Desde esta tarde, el liderazgo fuera de México de Claudia Sheinbaum podría fortalecerse cualquiera que sea el resultado de las elecciones de la segunda vuelta en Brasil —balotaje, le llaman allá—.
Si ganara Flávio Bolsonaro, aliado apasionado de Donald Trump, Sheinbaum quedaría prácticamente sola como la gran figura presidencial de la izquierda latinoamericana. La prensa de derecha mexicana cuestionaría el aislamiento de México. Pero lo cierto es que ser la única tendría una ventaja política y diplomática indiscutible: la singularidad produce notoriedad.
John Stuart Mill defendía el inconformismo de quienes se niegan a formar parte del rebaño. Si Sheinbaum se convirtiera en la excepción en una región, la latinoamericana, dominada por corrientes políticas absolutamente entregadas a Estados Unidos, tal singularidad le daría a la presidenta de México todavía más reconocimiento del que ya tiene entre las oposiciones democráticas de América Latina, pero también en Europa, Asia y hasta en la gran nación de Oceanía, Australia.
Ese reconocimiento a Sheinbaum por mantenerse con dignidad en la minoría de uno entre las principales naciones de América Latina entregadas a Trump, lógicamente crecería en los cada vez más numerosos grupos sociales, de izquierda o no, que en la vecina nación del norte se organizan para resistir las políticas que Donald Trump impulse durante los dos últimos años de su gobierno.
La posible derrota de Lula en Brasil —que por supuesto no deseo— podría hacer de Claudia Sheinbaum un símbolo internacional de resistencia política, precisamente por negarse a seguir la corriente de gobiernos latinoamericanos dispuestos a subordinarse al presidente estadounidense.
No olvidemos que la excepcionalidad produce notoriedad y, cuando ser la excepción es algo que se sostiene en convicciones y se traduce en hechos concretos de jamás ceder la soberanía, entonces la singularidad puede convertirse en liderazgo.
Hay en esto una paradoja: mientras Trump celebraría la derrota de Lula en Brasil y aplaudiría la incorporación de Bolsonaro al bloque de gobiernos que le dicen SÍ a todo lo que el estadounidense propone, la presidenta de México adquiriría una identidad política todavía más fuerte para defender su posición: una relación de cooperación indispensable con Estados Unidos, pero sin renunciar a sus diferencias —ideológicas, personales y diplomáticas— con el mandatario estadounidense. Algo que sería un ejemplo para buena parte de la humanidad que sigue sin saber qué mundo quiere heredar Trump.
Y si ganara Lula…
El escenario sería distinto, pero también fortalecería el liderazgo internacional de Sheinbaum. México y Brasil, las dos mayores economías latinoamericanas, construirían una alianza de enorme relevancia frente al avance de las derechas en el continente y en otras regiones del planeta.
Lula aportaría su experiencia y su enorme prestigio, sus relaciones internacionales consolidadas y la autonomía comercial brasileña, que no desprecia a Estados Unidos, pero afianza sus lazos económicos con China.
La aportación de Sheinbaum sería, desde luego, la fuerza económica de México —la nuestra es una de las economías más grandes del planeta—; pero, sobre todo, sumaría al tándem con Lula su relación privilegiada, aunque inevitablemente conflictiva, con el presidente Trump —este no puede negar ni jugar con el hecho de que México es el principal socio comercial de EEUU—. También contribuiría la mexicana con la legitimidad de un sistema político, el de la 4T, que ha conservado un amplio respaldo electoral, sin cuestionamientos democráticos serios sobre el resultado de sus elecciones presidenciales.
No se trataría de formar un bloque para pelear con Trump, sino de construir una posición común frente al hombre más poderoso de la Tierra, que trabaja para que toda América Latina baile al ritmo que toca la orquesta de las clases conservadoras de Estados Unidos.
Lula y Sheinbaum no tendrían que disputarse el liderazgo: simple y sencillamente lo seguirían compartiendo.
Elecciones en EEUU
Por cierto, la de hoy, domingo 25 de octubre, en Brasil no es la única gran elección de 2026. Falta la muy decisiva del próximo 3 de noviembre en Estados Unidos.
Pronto sabremos si el partido de Donald Trump conserva el control de ambas cámaras del Congreso o si la oposición demócrata recupera una o las dos.
Si Trump perdiera alguna de las cámaras, enfrentaría mayores contrapesos internos. Si los republicanos mantuvieran el dominio en el Congreso, el presidente de EEUU dispondría de mayor respaldo legislativo para insistir en dominar absolutamente a toda Latinoamérica —no sueña ya con mandar en Asia y Europa: todo tiene un límite, hasta la presidencia del vecino país—.
En cualquiera de esos escenarios, la relación de Sheinbaum con Trump seguirá siendo fundamental para México, pero también para Estados Unidos. Y esto tendría repercusiones latinoamericanas. Con Bolsonaro en Brasil, la presidenta mexicana podría adquirir mayor visibilidad como contrapeso político de Washington; con Lula, podría impulsar una alianza de las dos grandes potencias latinoamericanas para negociar con mayor fuerza.
Posdata democrática mexicana
Buena parte de la influencia política y del prestigio de Claudia Sheinbaum fuera de México está en la demostración de que un gobierno de izquierda como el de la 4T se sostiene por la fuerza de los votos de millones de personas en elecciones democráticas.
En ese sentido, el mayor estorbo para la presidenta Sheinbaum se llama Guadalupe Taddei, la mujer que manda en el INE y que ha sido señalada por numerosos conflictos de interés relacionados con proveedores.
Taddei ha dicho que no renunciará. Un juicio político podría destituirla, pero difícilmente concluiría antes de las elecciones mexicanas de 2027. Lo que queda, en lo inmediato, es exigir su salida mediante presión política legítima, algo que no tendría por qué ser complicado dada la cantidad de irregularidades que se le atribuyen y que deben investigarse y, en su caso, sancionarse. La basura debe barrerse.


