Lolo

I.

Con un hormigueo en el cuerpo entero y la cabeza del pene resistiendo los tejidos del algodón y de esos pantalones ya olvidados, salió a la noche fresca. Sintió un golpe en el cerebro intoxicado e inestable, sometido a los cuestionamientos del cojo Güicho y de Solórzano, quienes lo habían llevado a esa casa umbría, densa, de putas, regida por su amigo Lolo, el cocinero de una de las taquerías más frecuentadas del mercado público de la ciudad.

—¿Cómo te sientes? –preguntó Solórzano.

—Bien.

—¿Te gustó? –el turno del cojo.

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—Sí.

II.

Aferrado a la piel morena, sudoroso, jadeante, habría querido adherirse, quedarse por la eternidad en la carne fresca y elástica de la puta joven; aunque no tan joven como él, de once años. ¿Cuántos tendría ella?, ¿16, 18, 22, 25? Sólo Lolo lo supo.

Su vagina era un océano tierno, una bahía acogedora, un mar tibio y ardiente que abrasaba la rigidez del miembro infantil. Él entraba y salía, se sumergía sediento e insatisfecho en la calidez húmeda y vaporosa. Los cuerpos se lamían elásticos, briosos; incontrolables, se recorrían y reconocían. Así lo sentía él, pero el poder lo tenía ella. ¿Cómo se llamaba?, se lo preguntó entre espasmos; pero olvidaría su nombre para siempre. Porque siempre recordaría la pregunta insistente de ella, “¿vas a regresar, vas a regresar, cuándo?”. Y él, delirante y entre gruñidos que le hacían perder la incipiente razón, abandonado a ella, apresado en su carne firme y suave, en su humor, anhelando ya convencerla de su arrojo, de su amor naciente, lograba articular, “¡mañana, mañana!”.

III.

—¿Cómo te sientes?, preguntó Solórzano.

—Bien.

—¿Te gustó? –el turno del cojo.

—Sí.

Celestinas hombrunas y virulentas, complementaban el “trabajo sucio” encargado por el padre del forzado-esforzado aspirante a nuevo hombre, quien había entregado los pesos para el pago del servicio. Pero insistían porque también querían satisfacer su propia curiosidad.

—¿Sientes bonito, qué sientes? –insistió el cojo Güicho.

Silencio.

—¿Lo tienes dormido o parado?

—¿Te quedaste con ganas?

—¿Te salió algo o no?

—Lo tengo parado, con ganas; ¿y qué me tenía que salir o qué, de dónde?

—¡Mmmggrrr!, gruñó suspicaz el cojo mientras miraba con disimulo la burla en el rostro de Solórzano, “a este, todavía no le sale leche”.

América

Andrés Mojarro es un hombre casado y con hijos. La calvicie que prometía su juventud, se ha cumplido. Me entero de estos detalles después de casi tres décadas de no saber de él; escudriño sus fotografías en la red social en que me ha enviado solicitud de amistad.

Compañeros en la universidad, cierto día cometí un error. “Mira, le dije, ella me encanta, me enamora; qué labios tan hermosos, mira cómo ríe”. Nuestra compañera América, en sus pantalones blancos apretados y blusa adherida al cuerpo, volteó, “¡hola!”, y nos sonrió. “A mí también, dijo Andrés”. Me sorprendió; vaya idiotez la mía. ¿Por qué tuve que hablar si sabía que no podría competir por ella abiertamente, si tenía tan poca valentía para acercarme? Semanas después, los vi juntos; me dolió mucho.

Por circunstancias escolares, se convirtieron en mis amigos. Pero a los pocos meses, durante las vacaciones, salieron de viaje a Estados Unidos y Canadá; sentí una suerte de fracasado alivio.

De vuelta a clases, vi avanzar a América hacia a mí, sola. Su sonrisa no podía cautivar más, ser más hermosa. Nos miramos. Entendimiento tácito. Empezamos a salir casi todos los días; simples amigos, confiada una en el otro. Mojarro se había quedado en Estados Unidos. Supe cosas íntimas de ambos, los pleitos, la ruptura. También supe que ya conocía ella la historia: “Tú me viste primero, pero se te adelantaron, tonto”, decía y soltaba una carcajada. Sonrisa bellísima; la hilera de sus dientes sobresalía hasta que sus labios de cierta carnosidad volvían a su estado de reposo y brillaba entonces su mirada. Los ojos que me conmovían.

Fuimos felices –al menos yo– durante ese corto tiempo de amistad. Caminábamos las calles, la ciudad. Traviesa y romántica, cogía mi mano, que sudaba. La soltaba y se echaba a correr para que fuera tras ella y la alcanzara. Al fin subió a mi habitación. Escuchábamos música de su gusto. Se encaró a mí y comenzó a bailar, mirándome; la sentí, la seguí. Terminó la canción; quedó el silencio. Nos mirábamos; los cuerpos pegados, sudados, palpitando. Presionó su índice en mis labios. Pronuncié quedo su nombre y besé la yema de su dedo. Ella lo llevó a sus labios y también lo besó; besó mi beso. Se estrechó y cruzó sus brazos sobre mis hombros. Abracé su cintura y retraje firme su talle. Sin apartar la mirada, sonrió leve. Unimos los labios ávidos del instante, se abandonaron las bocas. Ojos cerrados y abiertos. El instante se prolongó en nuestras pieles, en los cuerpos, en la erección, penetración e imbricación de los sentidos.

Fin de verano e inicio de otoño. Nuestra felicidad fue breve. Hasta que llorosa se aproximó con papel en mano. Era una carta de Mojarro, que al tiempo de ratificar su amor y ofrecer (antes que solicitar) matrimonio, le aconsejaba alejarse de los zopilotes que seguramente la rondaban; que en cambio, buscara mi amistad.

“Tengo que decidir”, dijo llorando lágrimas gruesas. Y se fue, viajó a Estados Unidos. No volví a saber de ella. Nada sé hasta el día de hoy. Lo cierto es que no es la esposa que se ve retratada con Mojarro en las fotos de su aniversario de bodas, todos en familia y felices.

*Publicados originalmente en La Jornada Semanal; 19 de julio de 2025.