“Agradécele siempre al pais que te vio nacer y que te dio de comer, siempre”.
Ley humana universal.
Mi abuelo materno, quien fue inmigrante de Siria, siempre decía que como México no hay dos, y es verdad, Mexico es hoy por hoy el país con mayor libertad en el mundo, me atrevo a asegurarlo.
Mi abuelo vivió únicamente 72 años, dejó este plano terrenal en 1995 por un mal diagnóstico de cáncer, además de un mal manejo, una mala atención, y recibió un tratamiento que lo complicó en lugar de ayudarlo (mala praxis, ignorancia, negligencia e impericia dolosa).
Como todo buen inmigrante de Medio Oriente, mi abuelo fue muy trabajador, fabricaba vestidos de noche y los vendía en varios estados de la República Mexicana, incluyendo Veracruz, en donde los almacenes Chedraui vendieron a su vez miles de ellos.
A mi abuelo le gustaban los automóviles de alta gama, y todos los que tuvo los trató hasta amorosamente, le gustaba limpiar sus tableros con una tela de franela roja; era fan de la fiesta brava y fue un excelente jugador de futbol, tanto que jugó en uno de los equipos más icónicos de México, que por precaución literaria prefiero no nombrar cuál es, ya que en México la afición al futbol puede ser más radical que la defensa de los derechos humanos de los palestinos o la exigencia de la liberación del presidente Nicolás Maduro. Lo que puedo escribir es que llevó en su pecho los colores de su equipo y uno de ellos era amarillo-canario.
Mi abuelo vivió toda su vida intensa y felizmente, y siempre amó a su patria, por eso decía que como México no hay dos, y un rasgo muy particular de él fue que cuidó de su madre viuda ya como casi ningún hijo lo hace, todos los que lo conocieron lo saben y lo reconocen.
Tuve la muy triste oportunidad de estar con mi abuelo en el momento que dio su último aliento, y lo que alcanzó a decir en ese momento tan duro para mi de recordar fue: “Mamá” (en árabe, ya que además de haber sido su idioma materno, era con el que se comunicaba con su adorada madre Raquel).
