Dentro de las múltiples circunstancias culturales, civilizatorias, políticas, económicas y sociales, en el siglo XXI asistimos a una profunda crisis de la representación política democrática que no es meramente institucional, sino estructural y civilizatoria. La llamada democracia neoliberal ha vaciado de contenido a la democracia liberal-republicana y popular, reduciéndola a un conjunto de procedimientos formales (elecciones periódicas, alternancia de élites, discursos de gestión) mientras el poder real se desplaza hacia esferas económicas, financieras y tecnocráticas que no rinden cuentas al pueblo soberano.
El signo más trascendente de toda república es la representación. Desde la perspectiva republicana de Maquiavelo, la representación política no consiste en la sustitución pasiva del pueblo por una élite de gobernantes profesionales, sino en la creación de instituciones que expresen y defiendan activamente los intereses populares frente a la tendencia natural de las élites a concentrar el poder. En los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Maquiavelo muestra que la libertad republicana se preserva cuando el pueblo cuenta con magistraturas propias —como los tribunos de la plebe en la Roma antigua— capaces de vigilar, vetar y confrontar a los poderosos, canalizando el conflicto social dentro del orden político.
Así, la representación es fundamentalmente un mecanismo de control popular y de participación efectiva en la cosa pública, donde el choque entre el pueblo y los grandes no es una amenaza a la república, sino la fuente misma de sus leyes y de su libertad, evitando la degeneración oligárquica del gobierno.
Lo que alguna vez fue concebido como gobierno popular y democrático ha sido progresivamente sustituido por una forma de oligarquía moderna, forjada no ya en títulos nobiliarios, sino en la concentración del capital, la captura corporativa del Estado y el dominio de expertos que gobiernan en nombre de una supuesta neutralidad técnica. El neoliberalismo instituyó a la tecnocracia como la única forma legítima de gobierno bajo el “No hay alternativa”, de Margaret Thatcher.
Autores contemporáneos como Colin Crouch (la posdemocracia), Chantal Mouffe (crítica a la pospolítica neoliberal) y, Nancy Fraser, han descrito con claridad este fenómeno a partir de una denuncia del neoliberalismo progresista que vació la soberanía popular de la república transformándola en Res privata.
Desde una perspectiva republicana, este proceso es profundamente antidemocrático y vulnerador de los principios republicanos. La república no se reduce al rito electoral, sino que implica participación activa, control ciudadano y defensa de lo común: la plena vigencia de los Tribunos de la Plebe. Tanto la democracia neoliberal como el progresismo woke han traicionado el proyecto histórico republicano, consolidando un orden oligárquico donde unos pocos deciden por las mayorías.
La democracia neoliberal ha subordinado la política a la lógica del mercado, transformando al Estado en un gestor de intereses económicos privados y desplazando la deliberación pública por criterios de rentabilidad, eficiencia y tecnocracia. Bajo el dogma de que no hay alternativa, las decisiones fundamentales sobre la economía, trabajo y los derechos sociales han quedado fuera del alcance de la soberanía popular, consolidando una oligarquía financiera que gobierna desde espacios opacos y ajenos al control ciudadano. Por su parte, el progresismo woke ha abandonado la histórica lucha de clases que articulaba a la plebe como sujeto político colectivo, sustituyéndola por una fragmentación de demandas identitarias que, aunque legítimas en muchos aspectos, han debilitado la capacidad de confrontar estructuralmente al capital. Al despolitizar la cuestión económica y renunciar a la defensa de lo común, ha dejado a las mayorías populares desamparadas frente al avance del poder oligárquico y la mercantilización de la vida social.
Rescatar la cosa pública significa devolver la política al centro de la vida social, reivindicarla como espacio del conflicto democrático y la soberanía popular. Solo así podremos reconstruir una democracia verdaderamente republicana, representativa, popular y soberana.
X: @RubenIslas3





