Ya me corregirá el experto en bel canto de SDPNoticias, Héctor Palacio —tenor que trabaja más en el extranjero que en México porque en nuestro país las burocracias culturales de varios sexenios le han negado oportunidades—. Si me equivoco al hablar de la wagneriana Unendliche Melodie (melodía infinita), él me lo hará saber y, por supuesto, admitiré mi ignorancia.

Aspiracionista musical que soy, desde hace años, cuando puedo, dedico parte de mis ingresos a comprar entradas para el festival Wagner que se celebra cada verano en Bayreuth, Alemania. Sus óperas me gustan casi tanto como las vueltas ciclistas de tres semanas. Tristemente, este 2026 busqué boletos en internet demasiado tarde y no he tenido suerte; es decir, me ahorraré un viaje.

En esa búsqueda, hace unos días leí algo que me llamó la atención en las páginas de internet que consulté —del festival, de la ciudad sede y de especialistas en el tema—: que la idea de la Unendliche Melodie wagneriana está detrás de un tema de la música de Ennio Morricone en la película dirigida por Sergio Leone, Érase una vez en el Oeste: el tema de Jill.

Jill McBain es el personaje femenino central del filme, considerado una obra maestra. Ella viajó desde Nueva Orleans al salvaje Oeste tras casarse en secreto con un terrateniente viudo. Al llegar a la remota propiedad en el desierto, Jill descubre con horror que su esposo y los hijos de este han sido brutalmente masacrados por un sicario que trabaja para el magnate de los ferrocarriles, que en esa época expandían sus vías de manera implacable.

Al saberse sola y amenazada, en lugar de huir, Jill decide resistir, reclamar su herencia y quedarse a defender sus tierras. Hay tres personajes masculinos en la película que viven por y para las armas —dos matones guiados por algo parecido a un código de honor y el otro poseído por una perversidad absoluta—. Todos los sicarios orbitan alrededor de la mujer y se transforman, para bien o para mal, al entrar en contacto con ella.

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Jill McBain representa una esperanza civilizatoria en medio de un ambiente salvaje. Morricone compuso un tema especial para ella —tal como hizo con el resto de los personajes—, interpretado de forma magistral por la voz sin palabras de la soprano Edda Dell’Orso; una melodía muy bella (al final un video). Y sí, guardando todas las proporciones, ese tema puede compararse con la pieza que consolidó el concepto de melodía infinita o eterna, la Unendliche Melodie: el Liebestod o Muerte de amor de la ópera Tristán e Isolda de Richard Wagner.

Insisto, el tenor Palacio me corregirá si estoy metiendo la pata. El hecho es que, de mi fracaso por conseguir boletos para funciones en una ciudad lejana, llegué a un concepto que no conocía, la Unendliche Melodie, y pude ver en una plataforma de video en internet la película Érase una vez en el Oeste. Ignoro cuál de todas sus versiones encontré —hay varias, porque los distribuidores de EEUU, cuando la cinta se estrenó, la recortaron a lo tonto para exhibirla en sus cines..., y después la alargaron—.

Leí también en internet que, a pesar de su duración de casi tres horas, el guion del filme —C’era una volta il West, en italiano— contiene apenas quince páginas de diálogo en un libreto de casi trescientas páginas.

Jill McBain personifica la victoria de la resistencia de una comunidad que se rebela contra la voracidad de un capitalismo corporativo que impone su ley a través de la violencia. En un territorio tan hostil para una mujer que se ha quedado sola, los tres hombres que orbitan alrededor de ella —el verdugo, el paria y el vengador— terminan convertidos en las cenizas de un viejo orden de ambiciones materiales que se destruye a sí mismo.

Ella permanece firmemente en pie para defender la soberanía de su patrimonio, amenazado por un ferrocarril que representaba un negocio absolutamente inhumano. Al final, gracias a la entereza de Jill, ese monstruo sobre rieles es despojado de buena parte de su crueldad mercantil y se transmuta en una esperanza de progreso, demostrando que la modernidad solo es justa cuando se pone al servicio de la gente.

La Cuarta Transformación posee su propia melodía infinita, la Unendliche Melodie de la izquierda mexicana: una cadena ininterrumpida de discursos pronunciados en las plazas públicas a lo largo de más de dos décadas. Este flujo retórico es verdaderamente histórico; tanto, que valdría la pena la publicación de una antología de lo dicho en el Zócalo y en el Monumento a la Revolución durante todo este tiempo.

La Unendliche Melodie de la 4T se inauguró en la resistencia civil frente al desafuero en 2005. Esa melodía eterna de nuestra izquierda fue conducida, primero y durante muchos años, por la voz de Andrés Manuel López Obrador, y ha sido asumida desde 2024 por Claudia Sheinbaum. Es una melodía que no ha dejado de sonar durante 21 años.

El pronunciamiento del próximo domingo en el Monumento a la Revolución operará como un auténtico Liebestod o Muerte por amor wagneriano, pero con una variante: no será un punto final, sino la apoteosis de un tema ideológico profundo que se ha escuchado desde el origen del movimiento y que, si así lo decide la gente en las urnas, continuará resonando durante mucho tiempo más.

¿Los discursos de tantos años de líderes del PRI y del PAN son melodías infinitas? No, no cumplen con la exigencia básica de Wagner: la consistencia. Son más bien como la ópera de números italiana, que solo era un conjunto de arias dispares —también aquí me corregirá Héctor Palacio—; tales discursos del PRI y del PAN solo son una simple colección de piezas retóricas que, por oportunistas, cambian sus valores según quien las pronuncia y en función de a quién han querido agradar.

La oratoria de la 4T rompió ese molde fundando un flujo narrativo ininterrumpido centrado en los mismos principios, desde luego adaptados a cada circunstancia política. El mitin en la plaza pública desde el desafuero y, muy particularmente, desde el fraude electoral de 2006, ha sido una misma asamblea permanente. Es una melodía que no ha dejado de sonar durante 21 años.

Ahora, los mismos principios que siempre ha postulado la izquierda serán utilizados para defender la soberanía de México, tan agredida en estos tiempos. De eso tratará, y no puede tratar de otra cosa, el discurso de Claudia Sheinbaum el próximo domingo en el Monumento a la Revolución. Ahí estaré.

Posdata: el tema de Jill en video: