Algunos recuerdos sociales y vivencias personales.

El pueblo mexicano, por su historia, conoce muy bien sus potencialidades y sus debilidades.

Forjar la patria mexicana implicó momentos de duras resistencias de sectores al interior de la sociedad misma, pero, sobre todo, notables adversidades resultado de su incipiente existencia como conglomerado social o como Estado-Nación.

Fuimos, por muchas décadas después de aquel 1821, un país pobre, muy pobre en términos generales.

Los mexicanos de antaño, nuestros padres, abuelos y bisabuelos supieron lo que significa la pobreza.

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No hace mucho, por ejemplo, ya iniciada la cuarta década del siglo XX, mi padre, a sus siete años de edad, vio morir a sus dos hermanitos menores de cinco y cuatro años respectivamente, con quienes jugó y convivió días de recuerdos interminables; quienes fallecieron repentinamente de una misteriosa epidemia que atacaba el sistema respiratorio, en las primeras manifestaciones contemporáneas de aquella “gripe española” que mató a mucha gente en nuestro país, específicamente en aquel insalubre y pobre Mazatlán de finales de los treinta e inicio de los cuarenta.

A ese periodo precisamente hace referencia incluso el gran científico mexicano, de nombre Jesús Kumate Rodríguez, virtuoso médico militar mexicano, investigador, infectólogo y pediatra, descendiente de la productiva migración japonesa a nuestro país, que ingresó por Mazatlán; baluarte del éxito obtenido por el llamado Sistema Nacional de Salud de los gobiernos del desarrollo estabilizador y otras administraciones más que le sucedieron: el ilustre galeno transmitió a sus lectores en su libro Los niños de México: 1943-2003... El Colegio Nacional /México/2004, que su principal motivación para decidirse a venir a la Ciudad de México a estudiar medicina en el Colegio Militar. Lo fue el recordar esa dura etapa de adolescencia transcurrida en su natal Mazatlán, cuando cada tarde veía pasar los interminables cortejos, con gente inconsolable vestida de blanco que seguía a una pequeña caja fúnebre, que portaba por lo regular los restos de algún amiguito o pariente suyo, o del hijo de algún vecino o residente del entonces pequeño puerto, donde casi todos se conocían.

Ingratitudes, rudezas de la vida o seguramente, uno de esos tantos misterios inescrutables del Gran Arquitecto del Universo.

Nada podía mitigar el enorme dolor y la impotencia de esos momentos ni la muy afinada banda de música que seguía hasta el final la procesión, interpretando notas muy tristes para gente inconsolable.

Hasta el suscrito lo pudo sentir una de estas tardes en el viejo centro histórico del legendario puerto sinaloense, por la calle Belisario Domínguez, lugar del domicilio de la infancia de su progenitor, a donde fue estas vacaciones a sanar precisamente de una dura afección de influenza que se complicó, por el crudo invierno que se resiente en el Valle de México y tras casi seis años de no salir de la geografía capitalina.

Y hasta tuve en mi imaginario, la cruda imagen de mi pobre y atribulado abuelito, un arriero, un comerciante en pequeño, un trabajador de las minas, al llegar después de varios días de ausencia en “la labor” y encontrarse con esa tragedia sin nombre, que representa que le estén velando “súbitamente” a un hijo y en cuestión de meses, de nuevo la tragedia. Otro hijo más. E imaginé también a mi inconsolable abuelita y a mi padre en su más tierna infancia.

Y así lo percibió también y lo plasmó en su obra el ya desaparecido doctor Kumate Rodríguez, gran secretario de Salud en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari; gran impulsor del llamado “Programa Universal de Vacunación” y gran orgullo de la ciencia mexicana.

Hoy se podría deducir que aquella gran epidemia, bien pudo ser una forma primigenia de influenza que, sin tener la ciencia médica el conocimiento suficiente sobre sus efectos o alcances, una simple vacuna pudo haber detenido la formación de la pandemia y su consecuente tragedia. Sí, indudablemente.

La pobreza y la ignorancia en México tuvieron un costo muy alto para las generaciones que nos antecedieron.

