del crimen organizado.

Aplica otra analogía histórica, un episodio de la mayor relevancia ocurrido unos 280 años después de que Alejandro cortara el nudo gordiano.

Como Julio César al cruzar el Rubicón, con el golpe durísimo a la mafia, Claudia Sheinbaum ha dado un paso sin retorno, pero con una grandísima diferencia: mientras el romano cruzó aquel río para desatar una guerra civil, la mexicana lo hace para frenar en definitiva la violencia que ha ensangrentado al país desde el sexenio de Calderón. Lo que pretende la mandataria, y tiene todo para lograrlo, es inaugurar al fin una era de pacificación duradera en nuestra nación.

Calderón y García Luna: complicidad; Peña Nieto: complacencia

Hay una especie de campaña en redes sociales con el evidente objetivo de convencer a cierto público de que lo realizado por la presidenta Sheinbaum da la razón a la estrategia fallida de Calderón.

Eso es falso. En primer lugar, Claudia Sheinbaum actúa con base en una estrategia bien desarrollada, mientras que Felipe Calderón se lanzó a su guerra a tontas y a locas. En segundo término, la presidenta Sheinbaum no tiene a un Genaro García Luna, el superpolicía preso en Estados Unidos por narco que es la gran mancha, imposible de borrar, del calderonismo. Una diferencia brutal en términos de la eficacia de la ejecución y la ética que guía a la política de seguridad.

Al entregar la estrategia a alguien que terminó condenado en EEUU, la guerra contra el narco de Calderón fue más una operación de barrido de competidores de ciertos cárteles, que una búsqueda de paz.

El caso de Enrique Peña Nieto fue distinto: su estrategia fue el bajo perfil, esto es, trabajó no para acabar con la violencia, sino para que no se hablara de la misma, de ahí que creciera exponencialmente.

La decisión de Claudia Sheinbaum

Actuar sin miedo a las consecuencias es una apuesta de alto riesgo, pero necesaria para terminar con la violencia.

Al no tener los oscuros compromisos del pasado priista y panista, el gobierno de Sheinbaum tiene más margen de maniobra para golpear, basado en la ley y con planes bien elaborados, las estructuras criminales.

A diferencia del sexenio de Peña Nieto, ahora hay estrategia. Y a diferencia del periodo de Calderón, se actúa después de analizar la situación con inteligencia policial y ya no se recurre a, nada más, darle de garrotazos al avispero.

A partir de hoy domingo 22 de febrero, el reto que ya era muy grande, es gigantesco. Lo que hoy sucedió es solo el inicio; lo que sigue, lo más difícil es desmantelar el imperio económico de las mafias.