Cuando decidí estudiar la maestría en responsabilidad social, lo hice con la convicción de que la política no es para servirse, sino servir a las y los demás, para convertirse en puentes. Buscaba herramientas técnicas, pero en el fondo, lo que realmente perseguía era comprender cómo sanar un entorno fragmentado por la indiferencia.

En el marco del Día Internacional de Nelson Mandela, esa decisión académica cobra un significado enteramente espiritual y reflexivo. Recordar a “Madiba” es recordar que la transformación colectiva no nace en los escritorios, sino en la empatía inquebrantable hacia el dolor humano. Este día nos obliga a mirar de frente la verdadera esencia de la política.

Trágicamente, el imaginario colectivo ha reducido la política a una lucha burda por el poder, a discursos vacíos y a la búsqueda del beneficio propio. Qué abismal diferencia con el legado de Mandela. Para él, la política era el arte supremo del servicio, una herramienta sagrada para restaurar la dignidad humana donde el sistema la había arrebatado. La política real no se mide por los cargos conquistados, sino por las vidas transformadas, es la manifestación organizada del amor al prójimo y el único mecanismo capaz de rediseñar las estructuras que perpetúan el sufrimiento de las mayorías.

El lema global para conmemorar esta fecha resuena como un mandato urgente: “Todavía está en tus manos combatir la pobreza y la desigualdad”. Estas palabras no son una simple invitación a la caridad momentánea. Son una sacudida a nuestra comodidad ciudadana y profesional. Nos recuerdan que la pobreza y la desigualdad no es un accidente de la naturaleza, sino una creación humana y que, por lo tanto, puede ser erradicada mediante la acción humana articulada.

Estudiar responsabilidad social me enseñó que no podemos ser espectadoras ni espectadores neutrales del dolor ajeno, la pasividad ante la inequidad nos vuelve cómplices de ella. El cambio estructural que nuestro mundo reclama no llegará exclusivamente por decreto gubernamental. Depende de la voluntad encendida de quienes asumimos la responsabilidad histórica de ocupar nuestros espacios para generar equidad.

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El poder de moldear un futuro más justo nos pertenece a todos y a todas, en el día a día, en cada decisión que tomamos. Hagamos honor a esa responsabilidad latente. Juntas y juntos impulsemos una nueva era de compromiso social, donde la empatía guíe la política y nuestras acciones diarias borren las brechas de la desigualdad, construyendo así el mundo justo con el que Mandela soñó y que la humanidad tanto merece.

Jennifer Islas. Política y conferencista.

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