Hey, Tadeo, tienes toda la razón, los hijos y las hijas crecemos y entendemos TODO ¿y adivina? No sale bien para ti.
Crecí y entendí porque mi papá se llevaba a mi mamá al baño y escuchaba solo gritos ahogados, porque mamá salía arrastrándose y con sangre seca detrás de las orejas, por qué decía que no pasaba nada, que todo estaba bien, mientras se moría día a día sepultada entre sus muros y sus puños.
Crecí y entendí lo que se siente estudiar en la mañana, trabajar a mediodía y llegar a traducir textos del francés para cobrar un poco más mientras tus hijos pese a todos tus esfuerzos, aun así, sienten hambre todos los días porque solo alcanza un pedacito de carne para cada uno y hay que contar las galletas y guardar un poquito de aquí y de allá para poder completar la renta.
Crecí y entendí el hambre. Crecí y repudié a aquel que con tal de lastimar a la mujer que juraba amar se llevó por delante a sus hijos, obligándolos a pasar dolores y carencias.
Entiendo el hambre, gracias a ti, papá, no se me olvida el hambre.
Tadeo, tu hijo va a crecer, así como el hijo de Wendy y los de Valeria. Los hijos de Pau ya están grandes y te odian, Tadeo, porque tú, al igual que su padre crees que puedes quedar impune después de esclavizar a una mujer y condenar a sus hijos a la carencia infinita y permanente de los porqués:
¿Por qué no me quiso? ¿Por qué le duele pagar mis terapias? ¿por qué solo nos da doscientos a la semana? ¿Por qué nunca me quiere dar para ir al doctor? ¿Por qué dice que mamá está loca si mamá siempre me ha cuidado? ¿Porqué me sacó de la escuela y me entregó a mi abuela? ¿Porqué dice que esa señora es mi mamá si yo ya tengo mamá? ¿Por qué hace meses no me deja ver a mi mamá? ¿Porqué dice que cuando crezca lo voy a entender?
Las hijas crecemos y nos damos cuenta que el papá que decía que nos amaba, en realidad nos engañó cuando nos dijo que nuestra madre nos abandonó.
Carla no se fue, tú se las arrebataste y luego te hiciste pasar por el buen padre mientras ella andaba en los medios, en los juzgados, en las calles exigiendo, luchando y muriendo un poco cada día que le negabas sus hijos a su madre.
Las hijas crecemos y recordamos ese día que no nos quisiste comprar toallas sanitarias porque según tú, era responsabilidad de mi madre comprarlas de los trescientos pesos semanales que pasas de pensión. Jamás sentí más vergüenza por menstruar que ese día. Jamás sentí más vergüenza por ser hija de mi padre que ese día.
Los hijos también crecen y se van a dar cuenta de tus infidelidades y de la tortura psicológica que llevó a su madre a creerse incompetente, a llorar todos los días, a autolesionarse y a, finalmente, entregártelos porque te creyó todas las veces que le dijiste inútil y mala madre. Los hijos también crecen y reconocen la violencia vicaria aunque la disfraces con violencia y manipulación narcisista esperando que nadie note que la loca es ella justamente porque procuraste que así fuera.
Los hijos crecen y se dan cuenta que los tenis rotos que usaron por dos años no fueron culpa de su madre, que las veces que no tenían cuadernos nuevos no fue culpa de su madre y que ella con triple turno priorizaba la comida y el techo mientras tú renunciabas a tus trabajos bien pagados con tal de no sostener la vida de tus hijos.
Los hijos crecen, Christian, y se dan cuenta que gastabas millones al mes en movilidad para tu novia, pero ni un peso en movilizarte para ver a tu hija. Los hijos crecen y entenderán el abuso narcisista que usa los medios de comunicación y el sistema de justicia para negarle la justicia a la madre que se quedó criando cuando la abandonaste en el postparto.
Las hijas crecemos y créeme, nos damos cuenta, sin importar las veces que dijiste que mamá era una puta o una loca o que nos abandonó o incluso si la quieres dar por muerta. Las hijas crecemos y siempre vamos a recordar cómo nos cuidó, amó y protegió antes que nos arrebataras de su lado.
Las hijas crecemos. Los hijos crecemos. Las mujeres siguen adelante luchando con uñas y con dientes, con la manada a un lado y en cada frente necesario, y el único que se queda estancado en la miseria de dar doscientos pesos a la semana para alimentos a sus propios hijos, en la violencia de negar bienestar a su sangre, en la hipocresía de culpar a la madre que lucha día a día, eres tú, Tadeo, Christian, Coronel, Mario, Lucas, Juan, Luis, Irving, Roberto, Alfonso, tú, hombre mexicano promedio cómplice de la violencia patriarcal de Estado que basa su legislación en la comodidad del agresor y no en las necesidades de las niñeces.



