Mentes de alcance global, dígase el jurista Ferrajoli, el sociólogo Boaventura o el economista Piketty, antes Wallerstein o Dussel, han teorizado con apoyo en abundantes datos empíricos las condiciones en las que poderes formales e ilícitos transnacionales creativos, dinámicos y agresivos han colonizado o se han apoderado de estados y pueblos completos o de partes de sus estructuras y procesos económicos, políticos, sociales y culturales para someterlos a antiguas o nuevas formas de dominación y extracción de rentas cancelando las garantías para la vida digna en común.
En efecto, las maquinarias del capitalismo ya sea formal o criminal operan de día y noche en decenas de mercados a múltiples escalas que producen montañas de dinero físico o digital a buen resguardo en sofisticados sistemas financieros para beneficio de élites globales.
A esa dura realidad que procesa, aprovecha y desecha recursos naturales o culturales, cuerpos, mentes y almas, madres, niñeces, adolescencias, juventudes o senectudes hay que sumar la lucha descarnada por la supervivencia, posicionamiento o reubicación de países imperiales, centrales o no centrales en un tiempo de revoluciones científicas y tecnológicas inéditas.
La mezcla de todos esos factores sorprende a los viejos estados-nación y organizaciones internacionales que arrastran diferentes capacidades y competencias, legados y elementos más o menos reconstruidos para sostenerse y transitar en tan intensas interacciones.
En el caso mexicano, su enorme espacio geográfico y características socioculturales, económicas o políticas, más esquemas de gobernanza y regulación disminuidos frente al tamaño de aquellos actores e interacciones, le conduce a aplicar la lógica del “estado de urgencia encubierto” para contrarrestar lo que puede nombrarse como “estado de excepción invertido” o inverso.
A la reticencia de declarar el estado de excepción directo, previsto en el artículo 29 constitucional, que la mayoría de países latinoamericanos usa hasta en forma ordinaria, esto es, el gobierno presidencial por decretos-ley, en México acudimos a figuras sofisticadas como la prisión preventiva oficiosa, el poder revisor de la Constitución o el alineamiento y coordinación máxima posible de poderes e instituciones, todo lo cual ofrece a los críticos y opositores de buena o mala fe campo fértil para discursos que son legítimos desde su propia episteme, más no en el contexto alterado en el que transcurre la realidad.
Es así que el regreso del hipo al hiperpresidencialismo del sistema político como paso urgente para reconcentrar energías en la defensa estratégica interna y externa se tacha de iliberal, antidemocrática, contra derechos o dictatorial en germen o en florecimiento; las rápidas reformas al poder judicial y sus muy recientes enmiendas se señalan o denuncian como signo de capricho, debilidad, incapacidad y hasta desesperación; o bien, la previsión de nulidad de elecciones por injerencia extranjera se califica de absurda, a conveniencia del poder e inútil de cualquier forma, sin mayor razonamiento histórico, comparado o prospectivo.
Es mi percepción que el problema es mucho más profundo y complejo, pero desde luego que cada actor o cada quien ve y juega el juego según lo interpreta y justifica en sus propias convicciones, deberes o propósitos.
El caso es que un haz súper dinámico y complejísimo de variables concurrentes tornan muy difícil hoy en sociedades masivas o menos democráticas liberales y sociales la tarea de gobernar.
En el caso de México, la fórmula histórica exitosa para hacer funcionar un sistema político desgarrado y atrofiado: la presidencialización del poder tipo “porfiriato” o “priato”, después de caídas demoradas y prolongadas del régimen precedente, tiene lugar en el contexto inédito de revoluciones paradigmáticas: de la digital a la geopolítica, y de los movimientos sociales globales a la hiperdiversidad cultural mezclada con estrategias de negocios del espectáculo y el deporte que hacen ver incluso tímidas y dudosas las medidas adoptadas para controlar y superar la urgencia.
Imposible esperar órdenes sociales coherentes y funcionales; máxima pulcritud, transparencia, legitimidad o eficacia política; perfecta juridicidad o sistemas operando sincrónicos para el bienestar general y la paz perpetua, es decir, el ideal kantiano de la modernidad, cuando en los hechos el desfase entre ciclos mentales, institucionales y socioculturales muestra tan grave acento en la incertidumbre despedazada de la posmodernidad.
Al contrario. Hay que esperar que esas condiciones empeoren y seguir ensayando y consolidando fórmulas incluso inéditas que nos aseguren mínima integridad, seguridad, progresividad y continuidad en la historia del futuro, al menos hasta el punto en el que sea posible revertir los costos y beneficios del estado de excepción inverso en el que nos han recluido los carceleros aprovechados de la época aciaga en la que vivimos.
En expresión beisbolera, solo para ilustrar: “¿Atrás los fielders?"


