Andrés López Beltrán es un sujeto gris como el cemento. Gris tanto en términos personales como políticos. A diferencia de su padre, no cuenta con el menor carisma, ni es capaz de convocar a veinte distraídos en una plaza pública. Y sin embargo, ha ocupado desde hace años un espacio público en México; efectivamente no por su persona, sino por ser hijo del gran líder macuspano.
A pesar de su grisura, derivado de sus lazos consanguíneos, detentó en el pasado el cargo de secretario general de Morena. No es poca cosa, sino la posición desde la cual coordina la organización territorial del partido, e influía, en buena medida, en la asignación de candidaturas del partido oficial, amén del grado de interlocución que gozaba para la operación política. Luego, derivado de la coyuntura, posiblemente porque sabía lo que vendría, optó por dejarlo y buscar una diputación por Tabasco.
En relación con la carta que hizo pública el pasado jueves, ésta lo retrata como lo que es: un político sin oficio. Estulto hasta las narices. Quizás asesorado por AMLO, se dirige en unos términos bochornosos al presidente Trump, a la vez que la misiva lo pinta como un sujeto fuera de toda realidad cuyo único objetivo es hacer valer su posición como el hijo del expresidente. Patético.
Resultaría ingenuo por parte de los morenistas suponer que la cancelación del visado de Andrés ha derivado de asuntos “administrativos”. Por el contrario, a la luz de los más recientes sucesos relacionados con personajes como Marina del Pilar, Rubén Rocha Moya, Enrique Inzunza, entre otros, se trata de una cuestión mayor; probablemente relacionado con la investigación en curso en torno a la posible participación del susodicho en el negocio del huachicol fiscal; pues como se recordará, trascendió hace unos meses que su nombre figuraba en los expedientes de la FGR.
La presidenta Claudia Sheinbaum, al unísono con los gobernadores y simpatizantes morenistas podrán justificar una y otra vez su defensa de los impresentables bajo el manipulador discurso de la soberanía. Algunos despistados se comerán el cuento. Otros lo repetirán por conveniencia o presión.
Sin embargo, la realidad apunta a que López Beltrán es una pieza más de un inmenso entramado de corrupción que parece extenderse hasta involucrar a la totalidad de la cúpula morenista. No es solo la personificación de una probable corrupción, sino también de una evidente estulticia.