La Revolución Social Mexicana y el periodo resultante conocido como la “etapa institucional”, arrojaron la estabilidad y el desarrollo necesarios para migrar, de manera lenta -quizá- pero uniforme y equitativamente en todas las regiones del país, durante varias décadas del siglo XX hasta llegar a nuestros días.

Por eso, a los mexicanos no nos gusta la pobreza. En la inmensa mayoría de hogares dejó recuerdos muy amargos. La sociedad mexicana no aceptó ser pobre y nunca lo aceptará de nuevo.

Tenemos necesidad de todo: de paz, de medicina, pero nuestra mayor necesidad es la de seguir teniendo esperanza.

Si no seguimos luchando por devolver la esperanza a los mexicanos, no la volveremos a tener, la perderemos.

Eso nos mueve; nos hace levantar a diario aun a sabiendas de que puede ser uno de esos muchos días “sin ganancias”, sin provecho material, aunque muy probablemente sea un día más para contribuir a la obra humana que cada individuo tiene también como tarea.

En ese Mazatlán que me tocó ver esta vez, comerciantes, pescadores, empleados, taxistas, comisionistas, dependientes, operadores de ‘pulmonía’, meseros, músicos, todos trabajan a diario en la inteligencia de que, no obstante ser “temporada alta” sigue siendo esta una prolongada época de “vacas flacas”, donde hay días que no se saca ni para el gasto operativo, “que deben levantar la cortina solo como un acto de disciplina y de fe en la humanidad”.

El turismo estadounidense, canadiense, europeo y asiático de antaño hace años que dejó de visitar este gran destino mexicano, que sobrevive con el turismo nacional, proveniente del centro del país, los estados de Michoacán, Jalisco, Nuevo León, Coahuila, Chihuahua, Durango, Sonora y el resto del Estado de Sinaloa, básicamente.

Aunque con este universo de potenciales clientes ha tenido para mantenerse en los últimos años y hasta para crecer. Aun así, hoy el reproche generalizado es que, con motivo de la violencia que se vive en el centro y centro sur de Sinaloa, en los últimos meses, Mazatlán no recibe ya ni siquiera turismo nacional.

Y se pudo apreciar por el suscrito, se encontró relativamente “solo” al puerto.

Incluso, este diciembre en Mazatlán, ni el sol brilló con su intensidad habitual de otros diciembres, por cierta bruma o brisa que se presentó; pero además, la marea estuvo permanentemente baja y hubo una ausencia de viento, clima propicio sí, para embriagarse con los recuerdos tristes de aquel Mazatlán insalubre y descuidado de antes de “las grandes obras del puerto” (a inicio de los sesentas) impulsadas por el alcalde de entonces, el legendario Antonio Toledo Corro y el respaldo de sus amigos, el presidente de la época, Adolfo López Mateos; su compadre, el senador Leopoldo Sánchez Celis, que se convirtió en gobernador en años posteriores; y el joven abogado capitalino, con un promisorio futuro, titular entonces de la poderosa Dirección General de Bienes Nacionales, dependiente de la Secretaría del Patrimonio Nacional, amigo entrañable de Toledo; su nombre: José López Portillo y Pacheco.

Y sí, el suscrito lo hizo como hacía mucho tiempo no lo podía o no lo quería hacer.

Abrevó sin consideración alguna, luego de varias ‘Pacíficos medias’ y una que otra ‘ballena’ bien helada, en la filosofía anidada en cada frase y en cada idea del impecable “Corrido a Mazatlán”, suscrito por el inmenso José Alfredo Jiménez, prolífico ideólogo de la borrachera mexicana y grabado con el acompañamiento de la mismísima Banda El Recodo.

Atrás había quedado la influenza y para celebrar, degustando entre camarón cocido talla U-10 y callo de hacha duro (recién sacado de la concha), me di el gran lujo de contratar a unos músicos del género norteño que ofrecen melodías a transeúntes del malecón cobrando “por pieza tocada”, “chirrines”, como los conocen allá, del género norteño; jóvenes aún, pero con un brillo en sus ojos, que denotaba deseos de hacer su trabajo y percibir un ingreso que salvara el día. Iban desde Durango, denotando también esfuerzo por portar un atuendo uniformado.

Pedí que me repitieran la dosis -varias veces- del corrido de José Alfredo, aun cuando su ejecución no fuera de lo más acompasada ni entonada que digamos.

