La situación de polarización y enfrentamiento continuará en 2022. Mucho tiene qué ver con la forma de hacer política del presidente López Obrador, y puesto que la popularidad es su mayor interés, para qué cambiar de método si las cosas le dan lo que quiere. La estrategia hacia delante es polarizar a manera de legitimar, anular a su mínima expresión a críticos y adversarios y, de paso, justificar los malos resultados de su gobierno.

La primera batalla habrá de darse en la consulta sobre la revocación de mandato en abril de este año. Su objetivo es acreditar su popularidad y confrontar al INE. A reserva de lo que pudiera resolver la Corte, la innecesaria consulta va. El resolutivo del Tribunal Electoral en los días finales del año fue un triunfo para el INE y Lorenzo Córdova, aunque haya revertido el acuerdo de suspender la consulta, porque obliga a la Secretaría de Hacienda a otorgar los recursos suficientes a partir también de la aportación que haga el INE a través de ahorros y reasignaciones.

En el Consejo General del INE no hay confianza de que el gobierno vaya a cumplir en sus términos lo señalado en la sentencia de la Sala Superior del Tribunal. Les preocupa que los recursos que se aporten por parte del gobierno federal estén condicionados a una política draconiana de disminución del gasto, así como desaparecer fideicomisos o disponer de los recursos que estos proveen.

La consulta va; solo queda el tema de acreditar 3 por ciento de promoventes, y por el sentido de la determinación del tribunal, con toda la complejidad y costo de una elección constitucional, el desenlace es previsible: más de 90 por ciento con la decisión de que AMLO continúe y con una participación muy debajo de 40 por ciento. Una farsa y un ejercicio ocioso; la revocación vuelta ratificación.

El segundo plano de la disputa va a ser la deliberación de la reforma eléctrica. Los escenarios sobre su aprobación son inciertos, especialmente porque el coordinador del PRI, Rubén Moreira, va a vincular el apoyo de sus diputados a lo que haga el gobierno y su partido en los comicios. Por ello se resolvió votar la reforma después de las elecciones. La expectativa es lo que suceda en Hidalgo, más que en cualquier otra parte. Si el PRI por las buenas o por las malas retiene esa gubernatura será un logro inesperado e importante, aunque pudiera perder todo lo demás.

El tercer plano es precisamente el electoral. López Obrador se entiende bien con los gobernadores de todos los partidos, por lo que no tiene obsesiones sobre el triunfo para ganar cargos, sino más bien que los votos lo convaliden a él y a su proyecto. Las decisiones sobre las candidaturas de gobernador por Morena privilegiaron lo que ellos percibían como las opciones más competitivas. En Durango, Hidalgo y Oaxaca hay heridas al parecer no del todo superables.

Conforme avance el cuarto año, la especulación sucesoria irá en aumento. El presidente no engaña. Su candidata es Claudia Sheinbaum y su perfilamiento seguirá sin vacilación. Marcelo Ebrard ha ganado terreno en aspectos desatendidos por los gobiernos anteriores, especialmente, el referente al comercio ilegal de armas. Ricardo Monreal persistirá como el mejor operador legislativo de AMLO, aunque difícilmente obtendría que los senadores del PRI lo que sí están dispuestos Alejandro Moreno y Rubén Moreira en la Cámara.

No será un año feliz para el presidente. La amenaza de una nueva ola de contagios de la pandemia es real y afecta a la economía y el bienestar de las personas. La economía no presenta números alentadores. El retraso de las obras emblemáticas será más evidente. La inauguración del aeropuerto Felipe Ángeles servirá más para entender lo que se perdió con la cancelación del hub aeroportuario de Texcoco. El Tren Maya y Dos Bocas plantearán el escenario menos deseable para López Obrador: inaugurarlos por etapas y parcialmente, porque el tiempo no dará para el todo.

Federico Berrueto en Twitter: @Berrueto