Leen el Financial Times las personas más sofisticadas que conozco —y que tienen dinero para pagarlo: la suscripción es muy cara—. Alguien me envió durante la noche —lo vi a las 4:30 am, cuando desperté este sábado— un artículo de ese diario: Japón toma medidas enérgicas contra sus ciclistas.
La nota detalla que, a partir de ahora, se multará a los y las mayores de 16 años de edad que utilicen auriculares o conduzcan con una sola mano, práctica común para sostener paraguas o manipular el celular. La siguiente foto, la de un ejecutivo de traje y maletín pedaleando, es el ejemplo perfecto de esa indisciplina.

Curiosamente, el texto del FT omite la palabra fundamental para entender ese fenómeno: mamachari (ママチャリ). Proviene de mama (mamá) y chari, abreviatura de charinko, término popular para la bicicleta cuyo origen es la onomatopeya charin-charin, el tintineo metálico del timbre o campanilla.
La mamachari es la bicicleta de cuadro bajo, pesada y utilitaria, diseñada con canastilla, portaequipaje y guardafangos para ser conducida incluso con falda. Es el vehículo que millones de personas —especialmente mujeres— usan para trayectos cortos, hacer las compras o transportar a sus niños y niñas.
Japón ha endurecido su reglamento porque, en el censo de 2020, los y las ciclistas sumaban 8 millones y la evidencia muestra que, en la mayoría de los accidentes en los que intervienen, la culpa recae en quienes manejan la bici con imprudencia, no en la gente que va en su automóvil.
Pero adaptarse cuesta. El FT cita a Teranishi, un peluquero de 61 años de edad detenido por llevar un paraguas bajo la llovizna. Su queja —“todo el mundo lleva paraguas”— refleja una confianza tan excesiva como peligrosa. Quizá él, o atletas como Isaac el Torito del Toro y el tetracampeón del Tour de Francia, Tadej Pogačar, posean la pericia para tal acrobacia, pero el ciudadano promedio difícilmente puede pedalear con una mano sin arriesgarse a caer.
En México, el desorden es mayor. Los y las ciclistas pedalean sin controles: en las banquetas acechan al peatón y en las ciclovías son acechados por automovilistas y motociclistas irresponsables.
Pero el verdadero caos lo generan las motocicletas. Su ventaja es su perdición: la velocidad. Mientras el o la ciclista urbana difícilmente supera los 20 km/h —lo que permite esquivar con cierta eficacia baches, coches y alcantarillas—, el motociclista se desplaza a tal velocidad que provoca fuertes accidentes. El resultado es un aumento de choques graves, inclusive mortales, donde a la tragedia de quien fallece se suma el viacrucis legal —estamos en Semana Santa— de los y las automovilistas que, circulando por su carril, no pudieron eludir la imprudencia ajena y suelen ser acusados hasta de homicidio.
Lo que Japón aplica a sus mamacharis representa un ejercicio de lo que Karl Popper llamaba ingeniería social fragmentaria. Es el Estado que abandona la épica de las grandes transformaciones para atender los pequeños detalles de la vida cotidiana. Ojalá el fanatismo de izquierda, que sin duda existe, no descalifique a Popper por considerarlo neoliberal; yo incluyo a este filósofo de la ciencia en la categoría de las personas inteligentes y con sentido común.
En México, la 4T ya logró dos hazañas históricas: transformar el sistema político entre 2018 y 2024, y encumbrar a una mujer de talla mundial, Claudia Sheinbaum. Un cineasta que conoce bien las entrañas de Hollywood, Luis Mandoki, me comentaba que el prestigio de la presidenta es total: “La aman en Hollywood, no solo la maravillosa Meryl Streep, como a un símbolo de la fuerza femenina que resiste al monstruo y lo maneja”.
Alguien me sugirió una analogía que vale la pena: Claudia Sheinbaum ya ganó el Tour de Francia, el de la política. El jersey amarillo se lo puso Meryl Streep. La presidenta derrotó a los viejos poderes, nacionales y de EEUU, en una subida aún más dura que el Tourmalet. Lo que sigue ya no es la búsqueda de más gloria: ya no hace falta. Lo que se necesita ahora es apretar millones de tuercas desajustadas que hacen invivible el día a día.
La presidenta debe colgar el jersey amarillo y la bicicleta de fibra de carbono en su oficina para montarse, como madre y abuela que es, en una pesada pero estable mamachari. México ya no necesita más podios históricos ni más medallas olímpicas en la competencia entre sistemas políticos.
Es verdad, la 4T ya diseñó su propia mamachari con los programas sociales, pero faltan numerosas canastillas para colgarlas en la bicicleta de carga; que mejoren la habitabilidad, eliminen los miles de baches que nos complican la movilidad y nos avergüenzan, ayuden a edificar ya una educación masiva de gran calidad, y que contribuyan aun en la limpieza de los océanos, que percibo amenazados —sobre todo el mar más bello, el Golfo de California— por proyectos de gas natural licuado.
Esta ingeniería fragmentaria debe alcanzar incluso al sector empresarial. Resulta terrible que los mismos ricotes oportunistas de las privatizaciones salinistas sigan siendo los únicos interlocutores en Palacio Nacional, donde se presentan con demagogia y rollo barato para garantizar inversiones que nunca llegan; acuden a las citas presidenciales solo para buscar beneficios personales; digamos las cosas como son, ¿no?
Entiendo que la presidenta Sheinbaum no encuentre opciones para dialogar con inversionistas. Hay los que hay, los mismos de siempre. La falta de una clase empresarial más grande y con más empuje innovador es algo que la 4T no ha solucionado. Es un tema que debe corregirse ya sin la épica del cambio histórico, sino con acciones específicas de educación y reglas para incentivar la competencia. Ese es uno entre tantísimos asuntos a solucionar en el día a día sin ya poner la mirada en la gran hazaña…
Solo con muchos pequeños cambios específicos, México se acercará no al paraíso, sino a ser un país más habitable y justo. Al final, no es la proeza del ciclista ganador lo que sostiene a la nación, sino la resistencia de una bicicleta diseñada para no rendirse ante la pesada carga que es gobernar un país. Es la hora de la ingeniería de lo cotidiano. La hora de una bici mamachari.