Escuchándolos y observándolos detenidamente una y otra vez, pude concluir que los “chirrines” del malecón de Mazatlán, tocan y cantan no para impresionar, sino para no rendirse ante la cruel adversidad, lo arduo de la vida y del trabajo diario, en los lugares de donde provienen esos músicos campiranos de la sierra de Durango, no permiten actividad artística alguna, que no sean más que actos de heroísmo y sobrevivencia que hacen brotar en sus manos “callosidades” y de su garganta, solo una voz estruendosa aunque firme y digna.

Así, el pueblo mexicano en su inmensa mayoría, lucha todos los días por recobrar la normalidad en la economía, en la salud pública, en la educación y, por supuesto, en la paz y el orden público.

Y sale a ofrecer al mercado laboral lo mejor que tiene, lo único con que cuenta, su fuerza de trabajo, no para impresionar a nadie sino para servir a los demás, para no rendirse ante la adversidad más calamitosa de que se tenga memoria en los últimos tiempos. Con mucha fe y esperanza.

Es cierto, es el momento de ofrecer respaldo al esfuerzo que hace -ciertamente- la presidenta Claudia Sheinbaum quien, sí ha resultado más hábil en su interacción con el presidente de la Unión Americana, en esta especie de crisis situacional por la que se atraviesa, derivada del operativo militar de ‘extracción’ del presidente espurio de Venezuela, Nicolás Maduro, implementado por fuerzas castrenses estadounidenses.

Pero también es el momento de consolidar un bloque que haga aparecer a todos los que disienten de la política implementada por la 4T desde el gobierno, como una fuerza sólida y tangible, que obligue a sentarse en la mesa del diálogo al gobierno.

Se reconoce en Claudia Sheinbaum incluso, que esta crisis ha sido relativamente bien manejada por ella y su administración hasta el momento.

Aunque en mi opinión personal, la actual ayuda petrolera a Cuba, rebasa con exceso los límites de lo humanitario y provoca el escozor estadounidense que podría generarnos mayores presiones por conducto del presidente Donald Trump.

La situación se asemeja un poco al manejo que, por ejemplo, en el punto más álgido del desarrollo estabilizador le dio el gobierno de López Mateos (con un Díaz Ordaz como titular de la Segob) a la crisis de EU con el régimen cubano, cuando el gobierno mexicano de entonces, asumía su condición ideológica de centro-izquierda razonada y mostraba en el discurso internacionalista y mediante ciertas acciones, como la asumida ante la OEA, apoyar a Fidel Castro y a su gobierno, aunque en los hechos, en la realidad, esa fue una estrategia eficaz del gobierno mexicano, para servir solo de interlocutor del gobierno estadounidense, ante el gobierno socialista cubano.

Sin la interlocución eficaz de López Mateos y su gobierno, quizá la “crisis de los misiles”, de 1962 u otra parecida, sí hubiera estallado entre Estados Unidos y la extinta URSS.

Pero es el momento de demandarle al gobierno federal y a todos los gobiernos marcados con el signo de la 4T, que no pueden seguir combatiendo a cualquier indicio de oposición que se forme, menos haciendo uso del presupuesto y la parafernalia del gobierno mismo.

Debe haber oposición en México para que haya equilibrio y diálogo, y para que se legitime suficientemente la 4T.

Sin esperanza, la sociedad mexicana y la de cualquier rincón del mundo no puede subsistir.

La esperanza es el motor que mueve al mundo. No permita que se extinga, presidenta Sheinbaum. Conceda un margen para el diálogo y la apertura a los ‘diferentes’.

No haga caso de los radicales y extremistas que pululan en todas las ideologías; pues luce usted mucho mejor, con su actitud equilibrada y la “cabeza fría” que usted misma ha esgrimido en repetidas ocasiones y, para concluir, valgan en este contexto cuatro citas del gran ideólogo, don Jesús Reyes Heroles: “En política, lo que resiste apoya”; “La unanimidad es sospechosa y peligrosa”; “El populismo es dadivoso y contrarrevolucionario...” y, “evitemos la drogadicción ideológica”.

Héctor Calderón Hallal en X @pequenialdo; @CalderonHallal1